Fueron dos años y medio de arduo trabajo, de entablar lazos y crear vínculos, generar una corriente de confianza mutua. Días compartidos, meses de encuentros, mates, escuchas prolongadas, de conocerse profundamente, de comprender hasta el más mínimo detalle para rescatar la historia: un pasado que se estaba perdiendo. Esa fue la tarea que Inés Arteta desarrolló en la villa, en Barracas, el sur de la capital porteña. De aquella investigación surgió su nuevo libro, La 21-24: una crónica de la religiosidad popular como sustento frente al desamparo, editado por Ediciones Continente.

“Todo comenzó durante un encuentro con Charly Olivero. Él me planteó que había que narrar la historia del barrio para que no se perdiera. Al principio no entendía qué era lo que había que conservar, pero con el correr de los días y las entrevistas me di cuenta: esta villa, la más grande de la ciudad y considerada extremadamente peligrosa, tiene en su entramado un especial ánimo de lucha gracias a la religiosidad popular”, cuenta Arteta.

Tiempo atrás, el hoy famoso Padre Pepe había hecho traer a la 21-24 a la Virgen de Caacupé, de la que la mayoría de la población era devota. “Cuando llegó, Jorge Bergoglio, todavía no era Papa, celebró una misa en la Catedral para festejar su presencia. Fue otro 17 de octubre: todos aprendieron de la organización en comunidad de los pobres”, cuenta Arteta.

“Este trabajo busca despegarse del registro referencial, ser más audaz y enfocarse en el suceso: la religiosidad popular como fuerza otorgadora de sentido de vida frente a la desesperanza de la pobreza, que aporta identidad, unión y solidaridad. El eje de la historia es considerar a la población villera como inmigrantes que dejan sus zonas de origen para salir de la indigencia y llegan a una ciudad que los rechaza, culpándolos de su miseria”, explica la autora.

Arteta, en su labor como cronista, pretende filtrar indignación frente al hecho de que los inmigrantes, si bien son requeridos como mano de obra barata, han sido y son repelidos por la población blanca de la ciudad, también inmigrantes en otras épocas. “Los únicos que entienden lo que necesitamos son los curas villeros: son revolucionarios”, le decían los entrevistados.

Con una historia de compromiso social (dio clases en el penal de Florencio Varela, por ejemplo), Arteta contacta en esta oportunidad con una nueva manera de ver las cosas con sencillez, algo fácil de decir, pero más complejo cuando hay que vivirlo. “Incluso, cuando empecé venía cargada de prejuicios sobre la tarea de la Iglesia Católica en un lugar con tantas necesidades, la pensaba como el opio de los pueblos, pero encontré todo lo contrario. Desde cómo trabajan con los jóvenes adictos hasta la contención que dan a las familias. Los habitantes de la villa viven mucha estigmatización, desde el nombre del barrio 21-24, que fue puesto por la última dictadura”, describe. “Por eso, la fe es su base de lucha, sus sustento de la vida cotidiana”, concluye.

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