Las obsesiones son malas. Las que muestran su crudo costado sin disfraces y también aquellas que engañan haciéndose pasar por hábitos saludables. Es en la alimentación donde esto se puede ver claramente. ¿Quién puede discutir que la bulimina y la anorexia son perjudiciales? Ahora, ¿es la ortorexia una manera mala de relacionarse con la comida? Este tipo de preguntas empiezan a ocupar espacio en las reflexiones de los padres que pretenden que sus niños estén bien alimentados. Encontrar el punto justo parece ser la gran tarea.

“La alimentación entra dentro de las rutinas saludables que como padres debemos transmitir a nuestros hijos. Es por ello que se trata de una construcción, de un aprendizaje mediatizado entre otras cosas con el ejemplo. De allí que efectivamente si el niño crece en un entorno cuya relación con las comidas es disfuncional, tendrá consecuencias en esa construcción. Los adultos deberán estar muy atentos a lo que transmiten para evitar bases anómalas”, explica Marcelo Bregua, especialista de Aluba, Asociación de Lucha contra la Bulimia y la Anorexia (www.aluba.org.ar)

En este sentido, Mabel Bello, directora médica de la entidad,, pone la atención sobre estos nuevos trastornos que están siendo vendidos como buenas práctivas. “La ortorexia es la obsesión por comer saludable, es un trastorno alimentario, como la bulimia y la anorexia que constituyen patologías en el orden alimenticio. Esta patología puede interferir negativamente en la vida de la persona que la padece. Generalmente, quienes sufren este desorden prefieren pasar hambre (incluso por largos periodos de tiempo) a comer alimentos que, a su parecer, son impuros, es decir, con altos contenidos de aditivos, grasas y más. Estas personas pueden dejar de ir a restaurantes, comida rápida o fast food, e incluso a casa de familiares y amigos por el simple temor de los alimentos que puedan llegar a ingerir.”

¿Cómo evitar que nuestros niños sufran por la comida? ¿Cómo no transmitirles nuestros propios problemas? Con el ejemplo, esa es la manera, por eso el foco del trabajo debe estar puesto en los adultos para que éstos se transformen en comunicadores de hábitos adecuados. “Lo que debemos es brindarle una consigna clara enmarcada en una rutina a cumplir. Se trata de una rutina de alimentación que hará que en determinados momentos del día se ingiera tal o cual alimento, de manera ordenada, con el ritual que cada familia tenga de ello: la mesa, el encuentro, apagar la televisión, suspender las actividades por un momento, higienizarse las manos, entre otras. Asimismo, es importante evitar el picoteo tanto de los adultos (modelos a seguir) como el de los pequeños. Una vez más la rutina debe establecerse y las medidas saludables las acompañan: en este sentido no estará permitido comer cualquier cosa a cualquier hora, y se tomarán medidas alimenticias: no es lo mismo comer galletitas o golosinas que trozos de queso o frutas”, aconseja Bregua.

Según esta especialista, “la hora de la comida debe ser una invitación a encontrarse, a conversar alrededor de la mesa familiar y acompañados de alimentos ricos, variados y tentadores. Es esperable entonces que las comidas tengan una función de nucleamiento familiar por un lado, en un clima ameno, distendido, favorecedor del encuentro y el diálogo, y por otro que brinden el aporte de los valores nutritivos necesarios, que se basan en una dieta variada y equilibrada.”

Para motivar al pequeño con la comida, se trata de lograr ese clima alrededor de la mesa familiar y presentar platos variados y presentados de una manera tentadora, acompañado con la explicación pertinente de la necesidad de la buena alimentación para la vida sana.

Parámetros de belleza

Los nuevos valores estéticos han ido marcando el ritmo acelerado del crecimiento de los trastornos alimentarios. Aplicar estas normas a los niños es un peligro que está latente y, por consiguiente, también se comienzan a ver pequeños que a temprana edad tienen una mala relación con la comida. “En los últimos años el boom estético ha dejado huellas en la construcción emocional afectiva de todos, especialmente con llegada a los niños. Los medios publicitarios apuntan a ellos como protagonistas de decisiones de consumo familiar, con excelentes resultados de marketing, en detrimento de valores y rasgos saludables. Es por ello que los niños se preocupan por su aspecto físico desde muy temprano cuando tiempos atrás era un tema que aparecía recién en la pubertad”, aclara Bregua.

“Deberíamos como padres diferenciar el concepto de esquema corporal, entendido como la imagen corporal o representación que cada quien tiene de su propio cuerpo, de la apariencia física; es decir, el conjunto de características físicas y estéticas que nos hacen ser percibidos como diferentes unos de otros, factor importante en el desarrollo de la personalidad y las relaciones sociales y que es medida en términos de perfil correcto o incorrecto, el cual está basado en la actual definición de belleza. Efectivamente no es lo mismo la construcción de la relación del pequeño con su cuerpo, a la imagen y los valores estéticos de turno”, sintetiza Bregua.

“En este tipo de patologías siempre existe un patrón social de mala comunicación: quien se comunica mal con la comida también se comunica mal socialmente. Es decir que es una persona a la que le cuesta vincularse socialmente y que antepone las reglas a los objetivos, porque de esa manera siente que controla una situación, a pesar de que tiene mucho miedo, y que no se puede desempeñar con fluidez. Entonces, esta patología alimentaria se transforma en una manera de esconder dificultades sociales y de adaptación. Estas personas piensan más de lo que sienten, y son esclavas de sus propias organizaciones, porque es su manera de sentir que tienen control sobre algo. Después está el miedo a enfermar y el miedo a socializar, que son paralelos”, describe Bello al definir cómo se comportan quienes tienen trastornos con la comida.

De esta manera, al ser patologías que tienen un anclaje social, es muy fácil que estas actitudes enfermizas pasen a los niños que aprenden con el ejemplo. Por eso, al momento de pensar en una dieta para ellos es mejor consultar con un pediatra que nos mantenga alerta sobre sus necesidades nutritivas y de aprendizaje.

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