Victoria.- Ludmila Arredondo comenzó a correr luego de que su profesora viera en ella aptitudes para el deporte. La joven de 14 años que padece de catarata congénita bilateral, es una múltiple atleta que se destaca en lanzamiento de bala, salto en largo y atletismo. Ante los desafíos deportivos, nunca se detuvo, pero supo pasar por momentos de miedo y frustración que la llevaron a dudar sobre su continuidad en las disciplinas que realizaba, pero en esos momentos de incertidumbre, su madre, Elvira Carrizo, fue el pilar que la sostuvo y alentó.

La enfermedad hace que Ludmila vea muy poco del ojo derecho y sólo luces con el izquierdo. Sin embargo, nunca sintió esta discapacidad visual como un impedimento para vivir y desarrollarse. Tal es así que en los juegos Evita del 2016, consiguió dos medallas de bronce en disciplinas adaptadas.

Nos encontramos con Ludmila y Elvira en la Plaza San Martín pasada apenas las nueve de la mañana. Mientras caminamos hacia un bar para charlar mejor, la madre dice: “Nunca fui apoyada por mi familia, pero recibí ayuda de mucha gente, sobre todo de la concejal Anahí Español”.

Elvira es una mujer de baja estatura pero visiblemente fuerte, al punto de parecer inconmovible. Luego explicará que esa coraza que le muestra al mundo es porque tiene que estar fuerte por su hija. La vida la ha curtido, pero sus ojos brillan al hablar de su primogénita.

Ludmila, por su parte, es una adolescente tímida y con una voz templada y suave. Sus movimientos son comedidos, pero poco a poco entra en confianza. Al ingresar al bar pedimos unos cafés y notamos que un perro nos seguía, Ludmila se sonríe. Su vínculo con estos fieles animales se forjó desde temprano, pues ella aprendió a caminar junto a Lobo, su primer perro. Colgado al lomo del animal, antes de llegar al año, ensayó sus primeros pasos. Hoy en día, Ludmila utiliza un método muy similar para entrenar, pues debe “atarse” a alguien para no tropezar o tomar un camino equivocado.

—¿Qué sentís cuando corrés?

—Libertad. No corro casi nunca porque si lo hago me choco todo. A veces corro junto a mi hermana, voy con una piola atada a su mano. No me canso rápido, la gente que corre conmigo se fatiga antes.

A Ludmila le gustaría entrenar más seguido, pero todavía no encuentra a alguien con quien correr. Lo anterior sirve como detonante para que nos cuente una realidad que le ha tocado vivir con angustia. “En Victoria hay mucha ignorancia sobre la gente discapacitada. Por ejemplo, en las escuelas se te burlan. A mí me pasa mucho. Mis compañeros se han burlado de mí. Me daban ganas de llorar”, dice.

Incluso, Elvira ha sido testigo de estas situaciones y cuenta que ha presenciado cómo dos chicos miraban a Ludmila y se reían de ella. “En esa ocasión le dije a mi hija que los ignore, que no valían la pena. Yo no les dije nada porque no me gustaría perder el control delante de ella”, recuerda la madre.

Cuando Ludmila nació, Elvira notó algo extraño en los ojos de sus hija. Otro hecho que llamó la atención de la madre es que la bebé miraba hacia la luz y no quitaba la vista. A partir de esto, le comentó su inquietud al médico pediatra, quien, según Elvira, no dio importancia al asunto.

Si Ludmila hubiera sido atendida en aquellos momentos, quizá ya habría recuperado mayor parte de la visión, por lo menos eso es lo que dicen los médicos. El tiempo pasó y la catarata congénita bilateral fue agravándose.

Así las cosas, Elvira reconoce la tarea de la actual concejal vecinalista Anahí Español, que en ese momento trabajaba en el COPNAF. Además de la ayuda y el interés de Español, Ludmila contó con el apoyo del Centro de Ojos de Paraná y el compromiso de la defensora Natalia Smaldone.

Una vez que comenzaron a realizarse los trámites para que Ludmila sea atendida y operada, sucedieron varios contratiempos. De por sí ya estaban librando una batalla a contra-reloj a causa de que cuando era niña no fue atendida correctamente.

En ese eterno y burocrático trajinar en el que se vieron involucradas madres e hija, se enteran que Ludmila era beneficiaria de Pami, ya que su padre, del cual la joven dice nunca haber recibido apoyo, contaba con esa obra social.

Primero fueron a la clínica Santa Lucía, pero cuando todo parecía marchar correctamente, se cortaron los servicios de Pami. La misma historia sucedió con el Instituto Oftalmológico Castroviejo, de Paraná. En este marco Elvira dice: “No sabíamos qué hacer. Cuando teníamos todos los papeles hechos, se nos desmoronaba todo, caía a pique. Si me decían: «Vamos a La Quiaca» a La Quiaca nos íbamos con tal de que ella vea y esté bien”.

Cuando la madre de Ludmila rememora esto, su voz se quiebra y muestra la vulnerabilidad y el desasosiego que padeció en aquel momento. “Incluso llegué a pensar que se me podía quedar en la operación. No dormía, me despertaba y caminaba, y temía que nunca la operen o que la operación salga mal. Miles de cosas pasaban por mi cabeza, pero me dije que tenía que ser fuerte y seguir adelante luchando para ella”, cuenta entre lágrimas. Quizá fue en ese momento en que Elvira terminó de forjar el blindaje con el que hoy enfrenta la vida.

Finalmente, las cosas empezaron a darse en favor de las dos, y en el Centro de Ojos de Paraná las recibieron con gran interés. Allí Ludmila se operó y mejoró su visión del ojo derecho. “En este ojo la operación duró apenas quince minutos, pero en el izquierdo se prolongó por más de una hora” comentó.

El paso siguiente será acceder a lentes especiales y esperar la evolución para terminar de saber cómo resultó la operación en el ojo izquierdo. No obstante los resultados, Ludmila muestra muchas ganas de seguir adelante y enfrentar cada reto junto a sus hermanos y madre. También cuenta con aquella familia que no es de sangre, pero que la acompaña en el viaje siempre que lo necesita.

Cuando le preguntamos a Elvira qué piensa de su hija, su contestación fue breve, pero con las palabras justas que todo hijo quiere escuchar de su progenitora: “Estoy muy orgullosa de ella”.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here