Se agudiza la delicada situación del matutino El Diario

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Ayer viernes, y este sábado no salió a la calle El Diario, centenario matutino de Paraná, que fuera por décadas el matutino más importante de Entre Ríos. No es la primera vez que se lo deja de editar por un día o dos, pero la crisis parece haber ingresado en su fase terminal. Periodistas y trabajadores gráficos y administrativos se mantienen en huelga ante los reiterados incumplimientos de los propietarios del matutino en materia salarial y laboral.

Cuando en 2009 falleció su por entonces director, Luis L. Etchevehere (“Sahorí”) y sus hermanos Arturo e Ivar resolvieron vender sus acciones en el matutino, la empresa ya era ligeramente deficitaria, tenía una dotación de personal supernumeraria (mas de 120 empleados), la fuerza de la nueva era de la comunicación se hacía sentir y requería de una reforma, que en ese momento no fue entendida por el sindicato. Los medios gráficos van mutando lentamente hacia la digitalidad y ese cambio profundo requiere de la adaptación de las partes al cambio de era.

Hoy El Diario mantiene esa cantidad de personal y trabajan allí, como ocurrió a lo largo de su historia, notables hombres y mujeres del periodismo escrito, cuya pluma la sociedad paranaense no debería perder.

El incumplimiento patronal trajo disconformidad y paros, y con éstos se acrecentó el déficit en un círculo vicioso. Fue cayendo la venta de ejemplares y en consecuencia la de publicidad y el número de hojas. Ultimamente aparece con 20 páginas.

Cuando en 2009 el empresario Walter Grenón (que mantenía negocios con el gobierno de Urribarri) se quedó con la mayoría de las acciones de Sociedad Anónima Entre Ríos (SAER), nombre de la empresa editora de El Diario, quedando el paquete minoritario en manos de los familiares directos de Luis Félix Etchevehere: su viuda Leonor Barbero Marcial, y sus hijos Luis Miguel, Arturo Sebastián y Juan Diego Etchevehere, las decisiones editoriales se tomaban desde la Casa de Gobierno, más precisamente desde la oficina del Ministro de Cultura y Comunicación Pedro Báez, cuya acción era más que notoria desde la tapa hasta las páginas interiores del matutino. Probablemente los lectores tradicionales se sintieron subestimados en su inteligencia, porque fueron cancelando las suscripciones.

Empleados de El Diario dijeron esta semana que “si bien Grenón fungió como el propietario mayoritario de El Diario, en Entre Ríos todos creen –y siguen creyendo– que el verdadero dueño es Sergio Urribarri, dos veces gobernador y actual presidente de la Cámara de Diputados provincial”.
“Los contenidos de El Diario –un medio históricamente pluralista aunque con una clara línea editorial que podría definirse como liberal-conservadora– se transformaron radicalmente con la llegada de Grenón. El pluralismo desapareció y las páginas de El Diario se convirtieron en un pasquín partidario, en donde toda noticia contraria a los intereses del urribarrismo y del kirchnerismo fue censurada sin que a los comisarios políticos de turno, que poblaron la redacción del matutino mientras Urribarri fue gobernador, les temblara la mano”, dicen sus periodistas, agregando que “jamás en El Diario hubo en democracia tanta censura como en los años de la administración de Urribarri y de su sombrío ministro de Comunicación, Pedro Báez”. Aquel fue el principio del fin.
Más adelante, diferencias entre Grenón y Urribarri hicieron que el empresario santafesino se alejara de El Diario y desembarcara el rosarino Ramiro Nieto, empresario que hizo fama y dinero con la televisación de partidos de fútbol.
Nieto, sin embargo, muy pocas veces estuvo en El Diario y siempre se manejó a través de gerentes, pero en la actualidad ni aquél ni éstos aparecen por la empresa. Es curioso, porque si Grenón fue realmente quien desembolsó tanto dinero por la compra, debería mostrar un mínimo interés en su inversión.

Se aproxima fin de año y hay más de un centenar de familias que no cobran desde hace tres meses y carecen de obra social por falta de aportes. Ojalá esta situación pueda revertirse cuanto antes, en un acuerdo de todos los sectores intervinientes, incluido el gobierno y la iglesia, por tratarse también de una cuestión humanitaria.

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