GOL02. GOLZOW (ALEMANIA), 05/06/08.- Vista general de un campo seco y agrietado en Golzow, Alemania, el 5 de junio de 2008. La zona este del estado federal de Brandenburgo padece una sequía por la ausencia de lluvias en tres semanas y las temperaturas altas. EFE/Patrick Pleul

Aquel viejo chiste sobre la sequía donde el humorista hablaba de tajamares, lagunas y arroyos donde se entraba a cazar pescados a garrotazos porque andaban por el fondo seco levantando polvadera (sí, para los puristas del idioma levantaban polvareda, pero ya no se usa en el lenguaje oral), se está volviendo realidad por estos días en nuestra zona.

Con la tierra reseca y las napas que han descendido a los abismos, ya hay cultivos que están perdiendo la oportunidad de rendir bien y otros que se perdieron por completo, con la desesperación de no haber pronósticos de lluvia en el horizonte cercano.

Los pozos de menor profundidad, en el campo, se están secando y las aguadas naturales ya se secaron hace semanas, también los tanques australianos. Pueden dar fe de ello los fumigadores, que cargan agua en la ciudad o en la villa para poder trabajar en el combate de plagas, donde deben pagar lo que antes era gratis.

Una vez más el productor agropecuario enfrenta un posible fracaso, que es doble, con sequía que se llevó el maíz, el sorgo y las pasturas, y una soja (en florecimiento o próxima a florecer) en alrededor de 280 dólares en el puerto de Rosario.

Basta recordar que cuando el campo se alzó con rabia por las altas retenciones, la soja oscilaba entre los 600 a 1.000 dólares (pico excepcional). Esas retenciones están vigentes pero ahora pesan sobre una soja de 270/280 dólares. El presidente Macri las redujo en un 5% y provocó la reacción de los que no entienden estas realidades, o quizás no quieren entender porque se les terminarían los argumentos de militancia.

En 2016 se pudrió la soja en planta porque llovió durante un mes completo, justo el mes de trilla. Pocos años antes una sequía arrasó con todo. Son contingencias que pocos tienen en cuenta a la hora de contarles las costillas a los productores.

Una cosecha fracasada también se hace sentir muy duramente en la ciudad, sobre todo en nuestros pueblos chicos. Roguemos al señor de las lluvias y los vientos que se salve lo que todavía se puede salvar en el campo.

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