Crespo.- Amalia Saluzzio de Coronel es una referente ineludible de la Sociedad Italiana de Crespo, una activa militante radical que ocupó cargos en el área de Cultura durante las intendencias de su partido y tiene una larga carrera en la docencia. En un extenso diálogo con Paralelo 32 repasó su vida, que este año llega a los 75, la biografía y los recuerdos de su numerosa familia y las actividades que desplegó. “Mis bisabuelos vinieron con mi abuelo en 1886. La idea era ir a Esperanza porque les habían dicho que era hermoso. Pero acá se encuentran con otro italiano conocido que les dice que en Entre Ríos estaban vendiendo tierras baratas. Vinieron, se radicaron en Costa Grande”, comenzó la entrevista Amalia.

–  ¿Venían escapando de alguna situación difícil?

— No. Ellos estaban muy bien en Italia, vinieron a ‘hacerse la América’. No sé por qué se vinieron. Mi papá me decía ‘no te quejés, porque si no se hubieran venido no estarían ni ustedes ni yo’. Cuando vinieron compraron como dos mil hectáreas acá.

Los abuelos

–  ¿De qué lugar de Italia venían?

— De Piamonte. Mi abuelo era de un pueblo que se llama Scalenghe y mi abuela de Cantalupa, otro pueblo. No sé qué significa Scalenghe, pero Cantalupa significa ‘canto a la loba’. Ambos pueblos están cerquita pero mis abuelos no se conocían. Mi bisabuelo vino con tres hijos: mi abuelo; doña Margarita Saluzzio, madre de todos los Bione; y otra hija, la madre de los Coassolo.

–  ¿Aprendieron el idioma italiano de chicos?

— Mi abuela fue educada en un colegio de alcurnia en Italia, nos enseñaba muchas reglas de urbanidad y también a cantar muchas canciones italianas. Una de nuestras felicidades de chicos era venir a Crespo con mi abuela, todos los nietos veníamos. Ella nos compraba un pan grande y cuadrado en la panadería de Battagliero, lo cortaba en rodajas, le ponía manteca y azúcar, nos volvíamos cantando al callejón del campo. Nosotros vivimos en la casa paterna hasta que mi papá tuvo seis hijos. La nona era una persona muy preparada, nos enseñaba cómo debía sentarse uno en la mesa, cómo tomar los cubiertos, cómo comportarse. Otra cosa, mi abuela escuchaba la radionovela de tarde. Ella nos preguntaba, ya antes de ir a la escuela, cuáles eran los personajes principales y secundarios de la novela. Charlábamos y ya ahí aprendí sobre esos temas. Veníamos al pueblo en carro; habíamos comprado un Chrysler nuevo, pero no había combustible, después tuvimos combustible pero no había cubiertas. Teníamos que resignarnos a andar con el carro. En el campo se araba con caballos.

–  ¿Tuvo que hacer tareas de campo?

— No, mi papá tenía peones que ayudaban. Pero yo aprendí a andar a caballo, todos andábamos a caballo. Mi papá manejaba todas las maquinarias. Hasta que fallecieron los abuelos, comenzaron la división de la herencia. Después se dedicaron a comprar cereales y tuvieron el edificio del actual Banco de Entre Ríos. La propiedad llegaba hasta donde está Bach. Yo siempre le decía a mi papá ‘por qué vendieron, hubiéramos hecho un flor de boliche’ (sonrisas). También era de mis abuelos la mitad de la manzana donde está la estación Shell, con frente a Otto Sagemüller, entre Independencia y Estrada. Ese terreno era de los Saluzzio; se fue vendiendo para comprar maquinarias nuevas en el campo.

En el Colegio

–  ¿Dónde estudió?

— Toda mi escolaridad la hice en el Colegio Sagrado Corazón. Era la pupila más chica, y fui una de las pupilas más revoltosas, era la que hacía los primeros paros, las primeras sentadas, ya tenía mis inclinaciones políticas.

