Crespo.- Domingo González, ‘Gonzalito’, a sus 81 años recién cumplidos sigue trabajando y compite en carreras de 5 mil y 10 mil metros. Sin conocer a sus padres biológicos, fue criado por sus tíos en el norte entrerriano, a los 16 años vino a Crespo, aprendió a leer de adulto, fue peón rural, empleado municipal y realizó trabajos y changas para ir mejorando su vida y la de su familia. Cuando se jubiló empezó a correr carreras de fondo como veterano. En una extensa entrevista con Paralelo 32, dos días antes de su cumpleaños número 81, González repasó su vida y habló de los logros obtenidos con sacrificio desde una cuna muy humilde.

–  ¿Quiénes fueron sus padres?

—  A mis padres no los conocí, me adoptaron unos tíos, Bruno Cantero y Marta Martínez. Eran tíos de parte de mi madre. Yo no sé cómo me criaron, porque eran muy humildes. Me crié en la Estación de ferrocarril La Hierra, cerca de San Jaime de la Frontera.

Padres de crianza

–  ¿De sus padres no sabe nada?

—  No le podría decir nada porque no sé nada, ni tengo fotos. Nunca supe quién fue mi padre ni quién fue mi madre. Los tíos que me criaron eran tíos por parte de mi madre. El falleció a los 93 años, está descansando en el cementerio local. Ella, en el cementerio de San Nicolás. Ellos me criaron hasta los 16 años. Después empecé a rebuscármelas para comer porque, si no, no tenía.

–  ¿De qué vivían sus padres de crianza?

— Ellos trabajaron en una empresa de vialidad, como peones, haciendo todo tipo de trabajos. Después decidieron venir a Crespo y trabajaron en el campo. Yo ya me había venido para Crespo antes y trabajé como peón de campo 18 años con la familia de Pablo Rau. Vine con un jefe de la estación de ferrocarril de La Hierra que me conocía, él me trajo a Crespo. Era yerno de don Benito Zapata, el abuelo de Modesto Zapata (ex intendente de Crespo ya fallecido, N. de R.). Don Benito supo tener una venta de cueros y lanas en calle Otto Sagemüller, frente al molino de Sagemüller. Cuando no había trabajo en el campo me iba a otra casa, yo siempre me buscaba el trabajito. Cuando había poco trabajo en el campo, me daban unas chirolas, la comida no me faltaba pero yo quería tener mis cosas y no me alcanzaba. Los que me daban trabajo me ayudaban pero no quedaba bien, a mí me dolía a veces. Me costó muchas lágrimas hasta que pude salir. Cuando fui más grande, me vine a la Municipalidad, cuando estaba de intendente Oriol. Un sábado de tarde, cuando había poco trabajo, lo fui a ver a Oriol; le pedí trabajo. Me dijo ¡¿quién es usted?! Manejaba un camión regador, andaba de bombacha, alpargatas y pañuelo al cuello. La cuestión es que me dijo que venga el lunes, ‘pero se va al matadero’. El lunes tenía que estar a las cinco de la mañana, llovía y me vine al matadero descalzo, vivía en un rancho que tenían los Burgos, que era de los Zapata esa casita. Me presenté, me mandaron a buscar los caballos y los até al carrito. El segundo día me tocó lavar los pisos, también me tocó llevar la carne carnicería por carnicería. Cuando volvía tenía que juntar la basura con el carrito y dos caballos. Así me tuvieron un tiempo y después me trajeron a la Municipalidad.

–  Lo probaron para ver si funcionaba.

—  Me probaron. Cuatro años estuve como quincenal. Me probaron en todos lados.

Estudiar de adulto

–  ¿Ud. había ido a la escuela, sabía leer y escribir?

—  No, don Oriol me mandó a estudiar. Fui a la Escuela “La Cautiva”, por eso tengo un certificado de ahí. Era viejo ya entre los demás alumnos, dejaba de trabajar una hora antes y tenía que ir a la escuela. Así hice el séptimo grado, junto con Marcos Merlo, que era placero.

