** ¿Quién no escuchó alguna vez esta sentencia?: “Este país está como está porque nunca pasó por una guerra”. La frase estuvo de moda durante un largo tiempo entre los filósofos de café sin medialunas, esos que necesitan una definición corta y fuerte para explicar algo que los haga parecer profundos; esos que lo dicen con voz grave y como mirando a la distancia fingen conocimiento, o quizás lo expresan con énfasis y mirando a la cara como para que nadie se atreva a contradecirlos. Una frase que no deje posibilidad de otro extremo más extremo… y que además les evite el duro trabajo de pensar y bucear en análisis más complejos.

** La sentencia “este país está como está porque nunca pasó por una guerra”, digamos que fue, en su momento, la variante igualmente desafortunada de: “lo que pasa es que en este país nadie quiere laburar”. Por alguna asociación mental que no se explicar, siempre me sonó muy cercana a otra frase con la que mi padre ponía fin nuestros reclamos domésticos: “ustedes se quejan de llenos”.

** Entre paréntesis: ya tuvimos dos guerras, la de la Triple Alianza y la del Atlántico Sur. Esta última transcurrió fuera del territorio continental mientras mirábamos los partidos de nuestra Selección en un Mundial de Fútbol y ninguna alarma de bombardeo nos hacía correr en pijama hacia los refugios, ni ponía en riesgo nuestros bienes. Ninguna impulsó el avance de nuestras ciencias ni cosa parecida; solo dejaron neurosis de guerra, angustia, dolor e injusto olvido.

Se quejan de llenos                

** Quizás quienes repetían aquella letanía sobre la necesidad de una guerra que nunca hemos padecido (porque los pueblos las padecen, aunque triunfen en el campo de batalla) creían que una guerra destructora nos convertiría por efecto Ave Fénix en una poderosa Alemania industrial. Que si pasáramos por demolición y llanto saldríamos todos unidos e iguales como hormigas a las que les patearon el hormiguero, a reconstruirlo con abnegación y sacrificio, trabajando a destajo. Creo que esa era la idea.

** “El país resurgirá de sus cenizas como el Gato Félix”, vaticinó alguien a comienzo de este siglo. Unos atribuyen ese furcio al intelectual Hugo Moyano y otros a Aurelio Martínez, ex intendente de Santa Fe. Si bien fue la primera vez que el Ave Fénix fue confundida con el Gato Félix, no fue la primera que alguien declaró al país en ruinas y se comprometió a reconstruirlo. Esto hace suponer que si bien no hemos tenido guerras, destrucciones virtuales sí hemos tenido, y ni te cuento de destrucciones verbales, puro bla bla político, demagógico y peyorativo, que al final no eran irremediables en el corto plazo.

El narigón que lo intentó        

** Y aquí va el correspondiente e ‘pero’ de nuestra argentinidad: Si alguien cree que para convertirnos en un poderoso país industrial nos faltó una guerra como las europeas, ¿que tal si mejor probábamos dejándolo en el gobierno al Dr. Arturo Frondizi (1958/62), presidente que logró el autoabastecimiento de hidrocarburos y exportó combustible por primera vez en la historia. Aquel presidente incrementó el número de escuelas técnicas; creó la Universidad Tecnológica; fomentó la industria nacional, sobre todo automotriz y aeronáutica, con un crecimiento asombroso y un plan bien claro de desarrollo industrial.

** Como también abrió las puertas a las multinacionales, que vinieron a invertir generando empleo (impuestos no, porque éstos no pagan un mango), los militantes pro helicóptero y los sindicatos que propiciaban el regreso de Perón le hicieron la vida difícil culpándolo de liberal (como si serlo conllevara alguna culpa). Y como recibió en Casa de Gobierno al Che Guevara, los milicos lo culparon de comunista (como si serlo conllevara alguna culpa) y le hicieron 37 planteos a lo largo de su gestión.

** Finalmente, como los milicos eran más fuertes que los opositores políticos que ponían todo su empeño en hacerle terminar antes su mandato a Frondizi, lo derrocó una junta de dictadores (serlo conlleva una culpa por la que nadie se disculpa).

** Desde entonces se fueron alternando gobiernos cortoplacistas; los dilapidadores y los ajustadores, en turnos más largos o más cortos. El que orinaba los azulejos, el piso, los espejos, y el que se orinaba encima por temor a ensuciar. Se fueron turnando porque el gran pueblo argentino salud –que siempre está- va cambiando de pareceres, ya sea porque se aviva o porque se harta; eso no está muy claro.

** “Este país está como está porque nunca sufrió una guerra”, sentenciaban los simplificadores. Conjugamos en pasado porque hace mucho que no escuchamos decirlo, quizás quienes lo repetían como loros ya están suficientemente grandes o viejos como para entender que con sentido común también se crece y se organiza, y hablando un mismo idioma se puede seguir edificando la torre hacia las alturas.

**  Una guerra devastadora, Dios no la permita aquí ni en el resto del planeta, termina con las discusiones estúpidas y las fidelidades ilusas y crea necesidades de subsistencia tan fuertes que todos, chicos, grandes, minusválidos y robustos, sin distinción de sexos, se enfocan en reconstruir, limpiar, separar, ordenar, reordenar sus propios valores, y limita sus derechos para compatibilizarlos con el de al lado.

** Mejor que una guerra devastadora… una Cuaresma entregada a la profunda reflexión, porque por ese camino también se alcanzan las cimas de las cumbres más altas.

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