–  ¿Era difícil estar con la monjas?

— Eran muy buenas. Pero yo era rebelde por naturaleza. Salíamos una vez por mes, y por ahí una hacía sus sabandijeadas. Una vez le puse un vidrio plano sobre la silla a una monja, que se sentó y se rompió el vidrio. Casi me matan. Le mandaban esquelas a mi papá. Me las daban a mí y yo qué se las iba a dar a él. Mi papá era muy recto, re bueno pero… Un día lunes me trajo al colegio y lo esperaba en la puerta la monja. Le preguntó por qué no venía. ‘¿Tenía que venir?’, dijo mi papá. ‘Sí, le hemos mandado a avisar’, le respondió la monja. ‘¡Yo nunca recibí nada!’, y me miraba de reojo. Después fui la persona que estuvo con él en sus últimos años. Todos los domingos era nuestro día de reunión, a las 8 de la mañana me cruzaba a su casa con el mate. Le festejamos los 100 años un 23 de diciembre. Sabía un montón de historia, de geografía, del cuerpo humano. De la República Argentina conocía sobre todo los ríos, donde estaban ubicados, donde nacían.

– ¿Era muy lector su padre?

— Sí, tenía cien años y leía sin anteojos. Esperaba el Paralelo 32 todos los fines de semana y lo cocía, así no les podían robar hojas ni se le desarmaba. Si no, el ‘Piqui’, mi hijo, iba y le sacaba las hojas de deportes, otro le sacaba otras hojas. Así, con el periódico cocido por la juntura, no le podían sacar hojas. Toda la vida lo coció. No hace mucho que mi hermano, el ‘Chino’, decidió quemar los ejemplares porque no podía seguir archivándolos; ya estaban muy gastados. Papá me dijo una vez que tuvo tres amores en su vida: su mamá, mi mamá y una primera novia que no podía ni tocarla porque cuando iba a visitarla se les sentaba al lado la madre durante toda la visita. Se cansó de ese noviazgo como a los tres meses y después conoció a mi mamá. Ellos eran Pagliaruzza de Boca del Tigre. Como no había celulares ni forma de comunicarse en esa época, papá se iba hasta el campo en carro o a caballo. A veces mi mamá no estaba porque se había ido al baile con las hermanas y el padre. Y papá se quedaba en la casa hasta que volvían del baile. Nosotras íbamos a los bailes en Puiggari en carro. Una vez papá nos esperó en la madrugada de un 25 de mayo. Cuando nos íbamos a dormir, primero nos hizo poner en fila y cantar el Himno Nacional. Después nos dejó ir a dormir.

Comunidades

– ¿Cómo se llevaban los ‘tanos’ con los ruso alemanes?

— Re bien. Mi papá se visitaba con los Beisel y con los Bauer. El ‘gordo’ Beisel que falleció no hace mucho tiempo, era como un hijo más de mi papá. Se iban a pescar juntos, alquilaban en la costa una canoa. Después don Beisel compró una canoíta y mi mamá se preocupaba porque pudiera pasar un accidente.

– A diferencia de los alemanes del Volga, los italianos no seguían la costumbre de organizarse en aldeas.

— Cuando venían cada uno trataba de hacerse de su casa. Cuando los hijos crecían y se casaban, se dispersaban, por ahí cada uno en una punta del campo paterno.

–  Las comunidades italianas de Santa Fe, Córdoba o Buenos Aires, están muy organizadas en torno a sus clubes y sociedades italianas. ¿Cómo son las relaciones con los italianos de Entre Ríos?

— Muy bien. Hemos tenido invitaciones a participar con nuestro grupo de bailes ‘All’Uso Nostro’ en otros lugares. Nos han recibido re bien. Cuando fuimos dos años a la Fiesta de las Colectividades en Oberá, siempre con una onda bárbara. Bailábamos primero en la Sociedad Italiana. Te agradecían que habíamos ido como italianos a acompañarlos. Una vez para una fiesta de la Pizza, sentí un comentario sobre una orquesta de italianos al norte de San Francisco, en Córdoba. Quedamos muy en contacto. El director de la orquesta tuvo un ACV y me invitaron luego a su cumpleaños, pero no pude ir. El principal problema de las invitaciones es poder pagar los gastos para viajar, así como para la estadía de los que vienen.