–  ¿Le resultó difícil aprender de grande?

—  No. Yo tomaba el papel escrito que me daba la maestra, estaba trabajando y me ponía a estudiar cuando podía. Estudiaba y trabajaba. Igual que las sumas, pedía ayuda para hacer ejercicios. Así terminé séptimo grado.

–  ¿Cuánto tiempo estuvo estudiando?

—  Cuando entré a La Cautiva me pusieron en segundo grado, y llegué hasta el séptimo. Para el primero había ido a la 105, cuando estaba el maestro Heinze. Muchos me ayudaban para aprender, hasta el doctor Sorassio, que en paz descanse. Cuando terminé el séptimo grado, a veces me llamaba Enzo Mildenberger para ayudarlo con el pago de sueldos. Yo contaba el dinero y lo ponía en cada sobre. Muchas veces me mandaban al banco para buscar dinero, pero me daba miedo por la responsabilidad de andar con el sobre lleno de dinero. Estuve muchos años ayudándole a Mildenberger a ensobrar los sueldos. Después me sacaron y estuve trabajando en la plaza mucho tiempo, como jardinero y placero. También estuve como inspector de calles; estuve pintando líneas y hacía letras.

Empleado municipal

–  ¿Hasta qué año estuvo en la Municipalidad?

—  Hasta el 2002, estaba de intendente Schneider; pedí la jubilación porque ya tenía tiempo acumulado en la foja de servicios. Pedí la jubilación porque trabajaba en la Clínica Parque de tarde, allí estuve 27 años de servicio. Trabajé con ellos por changas hasta el año pasado. Actualmente, quieren que me encargue de inspeccionar la limpieza de los terrenos que tienen. Yo le agradezco por la confianza al doctor Oneto. Un día me llevó al campo a ver la limpieza. Hay muchas diferencias en la forma de ser del ser humano. Yo estuve en Santiago del Estero, estuve en La Rioja, en Mendoza. Distinto modo de trabajar tienen. En el norte toda la gente son difíciles. Unos son sucios. Los paraguayos, por ejemplo, tienen el negocio acá y al costado tiran la comida, tiran la yerba. Así nos acostumbramos de chiquito. A mí me gusta preguntar, quiero saber si es así o no es así.

–  ¿Tuvo a su cargo personal en la Municipalidad?

—  Muchas veces fui encargado de vivero, de personal. Cuando se plantaron los árboles en Independencia y Pesante, eso lo hicimos entre tres. Por el vivero me llamó un día el intendente y el jefe de personal, si me animaba de enfrentar eso. Me daba vergüenza decirle a personas más grandes lo que debían hacer, siendo yo el más chico. También trabajé en el túnel que va por Rivadavia. Siempre acepté lo que me indicaban: ser inspector de noche o acompañar al doctor Duarte en sus inspecciones con Bromatología. Muchas veces me tocó hacerme respetar, cuando me querían pagar para no hacer una infracción. O me decían en un negocio ‘tomá un chorizo’, como en la aldea. Era bravo. Yo les decía ‘nos pagan para que comamos, no venimos a pedir’. Yo tengo que defenderlo a mi jefe y cuidar mi trabajo. Es mi forma de ver las cosas. Y no venderse por nada, porque eso es jodido. Cuando uno ‘se vende’ por algo es feo. Si lo necesita, pídalo. No hay necesidad de venderse.

–  ¿Hizo el servicio militar?

—  Sí, salí en la última baja, estuve 18 meses, fui asistente del teniente coronel Tejeiro, en Corrientes. Hubo un golpe militar, y quedé de guardia, siempre a las órdenes de ellos.

Competencias

–  ¿Cómo empezó a competir en las carreras?

