** Rufina había soñado mucho tiempo con conocer el mar. Es natural. Nada impresiona tanto a un ser humano como su propia pequeñez frente a las demostraciones colosales de la naturaleza. Será por eso que deseamos conocer el mar, la montaña y a Enrique Pinti.

Se le cumplió en el verano del 95 cuando mojó sus pies en las saladas aguas del Atlántico y llegó a navegar en un crucero Costa durante una semana. A su regreso no paró un día de repetirlo: Ahora conozco el mar, conozco el mar, a veces lo expresaba canturreando.

** Disculpe si la decepciono Rufina, le dije durante un encuentro casual, pero si alguien cree que conoce el mar luego de haber contemplado durante un par de semanas una minúscula playa, contradice al propio Jacques Cousteau que tras explorarlo durante medio siglo y sorprender al mundo con conocimientos de aquel universo submarino, dijo que apenas conoce el uno por ciento del mismo.

** Como no puedo evitar mi compulsión por simplificar lo complejo, apelé a una comparación grosera al decirle que el mar es tan vasto como la corrupción. Se la puede investigar (a la corrupción como al mar) una vida entera sin perder el entusiasmo, por el estímulo de los resultados constantes. De ahí a que todo sea denunciado y que un juez condene, es otra historia.

** ¿¡Qué tendrá que ver!?, replicó lacónicamente Rufina mientras auscultaba la sala sin disimulo en busca de alguna persona más interesante con la cual conversar –pensé yo-, o buscando ubicar la bandeja con los canapés de atún. Mientras yo le hacía una zancadilla al mozo que por enésima vez pasaba simulando no vernos, fundamenté mi apreciación: Quien crea que Báez, Cristina, Jaime, Boudou, López, Perez Gadin, y unos cuántos acusados célebres son la corrupción en este país, está pensando que en el mar no hay más que unos pocos tiburones y centollas y que se criaron en la última década.

Los cambalaches del siglo                   

** Cuando se habla por ejemplo de la corrupción en la Aduana, no hay posibilidad de un solo punto de corrupción en ese organismo sino de múltiples acuerdos dentro del mismo, cometajes y quintitas, que permiten a muchos, desde funcionarios a empresarios, sindicalistas y descarnadores de segunda, tercera y cuarta línea, armar su propia zaranda para que caiga algo de lo que pasa por allí.

Basta pensar que Aduana, como parte del Ejecutivo nacional, es solo un solcito en el tentador universo de organismos federales, a los que se suma cada provincia con gran cantidad de organismos y reparticiones territoriales y los municipios con sus respectivos vericuetos.

** En otros mares como legislatura, justicia, ejército, gendarmería, prefectura, policía, entes autárquicos, sindicatos, etcétera, se copula de la misma forma multiplicando los frutos prohibidos del mar de tal suerte que, entre tantos afanes (perdón, afanos), cuando se echa una red solo se puede capturar a un ínfimo porcentaje de esa fauna.

** De ahí que cuando los agarran, los capturados no lo pueden creer y piensan que fueron perversamente elegidos (¿por qué a mí entre un millón?), que son perseguidos políticos, que los quieren ver en cana para robarles la novia, etcétera. Y algo de eso quizás habrá, pero haber sido elegidos a propósito no los hace menos corruptos, cuando se les puede probar.

** Otros, como Lázaro Báez, ya se había convertido en una ballena gigante del paleozoico que resoplaba en la superficie pintada de amarillo flúo y levantando banderitas de colores. La justicia federal ya lleva sumado un patrimonio de 120.000 millones de mangos del santacruceño y aún no ha terminado.

A cada santo le llega su Moreno

** El Ministro de Transporte, Guillermo Dietrich, reunido esta semana con empresarios de la Asociación Empresaria Argentina (AEA) que lo tuvo como invitado, encarnó una versión refinada de Guillermo Moreno, al decirles que denuncien los hechos de corrupción que ellos conocen (si hay quien recibe coima hay quien da, obvio). El revoleo de la media dejó muy pintado al presidente de la Cámara de Exportadores, allí presente, a quien finalmente Dietrich le espetó: “esta reunión no tiene sentido, no te creo nada, estás viendo con tu comisión directiva cómo generar unos pesitos”.