La Sociedad Italiana

– ¿Por qué surgió la Sociedad Italiana?

— Cuando se formó fue con la idea de recibir a los italianos que inmigraban. Cuando iban a llegar los barcos de Europa, se trataba de ubicar a las personas. Así se fueron ubicando en Costa Grande, cerca de Las Cuevas y otras zonas.

– ¿Cuántas personas están relacionadas con la entidad?

— Tenemos alrededor de 30 chicas en el grupo de bailes. Antes teníamos más varones pero se fueron dispersando. En la Sociedad no tenemos socios individuales, tenemos los grupos familiares. Son cien familias que pagan una cuota de 50 pesos por mes. Tienen el derecho a usar una vez al año el salón al 50% del costo.

– La institución comenzó a principios del siglo veinte con mucha vitalidad, luego languideció y recién en las últimas décadas volvió a resurgir.

— Ahora festejamos los 30 años de haber recuperado la Sociedad Italiana. En el estatuto dice que si no se logra formar la comisión, automáticamente el edificio pasa a la Municipalidad, que debe destinar el inmueble a actividades educativas y culturales.

– ¿Cómo fue el comienzo de la Sociedad Italiana?

— Al comienzo, eran re machistas los italianos. Mi bisabuelo traía a mi bisabuela a pasar en la casa de una familia conocida, los Battagliero o los Dugone, mientras él se iba a la sede con los demás varones. Hay fotos de la Sociedad donde son todos varones. Comían, se cocinaba, pero eran todos varones. Mi bisabuelo fue uno de los que peleó para hacer el Hospital San Francisco de Asís y la Iglesia del Rosario. Recuerdo que mi papá acarreaba ladrillos para hacer la Iglesia, acarreó ¡una cantidad! Pero se los robaron a todos. Mi papá llegaba con un peón a bajar ladrillos y cada vez estaba más baja la pila.

– ¿Hubo un hospital en la sede?

— Cuando hicieron el Hospital, habían dividido el salón central con paredes hechas con bolsas blancas de harina, que eran un lienzo más grueso que los lienzos comunes. El cielo raso era de bolsa, también, y los pintaban con cal. Dividieron el local en varios cuartos: en uno estaba la sala de espera, otro era el consultorio con camilla y había un cuarto de internación. Era por el año mil novecientos veinte y pico.

El título de maestra

– ¿Estudió y se recibió en el Colegio de maestra normal?

— Dejé dos años porque no me gustaba la matemática. Me gustaron siempre historia, geografía, instrucción cívica. Pero nada de matemática, química y física. Pero Ezio Zapata me convenció para seguir y terminar. En esa época llevaban el título a Buenos Aires para ‘nacionalizarlo’ y que pudiéramos dar clases en todo el país. Logré inscribirme como maestra mucho tiempo después porque, ¿¡podés creer!?, entre los 38 títulos que mandaron el único que se perdió fue el mío. Me inscribí en la facultad de Santa Fe para estudiar abogacía. Logré inscribirme con un título provisorio que me dieron las monjas porque no pudieron recuperar el título original. Un día le dije a mi papá que me diera plata para irme a Buenos Aires a hacer el trámite personalmente. Me fui sola sin conocer nada. Me bajé en Once del colectivo. Estuve un día entero y no lo encontraron. Me sugirieron que las monjas hicieran otro título y lo mandaron. Volví, en julio se vencían los plazos para rendir en la facultad con los papeles al día. El título provisorio que había presentado no servía. Me fui de nuevo a Buenos Aires, pero ahora el problema era que el que tenía que firmar el nuevo documento del título estaba enfermo.

