Victoria.- Una movida a través de las redes sociales, fundamentalmente en Instagram, ha ganado interés en los últimos días. Se trata de egresadas que ofrecen en préstamo su vestido para aquellas chicas que no están en condiciones económicas de adquirir uno nuevo.

Este gesto de generosidad no podía venir de otro lugar que desde aquellas jóvenes que vivenciaron ese momento tan especial, pero a la vez efímero, que configura los minutos que cuentan desde la pérgola hacia la escalinata y la pasada por la alfombra roja atravesando el patio de la centenaria Escuela Normal Osvaldo Magnasco. Tres minutos.

Cientos, por no decir un millar de egresados de todos los establecimientos secundarios de la ciudad, han hecho tradición esta costumbre que no sabemos bien con quién empezó, pero lleva arraigada en Victoria no menos de cinco décadas. El joven porta saco y corbata, colores clásicos y algún que otro osado se calza moño y pañuelo a tono, pero las miradas no están enfocadas en ellos, sino en sus acompañantes, las chicas. Ellas se aprestan a vivir ese instante único con la mejor sonrisa, el make up, los zapatos haciendo juego, biyú, y el peinado, todo esto en función del vestido.

Sin dudas un momento emotivo, bisagra de un sinnúmero de objetivos que se cumplieron y también de los que vendrán. Pero el aquí y el ahora son los vestidos. Hasta no hace tanto, ellas iban a probarse tres, cinco, diez veces, las que fuera necesario para retocar esa falda, ese tajo provocador, ese bretel. Pocas elegían algo de vidriera, no fuera a ser que lo elija fulanita y salgamos con el mismo… ¡Un quemo!

En un par de consultas a modistos/as y asesores de imagen, casi tomando como disparador esta movida, no dudaron en reconocer que 2018 fue un año para el olvido. Y que esas líneas descriptas anteriormente existieron, pero no hubo el frenesí de antes, de hace un par de meses, mejor dicho.

¿Qué cambió?

Bueno acá habría que desarrollar un tratado de economía aplicada a la alta costura, cuestión en la que no caeremos. Lo cierto es que no hay money, efectivo, biyuya, y por más facilidades que se les den a algunos padres, resulta un gasto imposible para un sector importante de la población. No son todos, ni los menos, pero entre porcentuales de más o menos, digamos que incide en cualquier estadística.

Si al vestido de fiesta le agregamos que mamá, papá, la tía, la hermana, la suegra, el primo, la sobrina, etc. etc. quieren participar de ese momento en vivo, apretujados en una mesa en ese patio por donde pasará la joven, y que la mayoría del grupo familiar, quiere algo nuevo o tiene algo usado que no le va, sobre todo papá que dejó la dieta y el saco no le prende. La suma trepa a valores siderales. Más la fiesta y tarjetas, no hay aguinaldo suficiente.

Cuestión que no sé si fue esto, o aquello, lo que despertó esa sensibilidad, pero varias chicas, ¡muchas!… comenzaron a postear fotos con sus vestidos de recepción (de esa noche soñada) para ofrecerlos en préstamo. Y las casas de venta de vestidos, se sumaron, como el caso de La Pata de Kahlo, que compartió en su muro de Instagram los modelos con la breve descripción que dejan las chicas. Y aclaró que la cruzada solidaria le ganó al interés comercial.

Bien por ellas, que van a desempolvar ese recuerdo, porque convengamos que un vestido de fiesta no es práctico para usos posteriores y si además está muy fotografiado… mejor no volver a usarlo.

No queremos caer en el facilismo de decir, prestan algo que ya no les importa, porque sería un reduccionismo arbitrario y casi caprichoso, pero sea lo que fuere, es ponderable. Es mirar al otro y pensar ¡Le puede servir y ya no lo necesito!

Aristas de una argumentación que tal vez, solamente tal vez, sea por el sentido último y más importante de esta recepción: el fin de un ciclo y el comienzo de otro. Donde los jóvenes se atreven a soñar con un futuro, y esos pasos que recorren con la frente en alto, vestidos para la ocasión, son parte de un nuevo y desconocido horizonte.

 

(Por Nicolás Rochi- de la Redacción de Paralelo 32)

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