No era el primer cuestionamiento a la jerarquía de la Iglesia, ni el primer reclamo de una vuelta del cristianismo a las fuentes. Pero hasta entonces, la Iglesia había superado estas disidencias por la represión o por la captación. Para que el desafío del monje agustino Martín Lutero (1483-1546) haya adquirido la dimensión que adquirió, tuvo que ser potenciado por el contexto cultural además de imbricarse con otros fenómenos que excedían lo religioso.

La primera sorpresa fue para el propio Lutero, profesor de teología de la universidad de Wittenberg, que dirigió sus tesis a las autoridades eclesiásticas: quería debatir sobre el uso abusivo y extendido de las indulgencias que permitían, mediante limosna, evitar los castigos -comprar indulgencia- que supuestamente esperaban al pecador en el más allá.

Martín Lutero no imaginó que su texto trascendería los medios académicos para difundirse por toda Alemania, lo que suscitaría la cólera de las autoridades eclesiásticas y llegaría a oídos del Papa León X.

Convencionalmente, el episodio del 31 de octubre de 1517, día en que supuestamente Lutero clavó sus tesis en la puerta de la iglesia del castillo de Wittenberg, es tomado como el comienzo de la Reforma; sin embargo, la ruptura con Roma no sólo no es buscada sino que se consumará recién en 1520, cuando Lutero, ya convencido de su misión reformadora y tras negarse reiteradamente a la retractación, quema la bula papal que le pide revisar sus posiciones bajo pena de excomunión.

A partir de entonces construirá una renovada doctrina cristiana en varios escritos producidos casi todos en ese año 1520 y que se difunden en un amplio público, gracias al reciente invento de la imprenta por Gutemberg.

Pero en la evolución de la iniciativa de Lutero incide mucho el contexto geopolítico y en especial, como se verá más adelante, la peculiar conformación y funcionamiento del Sacro Imperio Romano Germánico. El agustino goza casi desde el primer momento de la protección de Federico III el Sabio, el poderoso Elector de Sajonia, que le ofrece un apoyo sin fisuras cuando es proscripto del Imperio. A partir de 1525, otros príncipes germánicos así como ciudades libres se suman al luteranismo, porque ven en él un medio para afirmar su independencia frente a la doble tutela romana e imperial.

Estos “pases” tendrán consecuencias en el plano militar. El emperador Carlos V se asume como campeón del catolicismo pero, en 1555, se inclina ante la nueva realidad. La paz de Ausburgo reconoce la existencia oficial del luteranismo en el Imperio. Otras corrientes del protestantismo ya han nacido. Europa ha entrado en la modernidad.

Pero no hay que perder de vista que la iniciativa de Lutero tuvo otras hondas consecuencias en la Iglesia Católica que no se limitó a responder al desafío resistiendo, sino que buscó en su propio seno las fuerzas necesarias para renovarse, siendo el Concilio de Trento la expresión más visible de esta reacción.

El historiador francés Jean Delumeau, especialista en cristianismo y Renacimiento, habla incluso de “dos Reformas”, que constituyen, “pese a las excomuniones recíprocas, dos aspectos complementarios de un mismo proceso de cristianización”.

A continuación, parte de un informe de la Revista Codex, publicado a su vez en el sitio especializado Herodote, “Lutero, el hombre que dijo no”.

SIETE CLAVES PARA ENTENDER LA REFORMA

En el corazón del Santo Imperio romano germánico

A comienzos del siglo XVI, el Santo Imperio Romano Germánico es un mosaico completo que recubre todo el centro de Europa. Se compone de territorios soberanos muy diferentes por su tamaño, lengua, economía y naturaleza política: reinos (Baviera), ducados (Sajonia), principados (Anhalt), ciudades libres (Hamburgo), pequeños señoríos (Mansfeld) e incluso Estados eclesiásticos dirigidos por un abad (Fulda) o por un obispo (Salzburgo).

Sometidos al emperador por un lazo de suzeranía [N.de la T.: relación de tipo feudal por la cual varias entidades tributaban a una superior -el Imperio-, manteniendo autonomía interna y delegando la representación exterior], cada uno de estos Estados conducía su propia política interior según su buen entender.

