Especial para P-32 – Por: Lic Vanesa Bolenberg (*)

Crecí en épocas en que explicar y ser (aparentemente) padre, era más sencillo. Mi propio padre comenzó a ser padre antes de la crisis patriarcal, de las nuevas familias, del feminismo como ideología que marcara subjetividades, de las nuevas formas de masculinidades, de las nuevas tecnologías, de la fertilización in vitro y todo lo nuevo que trajo consigo tanta transformación.

El siglo XXI no ha parado de producir y gestar innovaciones en cuanto aspecto de la cultura se nos ocurra, y eso no excluyó a lo familiar. E ineludiblemente, removió esa definición acabada que teníamos de lo que implicaba ser un buen padre, hasta entonces asociada a quien daba un apellido y trabajaba duro todo el día para que no faltara el pan y el techo. Personaje misterioso por momentos, algunas veces duro y bordeando lo autoritario, otras veces blando y tembloroso, y en ocasiones hasta ausente o abandónico. Pero hoy, ¿que será acaso ser padre?

Hoy, sin definiciones cerradas que engloben una ilusión, tal vez podamos pensar más libremente para construir lo que en definitiva, es una función social que abarca la protección, el cuidado desde el afecto, la regulación e incorporación de reglas sociales y por sobre todo el acompañamiento de un ser en formación (a quien le llaman “hijo/a”) para que pueda “llegar a ser todo lo que pudiera llegar a ser”. Campo de posibilidades finitas pero a la vez inmensas.

Así como las familias no están en crisis, pues no está todo perdido para quien lucha; tampoco las paternidades lo están.  Al contrario, actualmente estamos frente a una posibilidad única: la de reinventar esta función social. Las nuevas tecnologías y los cambios socio-familiares constituyen una oportunidad y no un problema. Actualmente tenemos la oportunidad de que nuestros hijos accedan al mundo, al conocimiento y a la comprensión de si mismos de formas inimaginables anteriormente. En todo caso, el mayor problema es el silencio asociado al temor de no poder ser, o la desesperanza de que ya no quede nada bueno por esperar.

La Psicoanalista Francoise Doltó anticipaba en el siglo XX  que “Tres segundos bastan a un hombre para ser progenitor. Ser padre es algo muy distinto. En rigor sólo hay padres adoptivos. Todo padre verdadero ha de adoptar a su hijo”. Siguiendo este razonamiento, pareciera que ser padre es algo que no se puede explicar desde la biología, tampoco desde lo jurídico, aunque puede implicarlo. Las paternidades son conquistas. Una conquista que es acción todo el tiempo, es construcción constante, es reinvención, gestos, virtud, renuncias, aceptación, exposición, reto, dolor (¡también es dolor!). Es difícil, ¡muy difícil! Pero es bello, ¡muy bello! Ser padre es dar vida a un ser que se “devuelve” al mundo o la vida… para que continúe con su recorrido, aunque nunca jamás vuelva a dar las gracias. Es adopción, siempre lo fue. Porque adoptar es reconocer a alguien como propio y hacerlo heredero de todo lo que a su vez uno ha recibido y pudo conquistar… para luego decirle: “Esto es mío pero lo convierto en tuyo para que con ello ahora hagas tus propias conquista, hijo/a mía”.

Ser padre entonces es la posibilidad de garantizar una presencia inextinguible, la de nosotros en otros. Unos otros que diferirán mucho de lo que hemos sido, pero aun así serán propios. Serán vida, trabajo, humanidad, futuro y presente, constancia y lucha, presencias inextinguibles a su vez.

 

(*) Psicóloga. Se especializó en Psicología Vincular de Familias con niños y adolescentes en el Hospital Italiano de Bs. As. Ejerce como Psicoterapeuta en Crespo. Es mamá de Maite junto a su esposo Gerardo.

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