Desde 2010 la moda de los mini shorts acampa mínimamente sobre la ropa interior de las mujeres. Ellas, sabedoras de que su cuerpo es visitado -no siempre con buenas intenciones-, por los ojos ajenos, disfrutan siendo el blanco de las miradas callejeras. De croché o de cuero, de microfibra o encaje, o simples vaqueros, desgastados, rotos, descoloridos o deshilachados, cuya filosofía enmascarada es aparentar pobreza y desaliño, avasallan al transeúnte que no quiere tomar parte en este exhibicionismo gratuito ofrecido por féminas que salen de casa para dar guerra en las conciencias ajenas, y a veces con un resultado patéticamente antiestético.

Porque la guerra de sexos nunca queda al margen de la moda. Si la provocación anatómica se usa para camelar al empleador, o para conseguir favores de cualquier tipo con desventaja hacia los candidatos masculinos, la vestimenta deja de ser un medio para convertirse en fin, y la prostitución de su uso es patente.

La moda debería estar al servicio de la mujer y no al revés, realzando su armonía a la vez que cubre de la curiosidad ajena las partes más vulnerables, que por ser objeto codiciado del varón deberían quedar no expuestas al abuso visual.

La elegancia de hace décadas, imbuida de modestia, ha pasado de moda. Hoy, la moda, tantas veces desequilibrada, extravagante o desfavorecedora, ha impuesto su dictamen a sus usuarias, la moda ha cambiado a la mujer y la mujer a la moda. Sus creadores saben que liberando sexualmente a la mujer hacen de ella un objeto, la controlan a ella y con ella al varón.

Sólo la mujer que sabe que tiene un alma que salvar no es piedra de tropiezo para sus semejantes. “El que mira a una mujer deseándola ya adulteró con ella en su corazón”. Lo dijo el Hijo de Dios cuando la mujer iba tapada de pies a cabeza. ¿Qué diría ahora, cuando la parte que se expone es mayor que la que se cubre?

 

Por María Ferraz
Barcelona

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