Sólo las cuestiones de interés común, en especial las vinculadas a la seguridad y al equilibrio de este vasto conjunto, dan lugar a decisiones que se aplican a todo el Imperio. Estas leyes imperiales son elaboradas a partir de dictámenes expresados por la Dieta que reúne a todos los Estados por convocatoria del Emperador en una sede variable. Puede pronunciarse también sobre cuestiones impositivas y asuntos exteriores.

El Emperador es elegido por siete Príncipes Electores: cuatro laicos (los electores de Sajonia, de Brandeburgo, del Palatinado y el rey de Bohemia) y tres eclesiásticos (los arzobispos de Tréviso, Colonia y Maguncia). El Emperador es considerado como el jefe temporal de la cristiandad, sucesor de los emperadores romanos y de Carlomagno, y tiene la preeminencia sobre todos los otros soberanos.

Desde comienzos del siglo XV el cargo renace en un Habsburgo. Muy activo junto a su padre desde 1486, Maximiliano I reina de 1508 a 1519. Reforma las instituciones, en especial creando la Cámara Imperial de Justicia para arbitrar en los conflictos entre los príncipes. Su nieto Carlos V toma el relevo hasta su abdicación en 1556.

Una iglesia en busca de renovación

Desde el siglo XV, después del intermedio de Aviñón, los Papas residen en Roma, ciudad que es objeto de gigantescas obras para convertirla en capital digna de ese nombre. Sacudidos por el cisma de Occidente (1378-1417) y por la crisis conciliar que lo siguió, los Papas buscan afirmar su autoridad a fin de evitar nuevas divisiones.

Los italianos se vuelven mayoritarios entre los cardenales que provienen de las familias ricas de la Península. El gobierno pontificio se moderniza con una administración más numerosa y competente.

En Alemania, el cristianismo aparece muy vivo, pero se critica con frecuencia el peso de la Curia en los nombramientos eclesiásticos así como las exigencias financieras del papado.

Las entidades miembros del Santo Imperio soportan mal el poder de los latinos. Consideran que su posición eminente en el seno de la cristiandad los invita a corregir los errores de Roma.

El clero parroquial es igualmente objeto de críticas severas: ignorancia, concubinato, acumulación de beneficios, ausentismo… En la época de Lutero, la población se muestra más exigente aún hacia estos abusos. Algunos cristianos reclaman una reformatio, palabra muy difundida en la época, para adecuar mejor “la cabeza y los miembros” de la Iglesia a los preceptos del Evangelio.

En 1512, la reunión del concilio de Letrán suscita grandes esperanzas pero Lutero surge en el momento en el que éste concluye. Sus decretos son letra muerta. La pesadez eclesiástica no ahoga sin embargo todas las iniciativas de reforma de la Iglesia. Se registran intentos, más o menos logrados, de vuelta a la observancia entre los regulares y de mejora del clero secular.

Teólogos como Nicolas de Cues o Juan de Segovia insisten en el control de las costumbres. Humanistas como Erasmo o Lefebvre d’Étaples invitan a volver a las fuentes de las Escrituras.

En las ciudades, los laicos son alcanzados por una nueva corriente espiritual, la devotio moderna, venida del mundo renano, que promueve una piedad más personal e interior en torno a la Imitación de Jesucristo. La lectura y la meditación de la Biblia adquieren importancia. Ese deseo de conversión auténtica, a veces teñido de misticismo, ofrece un terreno favorable a la Reforma.

Fieles angustiados por la salvación

La muerte es omnipresente en el imaginario del siglo XV. Lejos de atenuar su carácter trágico, las representaciones muestran muertos en tránsito, es decir cadáveres en descomposición, o danzas macabras que arrastran a hombres de toda condición en una caravana siniestra. Una advertencia para los vivos. La literatura propone el famoso Ars moriendi que, explicando el arte del bien morir, experimenta una extraordinaria difusión.