–  ¿Y no se podía poner una firma delegada o suplente?

— No. No sé quién era, pero estaba enfermo. Me vine sin el título, me fui a Santa Fe, conté la situación, pero en la facultad no me dejaron rendir y me volví a casa.

–  ¿Tampoco podía ejercer como maestra?

— Cuando volví de Santa Fe, inscribí el título supletorio en el Consejo de Educación y me ofrecieron ir a trabajar de maestra a Esquel, en Chubut, porque necesitaban con desesperación maestros y no conseguían. ‘Si querés ir, te vas’, me dijo una conocida. Pero no quise ir. Después, me fui a Buenos Aires, estuve cinco años. Fui a trabajar en una empresa que hacía publicidad para turistas; hacían desfiles en hoteles como el Sheraton y Claridge; contrataban comercios con ofertas para turistas. Conocí miles de artistas y personajes de los medios de Capital. Ya estaba ‘politiqueando’ en el Comité radical. Ahí lo conocí a Fernando De la Rúa y otros dirigentes. Eran los años setenta. Estuve varios años en Buenos Aires. Si no hubiera sido que me vine y encontré a mi mamá enferma, me quedaba allá. Cuando vine a visitar la familia un fin de año, vi a mi mamá enferma, mis hermanas estaban afuera. La llevé al médico y se vio que el problema era más serio de lo que pensábamos. Mi papá me dijo ‘quedate que te ayudo a poner un negocio’. Y me quedé. Mi papá me dio un millón de pesos para poner una librería. Se llamaba Papiro, la puse en el local donde ahora está la pollería San Cayetano.

La escuela

–  ¿Cómo pasó de la librería a la educación?

— Como no me fue muy bien con la librería, fui a Paraná, me inscribí y al poco tiempo empecé a trabajar en la Escuela Nº54, que fue la primera escuela donde trabajé; en la 105 después y en la 187 al final. Titularicé el cargo en la 54.

–  Y luego la llegada al IMEFAA.

— La creación del IMEFAA como idea de crear una escuela municipal fue mía, hice todo el trabajo del proyecto y me ayudó César Minaglia. Fue durante la intendencia de Héctor Seri, con Sarita Goldenberg al frente de Cultura. En esa época nadie cobraba en Cultura. Luego fui directora de IMEFAA durante la intendencia de Eduardo Salcerini y continué con Darío Schneider dos años más. Ahí fue cuando redujeron personal por la situación económica y dejé el cargo. Por pedir licencia en la escuela para dirigir el IMEFAA perdí un poco el tren de educación, no pude hacer algunos cursos para ascensos y no pude avanzar en la carrera docente cuando volví al aula. Pero no estoy desconforme, la verdad que no me puedo quejar de la vida.

–  ¿Qué le queda de su paso por educación?

— Soy una agradecida a Dios por la familia que tuve, abuelos y padres que nos enseñaron sobre la vida para ser personas. También, por las compañeras de la escuela, con las que nos seguimos encontrando una vez por mes. Compartimos muchas cosas lindas. Te encontrás con los alumnos, ahora que tengo el emprendimiento de los disfraces. Van padres que fueron alumnos míos a alquilar trajes y disfraces para sus hijos. En todas las actividades donde he participado, en las cooperadoras y en la Sociedad Italiana, siempre estoy tratando de hacer lo más que puedo.

La familia

– ¿Cómo conoció a su marido?

— Cuando tenía la librería, Coronel era amigo de los Soria que vivían al lado de casa. Nos encontrábamos a veces. Me invitó a ir a una doma en Diamante. Agarró a doña Jose Soria, que era viejita, la tomó del brazo y fue marchando adentro a pasar por la entrada. Nos dejó afuera y no teníamos plata ni nada. Una de nosotras tuvo que pedir permiso para ir a buscarlo. Nos estuvimos acordando en estos días de esa anécdota. Anduvimos poco tiempo de novios y nos casamos. Hace 42 años que estamos casados. Yo digo que tengo una familia extraordinaria, mis hijos son muy buenos los dos.

