Crespo.- La señora Sara Lipschitz de Goldenberg tiene una conversación vivaz y llena de recuerdos, condimentada con anécdotas y chistes judíos, que subrayan su calidez. En una extensa entrevista con Paralelo 32 revisó gran parte de su vida, la historia de su familia, sus hijos. No podía faltar en el recuerdo, la figura de su marido, Adolfo Goldenberg, fallecido hace pocos años, quien fue un destacado médico clínico y pediatra que atendió desde su consultorio a tres generaciones de crespenses.

“Nos casamos en 1963 y nos vinimos enseguida a Crespo, a través de Adolfo Kaplan (ya fallecido, fue por muchos años farmacéutico en Crespo, N. de R.), que nos habló de la ciudad. Mi marido quería vivir en una localidad chica pero cercana a una ciudad grande para que nuestros hijos pudieran estudiar. Fuimos a otros dos lugares, pero no nos convencieron. Le cuento algo gracioso. La hermana de Adolfo estaba casada con mi hermano, así nos ahorramos un par de suegros (sonrisas). Yo lo conocí cuando él estaba estudiando en Córdoba. En aquellos tiempos, los novios tenían una ceremonia de ‘compromiso’. Mi hermano mayor y su hermana mayor se comprometían y en la fiesta nos conocimos”.

–  ¿Fue a comienzos de los sesenta, más o menos?

— No, antes. Nosotros ‘afilamos’ ocho años, toda la carrera de él. Estaba en primer año. Cuando digo ‘afilamos’, se ríen los chicos.

Gauchos judíos

–  ¿Las familias Goldenberg y Lipschitz son de Entre Ríos?

— Los padres de Adolfo se conocieron en el barco que los trajo de Rusia a Argentina. Y se casaron después. Mis padres eran de Polonia. Mi padre se vino en 1924 y después trajo a mi mamá y a su hermano, para sacarlos de la guerra. Siempre tuvo el dolor de no haber traído a sus hermanas. Pero después se enteró que ellas se fueron a Inglaterra y se salvaron. Mi hermano mayor nació en Polonia. La madre de mi marido vino con su madre y sus tres hermanos; vinieron a un lugar donde colonizaron los judíos con el Barón Rotschild. Adolfo nació en Rosario, sus padres luego se trasladaron a Concepción del Uruguay y se quedaron ahí. Mi padre venía recorriendo Entre Ríos, era panadero. Sacaba créditos y cuando los paisanos no le podían comprar, se fundía. Hizo eso en varios poblados hasta que llegó a Paraná y allí se estableció. Nos quedamos; yo soy la hija menor de Moisés.

– ¿Vivió en su juventud en cercanía con otras comunidades, fuera del judaísmo?

— Te diría que la comunidad judía antes era más cerrada, no tan abierta como lo es ahora. Es una cosa que nos recriminan mucho a los judíos. Pero hay una razón de ser. Fue siempre una comunidad odiada y combatida. Cuando había un problema económico, la culpa era de los judíos. Ahora se está festejando Purim; es la fiesta más alegre del pueblo judío. Estando en Mesopotamia exiliados los judíos, el rey Asuero (se cree que era Jerjes I de Persia, N. de R.) se casó con una joven judía muy hermosa, Esther. El consejero del rey le dijo que debía matar a todos los judíos, a quienes hacía responsables de un momento de crisis en el reino. Esther, su esposa, le dijo que si hacía caso al consejero, debía matarla a ella, a su padre y a todo su pueblo. Asuero se enojó y mandó matar al consejero. Como el pueblo judío se liberó de esa matanza, se transformó en un festejo, Purim. Actualmente, los chicos se disfrazan; mis nietas me mandan fotos disfrazadas; van a la escuela con disfraces, todo el mundo en Israel anda en las calles, disfrazado.

–  ¿Cómo fue para sus padres salir de Europa y venir a Argentina?

—  Tuvieron muchas dificultades. Era gente que se vino de un país en guerra. El marido de mi hermana se vino de Alemania cuando ya estaba Hitler. Vio en el puerto cuando estaba partiendo, todas sus cosas en un contenedor que quedó en tierra, porque no podían pagar la carga. Cuando volvió a Alemania, muchos años después de la guerra, fue al pueblo donde vivió su familia. Encontró la casa, le permitieron pasar, estaba el mismo empapelado que su familia había dejado. Se corrió la voz que estaba de visita y llegó un hombre con un envoltorio lleno de alhajas. Le dijo: ‘cuando se fueron, su padre le dejó estas joyas a mi padre’. El miró las joyas, tomó un camafeo que tenía la foto de su madre y le dijo: ‘Si me permite, me quedo con esto; todo lo demás quédeselo, si mi padre se lo dio al suyo’. Son cosas que hasta hoy me conmueven. Mis padres se nacionalizaron argentinos. Para ellos fue con alegría porque este país les salvó la vida.

