Los años sin realización también hablan

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En 52 años se realizaron 26 fiestas nacionales de la Avicultura. Muy recientemente se resolvió hacerla año por medio, pero los baches anteriores en el calendario responden a otras razones. Se pueden explicar con un razonamiento lógico que en estos nuevos tiempos está muy claro aún para la familia o la pareja que planea una fiesta de casamiento. Ahora se estila cobrar tarjeta para estos acontecimientos, por lo general muy costosa para los adquirentes, pero aún así es insuficiente, los gastos superan los ingresos.

A esta realidad hay que sumarle –para el caso de las fiestas populares- las eventuales lluvias que hacen fracasar la noche y a los artistas se les debe pagar igual, que además acobardan a los expositores. En el caso que nos ocupa se vivieron tormentas destructivas que también desalentaron a los organizadores.

En algunos años de tremendas crisis para la avicultura, los productores se volvían en contra de esta celebración argumentando que es una contradicción estar semi fundidos y ofrecer una fiesta que trasmitiría la idea de bienestar. Y fracasaba el intento.

Como se verá, las 25 oportunidades en que no se realizó la Fiesta Nacional, hablan por sí mismas.

Para una buena Fiesta de la Avicultura se les cobraba a los expositores pero también se les debía prestar servicios costosos. El otro ingreso provenía de las entradas a un valor siempre insuficiente para cubrir los gastos y generalmente considerado muy alto por un público influido por la cultura de la gratuidad.

Es una regla de tres simple. Si la entrada es popular, es inclusiva pero deja unos déficits que les quitan el sueño a los organizadores (una comisión de buena voluntad); en cambio si es cara, es excluyente y quizás cubra los gastos aunque le falte el calor de las multitudes.

Todo lo bueno, lo espectacular, para ser barato o gratuito debe ser subsidiado.

En las comisiones siempre trabajan pocas personas, restándole tiempo a lo suyo; probablemente nunca lleguen a ser el 0,01 por ciento de los que critican desde la comodidad del no compromiso.

Por supuesto, cuando se trata de fiestas nacionales o provinciales casi siempre hay colaboración del gobierno provincial de turno o de la Municipalidad. Nótese que hemos dicho ‘casi’. Quienes pertenecemos a la organización desde tiempos inmemoriales hemos visto y vivido de todo, también la orfandad del Estado. Por eso se consolida la convicción de que en un acontecimiento de estas características, que es a Crespo lo que la fiesta de la Vendimia es a Mendoza, los riesgos deben ser asumidos por el gobierno municipal, como sucede en este 2016 y lo fue también en 2014, y en el trabajo deberíamos participar todos, cada uno a su modo y desde su lugar.

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