–  ¿Se notaba mucho la familia tradicional ‘tana’, al estilo Los Campanelli o Los Benvenuto?

— Así era, discutiendo. Mi abuelo se sentaba en la punta de la mesa y discutía con los tres hijos varones. La disposición era esta: ‘el que no toma la sopa no come la comida principal. Y si no come la comida, no hay postre’. Por ahí nos mal enseñaban y nos permitían mojar el pan en el vino. Mi hermana Marta se consiguió un jarrito para el vino y le ponía azúcar. En el grupo de hermanos fuimos muy unidos. Mi papá siempre dijo ‘tienen que apuntalarse unos a otros, ayudarse’. La familia nuestra de los siete hermanos somos cincuenta y pico. Les prometí que este año voy a hacer una fiesta por mi cumpleaños 75. Ya hice una fiesta cuando me fui de la escuela; invité a las maestras de mi turno, los directivos, la cooperadora, amigos y toda la familia. Éramos 200. Hice mil canelones y la mesa dulce con ayuda de mis hermanas y amigas. La condición para ir a la fiesta era llevar puesto un sombrero, después desfilaron. Festejé mi cumpleaños y también la jubilación, fue como en el 2009.

– ¿Cuáles han sido sus actitudes y reglas para enfrentar la vida?

— Más que nada, lo que me enseñaron mis padres y mis abuelos. Que uno tenía que hacer lo correcto, tratar que las cosas salgan bien, ayudar a los que necesitan en los que se pueda, inculcar a mis hijos.

–  Siempre se la vio trabajando en comisiones y organización de eventos.

— Yo quisiera tener menos años, me hubiera metido en política, porque me gusta de alma. Un día estaba con mi papá sentada en la vereda y hablando le dije ‘me voy a postular para intendenta’. En eso iba pasando Dora Zapata con tres hijos, se volvió y dijo ‘si Ud. se postula para intendente acá tiene cuatro votos’. Mi papá se tuvo que reír. Ahora, tengo casi 75, ya estoy vieja, pero sigo trabajando. Laburo todo el día, me levanto a las 8 de la mañana y me acuesto a las 12 de la noche, atiendo gente, hago cosas. Siempre me gustaron las actividades, me gustó la cultura. Entre cosas que hice, bailé folklore. Tengo muchos amigos folkloristas conocidos, como Sergio Galleguillo de la Fiesta de la Chaya de La Rioja.

Quién es

Blanca Amalia Saluzzio nació el 10 de julio de 1943, está casada con Valentín Misael Coronel y tiene dos hijos, Carlos Ricardo ‘Piqui’ y Mariano, que le dieron un nieto cada uno. Es hija de Carlos Alberto Saluzzio, quien falleció a los cien años, y de Blanca Nieves Pagliaruzza. Tiene cuatro hermanas mujeres y dos hermanos varones.

Su abuelo, nacido en Italia, se llamaba Juan Bautista Luiggi Saluzzo y su abuela, la ‘nona’ María Cristina Coassolo, quienes tuvieron cinco hijos. Su bisabuelo era Juan Bautista Saluzzo y tuvo muchos hijos.

Amalia dio clases en las escuelas Nº54, Nº187 y Nº105. Afiliada y militante radical “de toda la vida”, estuvo trabajando en el área de Cultura durante las intendencias de Héctor Seri, Eduardo Salcerini y en la primera gestión de Darío Schneider. Fue durante seis años directora de IMEFAA.

“El apellido correcto es Saluzzo, cuando mi bisabuelo y mi abuelo llegaron a Argentina, al ingresar y anotarse les pusieron la i, y el apellido se transformó en Saluzzio. Ni mi bisabuelo ni mi abuelo se hicieron ciudadanos argentinos. Quisimos sacar la doble ciudadanía con Italia pero en la Justicia no prosperó el pedido por ese problema con la letra i”, señaló la entrevistada.

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