Crespo- El Consejo General de Educación realizó el tradicional homenaje y acto de reconocimiento a la docencia entrerriana entregando el Premio Provincial Maestro Manuel Antequeda. La distinción a los docentes del Departamento Paraná fue para Roxana Elizabeth Clariá, maestra de tercer grado de la Escuela Nº 105 “Patria Libre”, de nuestra ciudad.

Seguían las emociones, los saludos, las muestras de cariño para Roxana, cuando pudimos abstraerla por un momento de tanta sorpresa y alegría, y escucharla repasar su historia de esfuerzos, dedicación y amor a los niños. Vino a Paralelo 32 acompañada por la vicedirectora Corina Clausser, quien relató cómo es la convocatoria que realiza anualmente el Consejo General de Educación a través de la supervisión a cada escuela, donde se realiza una votación secreta. En el recuento resultó electa Roxana. Sus mismas colegas, compañeras de trabajo, la propusieron.

“Obviamente que estoy muy sorprendida por este reconocimiento, porque una trata de hacer lo mejor que puede sin esperar nada a cambio, trabaja de corazón, con mucha entrega. Siempre trato de estar alegre porque hay chicos que llegan a la escuela con una carga que les pesa en la mochila y los maestros sabemos que hoy en día para muchos de ellos somos su puntal, buscan en nosotros lo que a veces no encuentran en su casa, entonces esperarlos con una sonrisa y un abrazo debe ser lo que ellos esperan”.

Roxana hace veintiún años que ejerce la docencia, un trabajo que la disciplinó en el esfuerzo, la perseverancia, la  valentía, pero sobre todo forjó su vocación.

“Soy oriunda de Seguí, tuve una mamá que quedó sola muy joven con sus dos hijos a los cuales trató de darle un estudio, trabajó más de lo que podía para que yo estudie en el Instituto de Formación Docente Sagrado Corazón y mi única manera de retribuírselo era estudiando, tenía que ser buena en lo que había elegido”- cuenta orgullosa de ese amor de madre. “Por eso empecé muy pronto a trabajar, en ese momento nos llamaban por promedio – recuerda-. Arranqué dando clases en el Paraná 14 a chicos de 7mo. grado, tenía alumnos hasta de 17 años. Salida de un pueblito, Paraná era un mundo, no me sabía manejar en colectivos de línea, caminaba 40 cuadras desde la terminal vieja hasta llegar a la escuela, con un bolsito, ni portafolio tenía. En ese momento era cambiar el dinero, pero uno trabajaba porque había que hacer carrera, si decía que no quedaba al final de la lista, no teníamos opción- cuenta sobre sus inicios-. Fue un lindo comienzo, mis compañeras me ayudaban a tomar los colectivos, hasta me seguían para ver si no le erraba, ellas significaron mucho para mí”.

En esa escuela trabajó un año y su próximo destino fue  Crespo. “Tenía un Fiat 147, otro desafío, recién aprendía a manejar y me largué sola; las primeras suplencias siempre eran de mitad de año en adelante. Después tuve la suerte de encontrar trabajo en una escuela que está entre los barrios Macarone, El Morro, Ciudad Perdida. Ahí trabaje seis años y ahí conocí la pobreza porque a mí nunca me había faltado nada ni tampoco en el pueblo uno veía esa realidad. Les daban mate cocido pero se los servíamos en el aula, yo había comprado un colador porque eso era pura borra, mi abuela me daba plata para el azúcar y en el armario habíamos armado un roperito, porque era primer grado, mi mamá cosía y todo lo que nos regalaban ella lo achicaba para darle a los chicos. Trabajando en esa escuela tuve altibajos en lo personal, estaba casada, tuve una hija y después me divorcie, pero siempre estuvo la escuela para esos golpes”.

El paso por Seguí y vuelta a Paraná

“Después trabajé en Seguí un año –sigue relatando Roxana, sobre el peregrinar al que se expone el docente al comienzo de su carrera-. Vuelvo a Paraná para trabajar en la Escuela Hogar que era más o menos lo mismo que había visto en la Escuela Estrada”.

La realidad la llevó, con otra compañera, a organizar un proyecto de plurigrado que hasta hoy continúa en la institución. “Eso implicaba, dentro del mismo grado, tener varios grupitos. Nuestra idea principal era que después cada uno pueda volver al grado de donde lo habíamos tomado, y teníamos algunos viejitos que yo creo que seguían yendo a la escuela por la comida, por la contención, porque ahí estaban todo el día, a la tarde había talleres. Se bañaban en la escuela, también, dos días a la semana que eran los días de felicidad”- relata sobre la dura realidad que le tocó vivir de cerca. “Con ellos tuvimos colación de 6to, fueron dos años de trabajo bastante arduo. En esas escuelas uno más que enseñar hace asistencialismo, sino le llenábamos la pancita ¿qué iban a querer aprender?, tratar de que estén calentitos en invierno y darles un abrazo cuando lo necesitaban, recibirlos con cariño”.

