Especial para P-32 – Por: Fernando Carnevalle (*)

Veía un documental hace un tiempo sobre la base de la fuerza área de EEUU, y mostraban un lugar donde depositaban misiles con cabezas nucleares. Estaban guardados en silos subterráneos escondidos en el subsuelo de granjas, camuflados. Cada uno de estos misiles puede viajar 9.600 km, y es lanzado por un poderoso equipo que lo dirige a través de un sistema interno de dirección y que evita que se desvíe; si no, imagínense, semejante poder de destrucción sin una dirección.

Cuando miraba esto, pensé en ese momento en los jóvenes, adolescentes, nuestros hijos en este tiempo.

Ellos son como misiles poderosos y reciben en este tiempo una gran cantidad de información y estímulos a una edad mucho menor que en nuestros tiempos; pero a muchos les hace falta, de una forma alarmante, un sistema de dirección interno.

Tienen cuerpo y mente desarrollados por los estímulos que reciben, pero muchas veces tienen un corazón no desarrollado y sin un fuerte sistema de dirección, un hijo puede tener todo el potencial de un misil, pero puede desviarse y autodestruirse o destruir a otros.

Nuestros hijos necesitan dirección, y llega un momento de su vidas que ya no reaccionan a las órdenes sino que reaccionan al modelo. Es decir, en un tiempo de sus vidas, como padre, doy dirección hablando, pero llega un punto, de la pre-adolescencia en adelante, que doy dirección mostrando, porque no puedo transmitir algo que no vivo, no puedo conducirlos por un camino que yo no transité, no puedo dar lo que no tengo.

La sociedad presenta modelos, y cuando nosotros vemos los modelos automáticamente vemos las familias detrás de cada padre. Muchas veces el padre va definiendo en el tiempo la familia, y al pasar los años la familia define, ante la vista de todos, la labor que hizo el padre.

La pregunta sería: ¿Qué familia estamos definiendo como padres?, ¿Qué modelo estamos trasladando?

Lamentablemente miramos a nuestros jóvenes y vemos el reflejo de un modelo que se viene trasladando desde hace tiempo. Como padres, nos hemos ocupado más en proveer que en formar, hemos apostado a suplir necesidades materiales, pero nos olvidamos del corazón.

¿Será tarde para un nuevo comienzo? Creo que siempre tenemos oportunidades para cambiar de dirección, hay una palabra que utilizamos mucho en distintos ámbitos y es la palabra arrepentimiento, esta significa “cambiar el rumbo”, dejar el camino por el que veníamos y tomar otra dirección.

Estoy convencido de que nunca es tarde para el arrepentimiento y que hoy, con decisiones firmes, podemos comenzar a invertir en una generación que viva los valores, que impacte con sus vidas la sociedad y que sus proyectos futuros trasformen el ambiente en que viven.

Qué les parece si en vez de poner cargas pesadas en nuestros hijos lanzándolos a la deriva, haciéndolos responsables de su camino, que por supuesto en un tiempo va a ser así, los acompañamos en el trayecto, no solo pensando en la meta sino disfrutando juntos el camino; entendiendo sus tiempos porque los nuestros son diferentes, y ellos son distintos, las cosas no son muchas veces como nosotros decimos que tienen que ser, sino que debemos entender sus temperamentos, como fueron formados por el creador. “Ellos no son nosotros” y para eso hace falta tiempo, muchas veces decimos: ¡no tenemos tiempo! pero a la falta de tiempo se la contrarresta con calidad, tiempo de calidad, porque a veces hay mucho tiempo pero en cosas que no llevan a nada.

Debemos trabajar en sus corazones, mostrándoles una forma de vida diferente. Llenemos sus mochilas de herramientas para que cuando tengan que caminar solos, y empezar a ser los constructores de su futuro familiar, profesional, laboral, puedan sacar de ellas todo lo que hemos puesto.

No perdamos de vista, por la vorágine diaria, por eso de nunca poder parar y reflexionar solos y junto a ellos, que estamos formando hombres y mujeres, esposos y esposas, que el día de mañana tomarán el modelo y lo trasladarán a sus hogares, si Dios lo permite.

Estamos a tiempo, de modelar un modelo de vida que ellos puedan tomar y trasladar a su futuro, un modelo de vida no basado en cosas temporales sino en valores eternos que se trasladan de generación en generación.

Los padres debemos estar dispuestos a pagar el precio. Estamos a tiempo de modelar el modelo.

 

(*) Conferencista en Liderazgo. Radicado en Crespo desde el 2016, junto a su esposa Viviana tienen tres hijas, Aylen (ya casada), Eliana, y Camila.

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