—  En el 2002 empecé de a poco. Antes, hacía unas cuadras, entrenaba, nada más. El profesor Alanis me preguntó si quería correr, y el profesor Aníbal Lanz me dijo que podía correr si primero me hacía una revisación, por la edad. La primera carrera que corrí fue de 5 kilómetros, y salí cuarto, con una copita que gané. Después empecé en las competencias, en Aldea San Juan gané como tres carreras seguidas. Fui a la Aldea Santa Rosa, había llovido, en el arroyito que pasaba cerca de lo de Kemerer, nadie se animaba a pasar por el agua. Me animé y gané. El año pasado competí en Concordia. Siempre en Veteranos. Había entrado segundo en la Fiesta de la Avicultura.

–  ¿Cómo llegó a tener su casa?

—  Hubo un plan de viviendas de la provincia. Me llamaron don Oscar Goette y don Antonio Seimandi, que era intendente. Me dijeron que me merecía un regalo, porque vieron que andaba bien en el trabajo. Me preguntaron si tenía novia, les dije que tenía una amiga, una chica del campo. Me preguntaron si no quería casarme. Les dije: ‘cómo voy a casarme si no tengo nada’.  Me dijeron que iban a dar un plan de vivienda y querían poner a la gente en ese plan. Don Antonio me dijo ‘no te querés casar’. Le respondí: ‘Don Antonio, no tengo nada, dónde voy a llevar a la chica, porque para sacarla del campo, donde está bien con sus padres, y llevarla para que pase hambre conmigo, no. A mí me pasó eso, muchas veces no tenía para comer y me dolía’. Me dijeron que no me hiciera problemas, que me iban a inscribir para una vivienda, pero que tenía que llevar a la Municipalidad a la novia y a sus padres el lunes siguiente, a las ocho. Me fui al campo en bicicleta a avisarles que el intendente quiere hablar con los cuatro. El intendente les explicó la situación y mi suegro, que ya falleció, saltó: ‘¡dónde van a vivir!’ Me dieron una semana para hacer los papeles por el Registro Civil. El plan era que yo debía pagar medio día un peón que iba a ayudar a construir la casa. Así era el plan. Me dieron espacio en la casa de Oriol, que está sobre calle San Martín. Me instalé con mi señora, llevé muebles. Y mientras tanto, iba construyendo mi casa, trabajaba los domingos. Me fui a la cooperativa y le pedí a don Heinzenknecht una máquina chica de cortar pasto en cuotas, para salir a cortar pasto y pagarle al peón de mi vivienda. Yo iba trabajando, cortando pasto, y mi señora tenía plata todos los lunes para darle al peón. Así fui cumpliendo con todos, la cooperativa, el peón, la municipalidad. Y así me fui haciendo de algo. Siempre les aconsejé a mis hijos: ‘¡Pidan, que serán escuchados; no toquen lo que no es suyo, no se lleven nada!’. Así me crio mi padre de crianza.

–  ¿Está haciendo entrenamiento para correr?

—  Sí, todas las tardes, si hace calor más a la tardecita. Hago a veces 3 mil metros, a veces 5, para hacer ejercicio. Porque si no uno se acalambra, queda tieso. Este domingo fuimos a Valle María, a la playa a hacer un asado, con mi hijo y mi consuegro. Pasamos un lindo día, con los hijos y los nietos.

–  ¿Jugó al fútbol en su juventud?

—  Sí, estuve en Sarmiento. Cuando se hizo el túnel, estuve con la muchachada que hacía el túnel. César Bione nos daba la pelota si sacábamos unas paladas de tierra.

–  ¿Contra qué equipos jugó?

—  Jugaba de cuatro, contra Nobleza, Racing de Ramírez, con esos equipos jugábamos.

–  ¿Quiénes fueron sus compañeros?

—  Jugué con Aranda, que era ferroviario, se fue y no lo vi más. También los hermanos Capellacchi, Gareis, que eran de Las Delicias. Teníamos un ‘cuadrazo’. Era lindo jugar. Yo atajaba con la tercera y jugaba de cuatro en la primera.

