Valparaiso 27 de Julio 2010 Puerto de Valparaiso

En 1988 asistí a un curso sobre comercio exterior de doce horas en tres jornadas, solo para obtener información sobre el tema y aprender su lenguaje específico. Tres décadas atrás la palabra exportación pertenecía a un mundo recoleto, lejano y complejo.

Desde entonces y hasta muy poco tiempo atrás, quien quisiera hacer negocios con el exterior debía someterse a altos aranceles y una complicada telaraña burocrática, que en el peor de los casos podía dinamizar “aceitando” los engranajes del mismo, sobre todo en Aduana, donde había trabazones. Los argentinos somos expertos en crear formalidades administrativas destinadas a crear demoras que se pueden evitar con pagos informales.

De aquel curso me quedó la noción sobre el tema, un par de libros hoy desactualizados, algunas palabras sueltas pero que son claves para hablar sobre el asunto como si uno supiera, y un comentario que me impresionó hasta el punto de recordarlo todavía:
Chile –nos dijo el capacitador- solo exportaba minerales y hoy (1988) registra un creciente comercio exportador de manufacturas.

¿Qué hizo? Simplificó al máximo el trámite para los despachos aduaneros, de tal suerte que cualquier persona que se propusiera seriamente entrar en este negocio, no tendría trabas para hacerlo. A modo de ejemplo dijo haber asesorado a un grupo de ex empleados de un hotel, quienes en el trato con visitantes extranjeros descubrieron que algunos se llevaban en las valijas unos cornalitos que son comunes en las costas del pacífico chileno y muy apreciados en Europa por su efectividad para la pesca. Al grupo de amigos se le ocurrió que podrían comprar cornalitos, envasarlos y exportarlos. Se asesoraron y les resultó fácil, de manera que armaron su modelo de negocios y prosperaron.

Desde un tiempo antes Chile había creado incentivos para la exportación, ya hablaban del empleo de herramientas modernas de gestión e identificación de capacidades competitivas para exportar productos no tradicionales, para incorporar a las Pymes a la corriente exportadora. Argentina rompía relaciones con el resto del mundo, por falta de capacidad para vincularse comercialmente.

Así transcurrieron 30 años. Hoy, aunque nuestro PBI duplica con creces al de Chile, exportamos 16% menos que los hermanos ciscordilleranos, y allá solo el 1% de su población vive en viviendas precarias.

Lo menos anecdótico es que, mientras distribuíamos memes burlándonos porque Chile quedó fuera del Mundial de Fútbol, Argentina seguía teniendo déficit en la balanza comercial. En 2017 el rojo fue de u$s 8.472 millones; Argentina exportó por u$s 58.428 millones e importó por u$s 66.900 y lleva años en este proceso de sangría que le chupa dólares al país. En 2018 nos está yendo peor, dado el fracaso de la soja por sequía.

Entre 13 países latinoamericanos cuyas exportaciones crecieron el año pasado entre 19% (Colombia) y 3,8% (Panamá), Argentina ocupa el lugar 13 con apenas un 0,8% (estancada).

En 2016 nuestro gobierno nacional intentó seriamente simplificar los mecanismos para exportar y libró además una dura batalla contra las mafias de Aduana y contra la mafia portuaria, por la que está preso el sindicalista “Caballo” Suárez, quien chantajeaba a los patrones de buques de ultramar y recaudaba millones por extorsión, incrementando de esa forma los costos de fletes marítimos. Las mafias internas no solo entorpecían el comercio internacional sino que encarecían la logística; debilitarlas fue todo un logro pero tiene apenas el valor de barrer el piso, falta estructurar un proyecto exportador para emular a Chile.

La fórmula es sencilla de explicar; no de realizar. Veamos la sucesión de consecuencias: Hace 7 años que no crece el PBI argentino. Sin crecimiento del PBI no hay futuro. El PBI crece con mercado interno y exportaciones. Sin inversión de las Pymes no habrá mayor volumen de exportación. Las Pymes no pueden invertir y exportar más sin crédito. Mientras el Tesoro Nacional pague sumas siderales por intereses de las Lebac para evitar la corrida del dólar, no habrá recursos suficientes para financiar a las Pymes a tasa razonable. No se ve una luz al final del túnel.

 

(Luis Jacobi)

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