Roxana recuerda que “había días en los que asistían pocos chicos, porque los que vivían en el basural esperaban el camión que tiraba los deshechos del Walmart, era como ir de compras para ellos. Teníamos alumnas con abuso, otra que se incendió su casa y perdió a su mamá y un hermanito. Dejamos alma, corazón y vida en esos niños, con tal de verlos felices”- dice sobre la dedicación que merecían esas vidas tempranamente golpeadas.

Titularizar en la 105

Recién después de varios años de viajes, donde nunca difícilmente regresara a su casa antes de la noche, tuvo la oportunidad de acceder a la titularización por concurso. “El concurso duró dos días y yo quería ir a esa escuela, aunque me recomendaban que no, me decían te hacen trabajar mucho ahí, pero veía a esa escuela como grande, un lugar donde uno quiere llegar y tuve la suerte de poder tomar el cargo”- detalla.

“En esta escuela que me dieron mucha confianza casi sin conocerme, pudimos concretar un montón de proyectos como la bolsa de tela, que fue declarado de interés municipal”.

Para ella fue la oportunidad de desarrollarse profesionalmente. “Hasta ese momento yo venía cubriendo necesidades y dando, dando, dando, pero cuando llegué a la 105 sentí que empecé a recibir, a poder ser. Hicimos otro proyecto que se llamó Valorarte, estaban todas las áreas articuladas, trabajamos la parte artística y paseamos por todo lo que era el medio ambiente, hasta hicimos un mural en el playón. En 6to grado –testimonia sobre la labor docente- empezamos con el proyecto de los apellidos, que también fue declarado de interés municipal, y se trabajó tres o cuatro años”.

No hace falta preguntarle mucho a Roxana, ella repasa su historial con mucha naturalidad y fluidez, como una cinta grabada en su interior que va recorriendo su memoria sin detenerse. “Cada una ahora está con sus proyectos áulicos. Por ahí es difícil, porque el docente de hoy tiene que competir con la tecnología que domina la vida de los chicos, pero siempre tratamos de sacar algo de la galera para mantenerlos sorprendidos. Para el cumpleaños de la escuela armamos un bailecito y ver bailar tan desinhibidos a los que tiene perfil bajo y compartir con los otros, nos anima a seguir haciendo”.

“Creo que el que elige una carrera docente tiene que elegirla de corazón, no porque es corta o porque sea un ingreso que solventa gastos, porque es ahí donde se ven las fallas y los quiebres. El maestro regresa a su casa y sigue planificando, corrigiendo, preparando las clases, cuántas veces hasta  las 2 o 3 de la mañana; los fines de semana”- marca sobre la responsabilidad y el trabajo.

Roxana sustenta que “la maestra no puede ir a la deriva con los niños, a los chicos hay que cumplirles para que ellos cumplan. Ellos se dan cuenta cuando el docente prepara una clase de corazón y se siente en el comportamiento en el aula”.

“Estoy donde estoy porque nunca me he cansado de soñar; y porque cada herida no ha sido más que una razón para ser más fuerte, porque en estos 21 años de carrera por suerte es mucho lo bueno que puedo contar, pero hubo cosas que yo creo me hicieron fuerte, donde siempre estuvo la escuela que ha sido un puntal para todas mis situaciones personales que fueron difíciles, y las que también tuve que pasar dentro de esas escuelas tan marginales, con una realidad tan adversa”- reflexiona.

Para ella el premio mayor de estar en Crespo “es poder reencontrarme con mis ex alumnos, que sean grandes y que me pregunten, ¿cómo anda seño? Eso no tiene precio, porque significa que dejamos una huella en su corazón. Perdí el rastro de mis chiquitos de Paraná por los que siempre velaba no porque sean profesionales sino buenos padres de familia, ojalá alguno me sorprenda y la vida me lo haga cruzar siendo médico o abogado”- se ilusiona.

“Nuestra misión es llenarles el corazón, hacerlos buenas personas y sé que hay un montón de maestras apasionadas que trabajan y lo hacen de corazón, dejando alma y vida, de lunes a lunes. En mi nombre va este premio para todas ellas porque sé todo lo que hacen por la felicidad de los chicos”- dice Roxana compartiendo esta distinción con sus colegas.

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