La juventud

– ¿Qué hizo en su juventud?

— Yo militaba en un movimiento para irme a Israel, cuando el país recién estaba fundado. Eran los comienzos de los años cincuenta. Para mi mamá, el gran agradecimiento que tuvo con Adolfo es que, cuando lo conocí, me quedé. Al año siguiente yo me iba, si no hubiera conocido a mi marido. Nosotros vivíamos en un barrio en las afueras de Paraná en ese momento, a dos cuadras de la cárcel. Me levantaba temprano, ayudaba en la panadería y después me iba a la escuela. Por eso, me quedó la costumbre de levantarme temprano. Yo hacía mis tareas, después volvía y ayudaba en el negocio. Un orgullo que tengo de aquellas épocas es que lo que yo comía y me vestía, me lo ganaba. Pero eso no logré que mis hijos lo tengan. Pienso que es una linda mochila.

–  Sí, porque a uno le genera un hábito de responsabilidad que queda en la vida.

—  Queda en la vida. Y eso de que ‘pobrecitos’ no pueden trabajar a los doce años. Es una barbaridad.

–  Lo que pasa es que hay que distinguir enseñar responsabilidad y trabajo de la explotación infantil.

— Por supuesto. En Israel, mis nietas empiezan una o dos horas por semana a trabajar, al año siguiente cuatro horas por semana. Aprenden a trabajar y levantarse temprano. En el kibutz que está mi hija no se rigen por la religión, es un kibutz laico. Mantienen las costumbres y las festividades, pero más que nada es por el tiempo del año, la primavera, esto y lo otro.

Tradición y religión

– ¿No hay una contradicción entre el judío laico y el religioso? ¿Cómo resuelve su identidad judía si no se rige por los aspectos religiosos?

—  Yo lo resuelvo por la tradición. En mi casa se prendían velas, yo prendo velas. Hay un día muy sagrado, el Día del Perdón, que se ayuna. Yo a esta altura no puedo ayunar, por la edad. Yo ese día leo, leo mucho. Mi papá está enterrado en el cementerio judío como uno de los hombres justos, porque era muy religioso. Un día, siendo novios, vino Adolfo a mi casa el Día del Perdón. Adolfo no era nada con la religión. Era creyente, no ateo, pero en su casa no se consideraban los ritos religiosos. En mi casa sí. Yo le dije a mi mamá ‘a Adolfo le debo dar de comer, porque ¿va a ayunar en aras de qué’. Mi mamá me dijo ‘dale de comer’. Y le pregunté ‘¿yo como?’ me respondió: ‘No. Mientras estés en mi casa, hacés lo que yo te enseñé; cuando estés en su casa, hacés lo que él quiera’.

–  Y cuando estuvieron juntos, se hizo lo que Ud. quería (risas)

—  (risas) ¿Sabés qué? Me parecía que nuestros hijos debían conocer y ver algo de su identidad; porque es muy difícil decir ‘soy judío’ y no saber por qué lo es. De dónde sos judío y de qué te prendés para ser judío.

–  ¿Hay muchos judíos que ya no saben por qué lo son?

—  Sí. Muchos casamientos mixtos inducen a eso. Y hay judíos que se dedican más a los negocios y otras cosas que…

–  Y son los que le dan mala fama a la comunidad.

—  Claro. El judío es catalogado como una persona egoísta a la que le gusta la plata. Pero no hay que olvidar que en la Edad Media a los judíos no les daban tierras. Entonces, daban préstamos, se dedicaban al comercio, eran recaudadores de impuestos para el rey…

–  Alguien tenía que hacer ‘el trabajo sucio’ y se lo daban a los judíos, los ‘impuros’ de la época.

—  Claro. Fíjate vos que la primera vez que los judíos trabajaron la tierra fue cuando vinieron a Entre Ríos. Se chocaron con la pared, porque no sabían hacerlo. En esa época, los muchachones judíos que iban creciendo tomaron los hábitos del gaucho, andaban con cuchillos, con botas. Fueron los que hicieron frente a ese tipo de cosas. Mi hija Graciela hizo un trabajo muy interesante sobre las cooperativas judías que siempre tenían una parte cultural. Además, los gauchos criollos aprendían a hablar en yidish.