– ¿Fue utilero de Unión?

—  Sí, fui utilero con el equipo que jugó el Regionalito. Fuimos a Santa Fe, perdimos con San Carlos Centro. En Cultural ayudaba en primera también. Los recuerdos que tengo son de Unión, camisetas. Pero soy hincha de Cultural, porque mis hijos estuvieron allí.

La filosofía de vida

–  ¿Sintió alguna vez discriminación por ser criollo en un pueblo de tantos rusos y gringos?

—  No. Yo tengo una plaqueta por la conducta que llevo por la Oktoberfest que se hacía en los años noventa. Un día hubo un robo, yo estaba de portero de seguridad en un portón, y cerré con candado el portón. Al terminar la fiesta me dieron un reconocimiento por mi trabajo. Antes se decía que uno no podía entrar a las aldeas, pero uno entraba. En Aldea San Miguel, de donde era mi señora, con un Folmer visitábamos nuestras novias por allí, no teníamos problema en entrar. Pero me contaban que antes de mí ‘no entraban negros’. Estando soltero, me fui cinco meses a Somisa, estuve viviendo en un barrio con bolivianos, y se armaba entre ellos unas peleas muy feas. Me dije ‘me voy a Crespo, voy a hacer una vida más sana’. Allá tenía un buen trabajo, ropa, lo que quería, pero no quise seguir en ese ambiente. Me dije ‘más vale gano menos y estoy tranquilo’. Así me fue, gracias a Dios.

–  ¿Con qué ideas encaró su vida?

— Cuando empecé, fui pobre y muy humilde, yo sufrí mucho por eso. Lo que pensé es ‘lo que es malo afuera, con lo que es bueno, sigo por el camino’. Siempre puse cuidado a la persona mayor, que me daba un consejo o me decía ‘hacelo así, negro’. Siempre me guiaba por los consejos de las personas mayores. Con los amigos, cuando uno tiene un buen trabajo tiene un montón de amigos, pero cuando no tiene nada… ¡oh! quedó vacío el cuadro. También eso. Me han aconsejado personas mayores, como el doctor Sorassio o don Oscar Goette. Me decían ‘hacelo así porque no sos un muchacho para la joda. A vos te gusta cuidar’. Pero no tenía para ‘hacerme’, a mí me costó mucho hacer las cosas. De noche, cuando trabajaba en la construcción de mi casa, tenía unas lámparas a querosén, ponía las lámparas y hacíamos la faja. Mi mujer me daba la mezcla con el balde mientras yo hacía las fajas, así fuimos haciendo el rancho. Y crie los tres hijos, los veo que están bien y veo que no sufrieron lo que sufrí yo. Es una satisfacción muy grande.

Quién es

Domingo Cristóbal González “Gonzalito” cumplió 81 años el pasado 10 de enero, había nacido en 1937, en el Departamento Concordia. Fue criado por Bruno Cantero y Marta Martínez. Su esposa es María del Carmen Kapp y tuvieron 3 hijos, dos varones y una mujer. También tiene siete nietos, tres varones y cuatro mujeres.

Durante la entrevista mostró varios reconocimientos y certificaciones obtenidas por sus esfuerzos en el trabajo y en la competencia deportiva.

Recibió un reconocimiento por sus 25 años de servicio como agente municipal en 1996; un reconocimiento “por su ejemplar desempeño como presidente” de la cooperadora de la Escuela “La Cautiva” en 1995. Durante la 29ª Fiesta del Deporte de Crespo, en diciembre de 2016, recibió una mención especial en atletismo.

González también realizó cursos de capacitación vial y de jardinería práctica, así como otras capacitaciones a lo largo de su vida.

En especial, recibió en diciembre de 2003 un reconocimiento al mérito por sus valores solidarios en actividades desarrolladas por el bien común, otorgado mediante resolución municipal 33/03.

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