Queremos hablar de procrastinación, una modalidad de comportamiento que observamos con frecuencia en personas de diferente sexo, edad y nivel social.

Pensamos que el hecho de aplazar o postergar una acción en forma ocasional no suele representar un gran inconveniente. Sin embargo, cuando esa actitud se convierte en una constante, se pone de manifiesto un trastorno del comportamiento que afecta la calidad de vida, ya que interfiere en el rendimiento y también en los vínculos afectivos.

A lo largo de nuestra vida todas las personas debemos afrontar tareas que no nos resultan agradables y precisamente por esa razón las dejamos para más adelante. No obstante, hay otras tareas que, por su importancia, tendremos que realizar tanto si nos gustan como si no nos gustan. Cuando no asumimos hacer lo que debemos hacer, dedicándole el tiempo que requiere y merece la tarea, sin duda avanzamos en el doloroso camino de la frustración y menoscabo de nuestra autoestima. Este camino indefectiblemente nos aleja del que consideramos nuestro objetivo de vida: acercarnos a un estado de bienestar.
“No llegué a estudiar todo… me presento en la próxima fecha”; “¿A qué hora era la cena? No llego”; “¡Uy! Perdoname, me colgué”; “Hoy estoy muy cansada, pero la semana próxima em- piezo el gimnasio”; “Mi jefe se enojó… no terminé el informe”; “No, lo haré mañana”, etc., etc.

Cuántas veces escuchamos estas y otras frases que expresan la dificultad para cumplir con las tareas que tienen fecha de vencimiento por haber asumido el compromiso o simplemente por propia conveniencia.

¿Vagancia? ¿Desidia? ¿Indolencia? ¿Indiferencia? ¿Desgano? ¿Pereza? Estas son muchas de las denominaciones que convergen en el término procrastinación.

Procrastinar es, entonces, el acto de dilatar, diferir, postergar o suspender de manera constante o sistemática tareas importantes dejándolas para más adelante…

En muchos casos se realizan en su lugar ocupaciones irrelevantes pero más placenteras. No se trata de que sean hedonistas a corto plazo, son personas que pierden el tiempo a ojos vista o con actitud enmascarada en una apariencia de perfeccionismo. En un intento por garantizar el éxito, se generan más y más actividades y tareas que nunca se logran completar.

Insistimos en que no hablamos de una situación circunstancial, sino de una tendencia crónica a la postergación. Dichas personas actúan como si pretendieran que ante la postergación de las tareas, estas desaparecieran de la lista de trabajos pendientes. Y efectivamente, en algunos casos las tareas postergadas desaparecen porque algún otro se hace cargo, pero no desaparecen las inexorables consecuencias.

La propensión a posponer perturba la vida cotidiana y el rendimiento estudiantil, laboral y social, lo que provoca efectos nocivos en la salud emocional y psicológica de las personas.
Quienes tienen tendencia a procrastinar suelen dilatar o aplazar temas que facilitarían su autodesarrollo. En muchos casos ponen en riesgo el alcanzar una posición más relevante en sus actividades laborales o profesionales. En realidad, la procrastinación no se suele circunscribir solo a actividades de esta índole ya que quienes tienen la tendencia a la postergación encaran de este modo su estilo de vida. Es una forma de ser que se manifiesta abierta o solapadamente como por ejemplo culpando a otras personas, enfermándose, evitando la toma de decisiones, siendo poseedor de ideas que no llevará a cabo o permaneciendo descontento en un trabajo sin afrontar la posibilidad de cambiar o renunciar.

Pero ¿cuál es la razón por la que una persona actúa de esta forma? Las razones pueden ser muchas y variadas pero, en general, suelen ser distintas respuestas inconscientes que revelan variados desórdenes psicológicos, muchas veces mixtos. En este sentido, la postergación podría ser considerada como un síntoma.

 

 

(*Por Gloria Husmann y Graciela Chiale, autoras de “Procastinación. El acto de postergarse en la vida”, Editorial del Nuevo Extremo )

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