La yidishe mámele

–  ¿Había muchas diferencias entre los Goldenberg, más liberales, y los Lipschitz, más conservadores?

— Nunca hubo choques. Mi cuñada me comentó una vez ‘tuve suerte, tuve una muy buena suegra’. Era mi mamá. Y cuando mi suegra estaba enferma, yo también la cuidaba.

– ¿Existe la ‘yidishe mámele’, la ‘mamá judía’ posesiva?

—  Si. Como decía un cómico judío, la madre judía puede ser hasta un vigilante, porque es sobreprotectora. Te digo un chiste. ¿Sabés cuál es la diferencia entre una madre italiana y una judía? La italiana le dice al hijo ‘si no comés, te mato’. La judía le dice ‘si no comés, me mato’. La madre judía se victimiza. Otra. La madre judía le regala dos corbatas al hijo. El hijo se pone una y ella le pregunta ‘¿Y la otra?’

–  ¿Esa yidishe mámele se ha perdido?

—  No sé. También hay madres católicas que actúan como yidishe mámele. Depende mucho, como se han perdido muchas cosas. Lamento mucho la pérdida de la familia como núcleo central de la sociedad. Lo lamento mucho porque todo lo que nos está pasando pasa por esa pérdida. Los chicos dejan de mamar eso.

–  Es una pérdida que avanza por la sociedad, más allá de una religión determinada.

— Hoy, el núcleo familiar para mí no existe. ¿Por qué lo digo? Mis padres no hablaban mucho, no eran de dar consejos. Un rabino tenía un hijo y un compañero católico. El rabino educaba a su hijo a través del silencio, con el ejemplo. Y en casa también, se trabajaba todo el tiempo, se respetaba, querían que los hijos estudien. Se vivía en cariño. En la panadería de mi casa los viernes a la noche, fiesta de guardar, se hacían pescados en latones grandotes. El que llegaba a mi casa comía. Era la época de las visitas, hoy no existe la época de las visitas

– ¿Viajó a Israel?

— Hice siete viajes. El último estuve tres meses, desde octubre a diciembre pasado. No hice viajes de turismo, fueron de visita. Charlé mucho con mis hijos, con mi nuera, con mi ex yerno, que sigue viviendo en el kibutz donde está mi hija. Y con mis nietas. El kibutz donde vive mi hija Graciela es un kibutz-paisaje hermosísimo. El kibutz tiene mi edad. Estaba bajo el gobierno del Mandato Británico en Palestina, antes de la Segunda Guerra Mundial y de la creación del Estado de Israel. Había una ley que decía que todo lo que estaba edificado durante el día por los judíos, quedaba, no se destruía. Entonces, los primeros colonos trabajaban y construían de noche. Así se hicieron 250 kibutz. Fue la base del Estado de Israel.

El doctor Goldenberg

– El doctor Goldenberg dejó una gran marca en muchas personas.

— Yo hacía de secretaria de Adolfo, le ordenaba los papeles. Recuerdo que las primeras órdenes por obras sociales no las cobraba. Me decía ‘¿para qué las vas a llevar al círculo médico?’ Después, cuando todo el mundo tenía obra social, había que llevarlas. Con eso comíamos. A Adolfo le hicieron un homenaje en vida, en la Municipalidad. La chica que trabaja conmigo se encargó de hacer parte de la organización, lo quería mucho. Se recorrió todos los pacientes. Las anécdotas que recogió de todo el pueblo eran increíbles. Una madre me contó al tiempo que Adolfo le había dicho que le ponga una inyección al hijo. Se la colocó pero al chico le dolió y al salir lo insultó. De vergüenza, la madre no vino más.

– ¿Qué problemas de salud tenía su marido?

— Él tuvo muchos problemas cardíacos. Tuvo un primer infarto cuando estaba haciendo el servicio militar, y por eso le dieron la baja. Después lo operó René Favaloro, luego tuvo tres by pass, eso va desgastando. Lo operaron de la carótida. Esos problemas fueron afectando sus riñones. Uno estaba todo tapado, en el otro le hicieron un año y medio de diálisis.

– ¿A los 21 años el primer infarto?

— Sí. Cuando volvió del servicio militar me dijo ‘estoy enfermo, vas a tener que buscarte otro novio’.

–  Bueno, siguió viviendo más de cincuenta años. ¿Era una persona metódica, se cuidaba?