Preocupados por su salvación, los fieles meditan sobre la Pasión contemplando al Cristo desnudo, ensangrentado, flagelado, coronado de espinas. Se empieza a venerar las plagas de Cristo y los instrumentos de su suplicio. Se difunde la práctica del camino de la cruz. Cabe señalar que Europa está saliendo de un período de guerras, hambrunas y epidemias. La población se ha derrumbado entre un 30 y un 50 por ciento desde la peste negra de 1348. Hacia fines del siglo XV, Alemania todavía tiene un déficit poblacional de veinte por ciento.

El crecimiento demográfico favorece el comercio pero también crea tensiones en el mundo campesino ante el menor desajuste climático. Los tiempos son propicios para las angustias escatológicas.

Muchos dicen que el viejo mundo se acerca a su fin. Algunos predican la venida del Anticristo y la caída del papado. Otros dicen que la renovación surgirá de Alemania. Para tranquilizar a los fieles, las misas por los muertos y el sistema de las indulgencias permiten reducir las penas del Purgatorio.

Estas prácticas conocen una gran expansión, alentadas por la Iglesia que ve en ellas un medio para alentar el fervor. Pero llevan también a excesivos escrúpulos y a desvíos abusivos. Como sus contemporáneos, también el monje Lutero es acechado por la pregunta: ¿Cómo alcanzar la salvación?

Las 95 tesis, el factor detonante

El 31 de octubre de 1517, Martín Lutero publica sus 95 tesis sobre las indulgencias. Posiblemente, el texto fue exhibido en Wittenberg, donde él enseña, para suscitar un debate entre teólogos. En especial, es enviado a su superior, a su obispo y al archiduque de Maguncia, de quien depende, Alberto de Brandeburgo, elector del Santo Imperio y verdadero príncipe del Renacimiento.

La fecha no es anodina. Durante la Fiesta de todos los Santos, los fieles pueden gozar de una indulgencia plenaria si se dirigen al colegiado de Wittenberg que guarda la inmensa colección de reliquias del Elector de Sajonia. Se trata de un momento de intensa actividad para la ciudad.

Además, la indulgencia de San Pedro, promulgada por el Papa en 1506 para financiar la reconstrucción de la basílica romana, es objeto de una prédica sin escrúpulos en las regiones vecinas desde comienzos del año 1517.

La práctica de las indulgencias descansa sobre la doctrina del pecado y de la misericordia divina. La confesión permite al pecador ser perdonado y  escapar así a la pena eterna del infierno, pero todavía necesita un tiempo de purificiación, sea en la tierra, sea después de muerto.

La indulgencia permite posponer esa pena temporal con ciertas condiciones. Puede ser parcial o plenaria, para sí o para otros, incluidos los difuntos. Lutero aborda este tema complejo como profesor de teología. Se dirige a las autoridades para esclarecer los puntos de doctrina que le parecen problemáticos y hacer cesar los abusos de su tiempo.

Para su gran sorpresa, las 95 tesis se difunden rápidamente en todo el territorio germánico gracias a su traducción al alemán y a la técnica reciente de la imprenta. El 13 de diciembre de 1517, el arzobispo de Maguncia abre un proceso de impugnación y alerta a Roma. Alentado por su éxito, Martín Lutero se siente desde ese momento ungido para una misión.

La ruptura progresiva con Roma

Entre 1517 y 1520, todo es aún posible con Roma. Sin embargo la confrontación se desliza rápidamente de las indulgencias a la cuestión sensible de la autoridad pontificia. ¿Puede el Papa equivocarse?

En enero de 1518, el teólogo romano Sylvestre Prieras lanza una primera controversia a través de escritos interpuestos. En abril, el capítulo de los agustinos reunido en Heidelberg no obtiene la retractación de su inquieto profesor. Peor aún, este acontecimiento da lugar a una disputa universitaria con los dominicos que se salda en favor de Lutero. Mientras tanto, el juicio por herejía avanza en Roma.