** Hagamos una traducción no autorizada del flaco Dietrich. El hecho es que toda vez que se organiza una comisión, una institución, una cámara, hay que poner guita para sostenerla, alquileres en el microcentro, sueldos, viáticos, agasajos… y digámoslo con claridad, a nadie le gusta aportar. De allí viene, en la sospecha de Dietrich, la tentación de arreglar con los tipos que se encargan de asegurar todos los contenedores que salen del país por Aduana. Se firma un acuerdo “generoso” que deje algo para repartir.

** Un político que cometea dirá que no roba para él sino para la corona o el partido; los sindicalistas que es para el sindicato; los empresarios que es para la Cámara que armaron y no les gusta mantenerla. Son todos buenos paisanos pero el poncho no aparece.

Desarticular lo articulado                      

** ¿Dónde empezó el pase de facturas? El Ministro le refrescó al titular de la Cámara de Importadores: “un grupito de vivos se puso de acuerdo con un grupito de funcionarios y dijeron vamos a poner un seguro de 108 dólares por cada contenedor”. Según datos que le aportaron exportadores, esta póliza cuesta en el mundo 8 dólares. “Estos negocios de inflar los costos fueron por 1.000 millones de pesos al año. Por cinco años (desde que lo organizaron hasta que Dietrich les escupió el asado) son 5.000 millones, obviamente algún retorno tenés”.

** Denunció también un negociado con los remolcadores del puerto. El mafioso que manejó siempre ese negocio del chantaje y el enriquecimiento ilícito fue el sindicalista portuario Omar “Caballo” Suárez, ahora detenido. El gobierno de Macri le pateó la madriguera y al acordar con otra empresa se ahorró 15 millones de dólares anuales.

Pero la cámara de remolcadores, que había copado el juego del Caballo, no quiso perder el negocio y los plus por chantaje y tramitó un amparo judicial que a juicio de Dietrich es insostenible pero… un juez lo sostiene. “Ponen mucha plata en la justicia”, acusó el funcionario, quizás sin saber que sus palabras trascenderían. Y está bien que lo sepamos.

** Está visto que en cualquier parte donde la plata se mueve con cargadoras frontales, no hay intenciones honestas que puedan desarticular los negocios sucios sólidamente articulados. Cuando la guita alcanza para engrasar todos los engranajes, hasta los más pesados, la ley es papel pintado.

Los muertos del placard            

** En países así, gobiernan los servicios de inteligencia. El secreto del poder omnímodo consiste en permitir que todos los que manejan alguna caja del Estado o sindicatos, se conviertan en nuevos ricos, porque en esa condición caen en toda clase de trampas. La carne es débil. Se trata de igualar a todos. El que no chorea es peligroso; el que no se ensucia las manos es apto para denunciar y en consecuencia conviene sacarlo del medio.

** Una vez que muchos sujetos con decisión o poder parcial tienen la cola sucia, se los investiga y se encarpetan las matufias de cada uno, convirtiendo en rehenes de sus propias trapisondas a políticos, jueces, canas, milicos, etcétera. El día que alguno molesta y hay que sacarlo del medio, se le manda la carpeta a la justicia o a la esposa, y ahí lo tenés comiendo de tu mano. Es un bosquejo del célebre carpetazo argentino.

** Por esa misma razón hay muy pocos que se animan a denunciar algo. El temor al carpetazo puede más, y ¿quién no guarda un muerto en el placard?

Cuenta progresiva                       

** Se puede luchar contra el hambre pero nunca se acabará del todo; si un día eso ocurriera, la noticia cundiría por el globo y desembarcarían por aquí millones de famélicos para saciar su hambre. Se puede luchar contra la corrupción de Estado y la privada, pero nunca acabará totalmente. Es simple, el dinero es corruptor por naturaleza.

Lo edificante es luchar por esos ideales y llevar la estadística de los puntos ganados; nunca de los que faltan porque esa cuenta es frustrante.

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