— Se cuidaba mucho, aunque por ahí comía demasiado. No fumó nunca, era muy deportista, un gran nadador, jugaba al waterpolo. Jugaba muy bien. Mis dos hijos varones salieron muy deportistas. Cuando lo operó Favaloro, estaba otro médico que también estaba operado. Conversando un día, le preguntó Adolfo ‘para que no te pase esto de la operación, ¿qué hubieses hecho diferente en tu vida?’. El otro dijo que hubiese dejado de fumar. Adolfo le dijo ‘¿y yo que nunca fumé?’. Pero tenía mala herencia. El padre murió a los 56 años de un ataque al corazón. Mi padre murió a los 92 años, mi hermana tiene 86 años, yo cumplí 80. Mi hermano tenía 76 años cuando murió. Las mujeres son más lóngevas en mi familia. Creo que se debe a que el hombre debe salir a trabajar, se carga más de problemas. Ahora, las mujeres están saliendo a trabajar y ahí van a aparecer problemas. Por eso pienso que las cosas van a cambiar un poco. Me parece que el hombre se desgasta más porque está en el frente de la batalla, y la mujer en la retaguardia, cuidando la familia. Adolfo no puso pañales, ahora los varones lo hacen. Yo no quería que lo hiciera, que sólo hiciera lo que le gustaba. Yo me encargaba de todo lo demás, llevaba las mutuales, hacía los cobros de cheques. El me pedía la plata para salir. No teníamos mucho. Lo que tuvimos lo gastamos en viajes.

–  ¿Dentro de Argentina recorrieron lugares?

—  No mucho, porque Adolfo decía ‘cuando seamos jubilados, nos va a ser más fácil viajar por acá, porque para viajar al exterior hay que tener fuerzas’. También leía mucho, se compraba tres o cuatro diarios.

– ¿Qué amistades tenían?

— Al principio, hubo en Crespo un grupo de profesionales nuevos, un grupo lindo de amigos. Mientras duró fue bueno. Después, algunos se fueron, otros se murieron, con otros nos peleamos. Yo soy la peleadora, pobre Adolfo. Porque estaba en política.

Emigrados

–  ¿Cuál es su relación con Crespo?

—  Crespo es una perla y me gusta la ciudad. Mi hija, que vive en Israel se siente orgullosa de haber nacido en Crespo. El kibutz donde vive, me dijo que se quedó ahí porque lo encuentra muy parecido a esta ciudad.

– Con dos hijos en Israel, ¿por qué sigue quedándose?

— Porque quiero estar cerca de Adolfo, y porque este es mi lugar. Todo el mundo me dice ‘si tenés dos hijos en Israel, ¿por qué no te vas?’ Yo les digo ‘esta es mi vida; si bien, estoy sola la mayoría del tiempo, yo manejo mi soledad, leo, tejo, voy a la computadora, doy clases, tengo un grupo de amigas con quienes salgo, tengo alguien para salir a caminar, si el domingo se me hace largo me cruzo a tomar mates con alguien. Pero en Israel tendría que empezar de vuelta y sería un mueble. Porque mis hijos están todos ocupados y tendría que depender de ellos. Caminaba mucho el kibutz, me lo recorrí entero. Caminé la ciudad e iba al supermercado; estuve mucho tiempo y me di cuenta que no quiero estar allá. Es mejor ir a pasear. Además, no te olvides que me gusta la política. Son las cuatro y media o las cinco de la mañana y estoy escuchando el primer informativo.

–  Y en Israel no hay radicales (sonrisas).

—  (sonríe) No hay radicales. Mi nuera escucha todos los informativos por internet, es como estar en el país. Acá yo manejo bastante mi soledad, y tengo amistad con gente mayor y con chicas de 12 o 13 años. Y hay gente que me adopta también y me invita a salir. También me gusta viajar.

Militancia en la cultura

–  ¿Su marido la acompañaba en su militancia?

—  Siempre tuvo respeto por lo que yo hacía. Si tenía que volver tarde, jamás me hizo problema. El me enseñó tantas cosas y fue muy respetuoso.

–  En realidad, la vida de ama de casa no es gratificante. Estar en la retaguardia como Ud. dijo. Necesitaba salir.