El legado papal, Cajetan, se encuentra con Lutero en el otoño en Alemania. Sin resultado. El monje está seguro de tener la razón. Staupitz, su superior, lo libera entonces de sus votos de obediencia. Lutero empieza a poner en duda la infalibilidad del Papa anteponiéndole las de las Escrituras. Critica cada vez más a la Iglesia.

En definitiva, la relación personal con Dios ¿no cuenta más que la mediación de una institución? En el verano de 1519, el teólogo Juan Eck lo impulsa a precisar esas posiciones en ocasión de la disputa de Leipzig. En noviembre de 1520, la bula Exsurge Domine de León X pide a Lutero que se retracte en sesenta días bajo amenaza de excomunión.

El 10 de diciembre, el monje quema públicamente el texto del Papa. La ruptura religiosa está consumada. El enfrentamiento se desplaza al terreno político. En la primavera de 1521, Lutero es convocado por el emperador Carlos V a comparecer ante la Dieta de Worms. Se niega obstinadamente a retractarse, lo que acarrea su proscripción del Imperio.

Una reforma sostenida por los príncipes

Desde el comienzo, Lutero gozó de la protección del Elector de Sajonia. Es él quien obtiene que la confrontación con el cardenal Cajetan tenga lugar no en Roma sino en Alemania (1518). Es lo que le da al monje sajón la posibilidad de justificarse ante la Dieta de Worms (1521) y luego refugiarse en el castillo de la Wartburg cuando es proscripto del Imperio.

Federico III el Sabio tenía mucho peso en la Europa de su tiempo. Si el juicio religioso se prolongó tanto fue porque el papado quería tenerlo de su lado en el momento de la elección del nuevo emperador.

A partir de 1525, la Reforma gana otros príncipes, como el landgrave de Hesse, que responden al Manifiesto a la nobleza cristiana de la Nación alemana publicado por Lutero en 1520. Los laicos deben contribuir a la renovación del cristianismo.

En 1529, cinco príncipes y catorce ciudades se levantan contra la decisión de la Dieta de Espira reivindicando su libertad religiosa. He ahí los primeros “protestantes”. La adhesión a las ideas nuevas, fuesen cuales fuesen las motivaciones, permite liberarse de la tutela romana pero también ganar autonomía respecto de los Habsburgo.

Los Estados ganan considerables prerrogativas: desaparición de tasas impuestas por el Papado, secularización de los bienes del clero, creación de una Iglesia territorial… Remodelan su administración, afirmando su poder en detrimento de los sacerdotes. Incuestionablemente, la fragmentación de Europa favorece la estructuración del luteranismo, que se implanta en Alemania y luego en Escandinavia.

El estallido de la cristiandad occidental

La adopción de la Reforma por varios Estados alemanes introduce una disparidad religiosa en el seno del Imperio. Quiebra definitivamente el modelo de la cristiandad medieval que se definía por el gobierno conjunto del Papa y del Emperador.

Carlos V, electo en 1519, se planta como defensor de la verdadera fe frente al peligro turco y la amenaza de la herejía encarnada por Lutero. Esta convicción explica sus intentos de conciliación, numerosos, así como sus campañas militares contra los príncipes disidentes de la Liga de la Smalkalda fundada en 1531. Finalmente, la relación de fuerzas lo lleva a renunciar.

En 1552, se resigna a autorizar el culto luterano a través del Tratado de Passau, primer reconocimiento que llevará a la Paz de Augsburgo en 1555. Es un vuelco. El Emperador abandona su sueño de unidad de la Iglesia.

El derecho germánico inventa un sistema jurídico que permite organizar la coexistencia religiosa. Admite dos confesiones, el catolicismo y el luteranismo, entre los cuales cada Estado debe elegir. En caso de conflicto, arbitran la Dieta y la Corte de Justicia.

Mientras tanto, bajo la influencia de Juan Calvino (1509-1564), la doctrina de la Iglesia Reformada inspira, desde Ginebra, los protestantismos francés, británico y flamenco. Las monarquías modernas entran en un período de guerra civil, buscando soluciones para salir de la crisis. Desde ese punto de vista, el viejo Imperio inaugura una forma de modernidad en Europa.

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