“No hay derecho a seguir dividiéndonos, necesitamos recrear la fraternidad, porque nuestros hermanos excluidos no pueden esperar”

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Paraná.- En la mañana de este jueves 25 de Mayo, con la presencia de autoridades provinciales y municipales, se realizó el tradicional Tedeum en la Catedral Nuestra Señora del Rosario de Paraná, en conmemoración de la Revolución de Mayo 1810.

El tedeum fue encabezado por el arzobispo de Paraná, monseñor Juan Alberto Puiggari; quien al realizar la homilía se refirió a la situación del país, y reflexionó sobre la necesidad de “superar la pobreza que nos avergüenza, la drogadicción, flagelo para nuestro jóvenes, el femicidio, que nos humilla como sociedad, el abuso que tanto nos duele a todos y especialmente a la Iglesia”, remarcó.

En la homilía, Monseñor Juan Alberto Puiggari expresó:

Nos hemos reunido en este templo para conmemorar aquel primer grito de libertad del Cabildo de Buenos Aires, que llegaría a su madurez con la independencia, en el Congreso de Tucumán en 1816. Nuestros Padres nos enseñaron a rogar y agradecer. Ellos sabían que el futuro de la patria naciente, su unidad, su libertad, su grandeza son, al mismo tiempo, don de Dios y tarea del hombre.

Por eso cultivamos esta tradición, que tiene su origen en los próceres de mayo de 1810, elevando nuestra plegaria por el progreso y la prosperidad de la Nación y agradeciendo a Dios por la Argentina.

Venimos a dar gracias por esta tierra bendita, octava por su extensión, con todos los climas, casi todas sus geografías; con uno de los reservorios de agua dulce más grandes del planeta; con inmensas potencialidades para los más diversos cultivos o la cría de animales; con grandes riquezas de minerales y petrolíferas, con ríos y mares pródigos en reservas ictícola, con montaña y pampa, con lomadas, estepa y desierto, sierra y meseta, bosque y selva que adornan exuberantes, su patrimonio natural.

Venimos a dar gracias por nuestra tierra entrerriana, unida en un abrazo por el río de los pájaros y el hermano del mar: Por su riqueza que florece a cada paso, en cada verde y nos brinda un paisaje de bravura que es pujanza y grandeza que es inmensidad, que se muestra en su ternura de madre quien alimenta sus hijos con el dorado del trigo y se brinda a cada hombre convertido en pan.

Pero, sobre todo, le damos gracias a Dios por nuestro pueblo, con un mestizaje nuevo, con sus criollos e inmigrantes de ayer y de hoy, que sembraron sus vidas en nuestra tierra haciendo de ellas como decía San Juan Pablo II, en su visita a Paraná, un crisol de razas, donde no hay extranjeros, ni nativos sino hermanos unidos por el blanco y celeste del cielo, cruzado por el rojo federal.

Escuchábamos en el Evangelio cómo Jesús llora por Jerusalén, es su Patria… nosotros también sufrimos por nuestra Argentina, hay situaciones muy dolorosas que no pueden sernos indiferentes, no queremos caer en la culpa fácil del otro, sino el compromiso de todos, especialmente de aquellos que tienen en sus manos más posibilidades de encontrar las soluciones, compromiso que también hoy se hace oración, frente al Señor de la Historia, para superar la pobreza que nos avergüenza, la drogadicción, flagelo para nuestro jóvenes, el femicidio, que nos humilla como sociedad, el abuso que tanto nos duele a todos y especialmente a la Iglesia, la corrupción causa de tanta iniquidad, la educación que hipoteca nuestro futuro, la inseguridad y tantos otros problemas que desgarran nuestra alma de argentinos. No hay derecho a seguir dividiéndonos, necesitamos recrear la fraternidad, porque nuestros hermanos excluidos no pueden esperar.

El Señor no se quedó en la actitud pasiva del llanto, sino que reaccionó, amando hasta entregar su vida por Jerusalén y por el mundo.

Así debe ser la actitud del cristiano: superar la parálisis frente al mal, vencer la tentación de la queja inútil, de la protesta por la protesta. Debemos reaccionar como Jesús, amando a la Patria, como exigencia del mandamiento que nos pide honrar al padre y a la madre, porque la patria es el conjunto de bienes que hemos recibido como herencia de nuestros antepasados, es un bien común de todos los ciudadanos, y como tal, también es un gran deber.

Como respuesta al momento, tenemos que cultivar en nosotros el patriotismo, virtud olvidada y callada, que procura cultivar el respeto y amor que debemos a la patria, mediante nuestro trabajo honesto y la contribución personal al bienestar común, que nos lleve a todos sin excepción a preguntarnos qué puedo, y qué debo hacer para cooperar al bien de nuestra querida Argentina. El verdadero patriota busca y propone los medios para poder cambiarlos, pues no es correcto contemplar los problemas sin que hagamos algo, por más pequeños que sean. La indiferencia o el “no te metas”, es un pecado.

Recibimos la patria como un legado maravilloso y una tarea inacabada. Todos somos constructores y responsables de su futuro. No esperemos a ver qué hacen los otros, no miremos con indiferencia lo que no me toca, despertemos de la inmadurez de pretender un estado paternalista. La Argentina es una obra de todos, que se hace con el deber de cada día, hecho con esfuerzo, con honestidad, pensando más en los otros que en el propio interés. Actitud que supone heroísmo para no cansarse, para no claudicar, para comenzar cada mañana, en nuestro lugar, para creer y esperar que con la gracia de Dios otra Argentina sea posible legar a nuestros hijos.

Queremos ser constructores de una argentina más solidaria, más justa, más humana, como lo soñaros los próceres de mayo.

Hoy nos toca trabajar por nuestra patria para superar las dificultades en que se encuentra. Para poder realizar esta noble tarea, todos debemos superar los individualismos, los partidismos y los intereses egoístas e indiferencia, trabajando, decididamente, por el bien común.

En este día, en que se mezcla la preocupación y la esperanza, venimos aquí a implorar al Señor, para que ilumine nuestro camino y fortalezca nuestras vidas. Que dé sabiduría y prudencia a las autoridades, fortaleza a todos los habitantes de esta tierra, especialmente los que más sufren, y compromiso y honestidad a todos los constructores de la sociedad.

Invoquemos la protección de Nuestra Señora de Luján, patrona de la Argentina, para que mire con amor y ternura a nuestra patria que se acoge a su amparo maternal y la conduzca por los caminos del desarrollo, la justicia y la paz. Que así sea.

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