—  Sí. Cuando los chicos fueron un poco más grandes, yo decía ‘por qué el gobierno no hace esto’. Y me dije: ‘¿Por qué critico? Voy y me meto’. Empecé con la comisión de cultura cuando estaba en la intendencia Pedro Schaffner, después seguí con Héctor Seri. Hicimos muchas cosas: se creó IMEFAA; hicimos lo de la Tercera Edad. Fue apoteósico, porque yo decía ‘vaciamos los consultorios médicos y llenamos las peluquerías’. Me parece que la Tercera Edad era una franja de la sociedad no tenida en cuenta. Ahora estoy preocupada porque veo gente que no tiene respeto por las personas de la tercera edad, cree que es descartable. Además, hay gente que está metida en su casa, que no hace nada y está envejeciendo sola como un arbolito. Estamos en la cuarta edad, tenemos juventud acumulada, no es para tanto.

Quién es

Sara Lipschitz de Goldenberg tiene 80 años. Nació el 20 de octubre de 1936, se casó con el médico Adolfo Goldenberg y se instalaron en Crespo en 1963. Tuvieron tres hijos. Graciela, de 52 años, vive en un kibutz (granja colectiva) en Israel y tiene tres hijas, dos mellizas de 24 y una de 18; Daniel de 51 años, sin hijos, vive en Argentina; Gustavo, de 46 años, vive en Israel, es médico cardiólogo y tiene dos hijas de 13 y 7 años. El doctor Goldenberg nació el 6 de enero de 1937 y murió el 15 de enero de 2011.

Los padres de Sara fueron Moisés Lipschitz y Antonia Bengelnick, que emigraron desde Polonia. Tiene dos hermanos, Rosa, que está en Israel, e Isaac, ya fallecido. Los padres de su marido eran Aarón Goldenberg y Asia Postan. Vinieron de Odessa, en la actual Ucrania.

Sara es una activa militante de la Unión Cívica Radical y ocupó cargos en el área de Cultura municipal durante los mandatos de su partido.

Antisemitismo

–  ¿Le pasó que haya escuchado ‘es judío, pero es buena persona’, con cierta inocencia?

— Sí, esas frases se han dicho. O ‘no soy antisemita porque tengo un amigo judío’. Nosotros en Crespo no sentimos el antisemitismo. Siempre que me invitan a hablar sobre el judaísmo, yo voy. Porque creo que mucho antisemitismo se debe a que no nos conocen. Una vez, fui a una escuela y ante los chicos les dije: ‘tengo dos ojos, dos manos, una boca. Soy como ustedes y soy judía’. Lo que quiero decirles es que somos iguales, no hay diferencias. Uno puede encontrar de todo, bueno o malo, en todas partes.

Casa de médico

–  ¿Cómo era la rutina diaria?

—  Normalmente, Adolfo empezaba a las ocho de la mañana. Y se almorzaba cuando él terminaba al mediodía. Fue un padre que trató de no estar ausente de sus hijos. Les inculcó la lectura. Tomaba el diario y les repartía secciones. ‘A vos esto te puede interesar; a vos esto otro. Después lo charlamos’. Esas conversaciones eran muy ricas. Después, los llevaba a Buenos Aires, los llevaba a ver un partido. Era hincha de Boca, era ‘bostero’ y se veía los partidos con los muchachos. Yo cocinaba mucho, me gusta la cocina. A Adolfo le gustaba agasajar a los amigos. Era muy introvertido y le costaba hacer más amigos. Pero hacía amistad con sus pacientes. Un empleado de una empresa importante tenía problemas, estaba muy presionado y llegó al consultorio. Empezó a hablar y lloró. Adolfo lo dejó hablar, luego se levantó y le dio un fuerte abrazo. Ese hombre no se olvida más de Adolfo. Una vez me dijo que ‘era como mi padre’. Yo salgo y me encuentro con gente que me abraza, y sé que me está abrazando a mí pero en realidad lo está abrazando a él. Todavía me hablan por teléfono y me preguntan: ‘Es la casa del doctor Goldenberg’. Lo que aprendieron los chicos fue su honestidad. Si hay que pagar algo, se paga y dejar de protestar. Mi hijo Dany me contó que tres veces fue a protestar a la empresa de electricidad porque le cobraban dos pesos. El llamaba reclamando que le cobraban poco porque estaba mal conectada la luz. Es una linda herencia, no me dejó mucha plata pero la culpa la tuve yo por no hacerla multiplicar (sonríe).

–  Siguiendo con la rutina diaria, ¿terminaba tarde por la noche?

— Y por ahí, te despertaban. Una madrugada, llamaron a la puerta, la abrí y encontré un tipo desmayado. Me acuerdo que los domingos, la gente de campo después de misa venía al consultorio. Era de lo más normal.

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