Victoria.- A los tres mil metros de altura el guía preguntó quién quería descender. Entonces, una mujer de más de cincuenta años entendió que ya era suficiente y que, por más que lo anhelara, su cuerpo le impedía continuar con el ascenso. De esa manera, el grupo de diez aficionados y tres guías, se redujo a uno de nueve y dos.

Lo cierto es que a la victoriense Débora Viden Otegui tampoco le faltaban ganas de decir que ya había encontrado su límite, pero en ningún momento se cuestionó cesar. “Voy a llegar a la cima del volcán Lanin sea como sea”, se repetía como un mantra tozudo y criollo.

“Pasa que los tres mil metros es el punto crítico”, recuerda ahora la quinesióloga, sentada cómodamente en su consultorio. El Lanín es un volcán cónico de gran altura ubicado al sur de nuestro país y Chile. Su altura es de tres mil setecientos setenta y seis metros sobre el nivel del mar y conquistarlo representa un desafío para todo tipo de aventureros.

Hace un tiempo ya, Débora había decidido, junto a una amiga, hacer el cruce a caballo de los Andes. Ahora, en cambio, eligió llevar al extremo la situación y, junto a su prima, hacer cumbre en un volcán en dos días. Pero ¿qué la movilizó a hacerlo?

“Busco descansar y busco desafíos”, se justifica ante la pregunta y, rápidamente, pensamos: “Vaya manera de descansar…”. Sin embargo, elegimos no interrumpir y la seguimos escuchando: “En este caso, realicé el ascenso al volcán Lanín porque, reconozco, soy un poco extremista y busco picos altos. Además, está cerca de Junín de los Andes y cuando uno va llegando ya ve el pico, imponente”.

El grupo continuó su marcha, después de todo sólo faltaban poco más de setecientos metros. Alguien toma un pedazo de hielo y se hidrata. Cada uno va a su paso, pero se mantiene un ritmo de grupo custodiado celosamente por la mirada de los guías. Débora está al límite de lo que su cuerpo puede dar, pero algo, no el impulso, pues en una subida tan empinada y a más de tres mil metros no hay impulso que valga, la hace seguir. Quizá si se hubiera preparado mejor físicamente, o hubiera practicado más las subidas con la mochila y once kilos a la espalda… Pero ahora de nada sirve lamentarse, eso no la ayudará en esta aventura no menos psicológica que física.

“En esta aventura es fundamental la concentración”, sostiene la quinesióloga hablando en presente. “Cualquier paso en falso puede ser trágico”, prosigue con severidad. Entonces, de nuevo la narración fervorosa nos aleja de las comodidades del consultorio y nos sitúa en el Lanín. El volcán es el hielo y es el viento, un coloso gélido que sopla y sopla, inexpugnable. Aunque eso está por verse, porque Débora, se prometió, lo escalará a toda costa.

Los crampones chasquean contra el suelo y ése es el sonido, junto al silbido del viento, que se mantiene en la marcha, pues nadie habla. Todos saben que hablar representa un gasto energético innecesario y, además, está eso de la concentración y la amenaza de los pasos en falso trágicos.

“Ya a los tres mil metros mi cuerpo dijo basta, porque no solamente mi cuerpo hacía fuerza para escalar, sino que también llevaba el peso de la mochila y el centro de gravedad cambia”, rememora. “Nunca pensé que el volcán era tan empinado, pensé que habían caminos o senderos internos, pero no. Si no fuera por los crampones…”, Débora deja en suspenso la frase.

Sobrepasar las nubes

La victorense realizó la travesía entre el 14 y el 15 de enero; el primer día llegaron a un refugio y descansaron; el segundo, por fin logró su meta. Una vez llegaron a la cima, notó que habían sobrepasado las nubes y se dejó ganar por el paisaje. “Cuando hicimos cumbre vi que las nubes estaban por debajo. También, superamos el vuelo de los cóndores y contemplamos los cerros y los lagos. Fue hermoso”, enfatiza.

Llegados a este punto, el heterogéneo grupo formado por personas de entre 16 a 53 años, tiene que descender. No hay tiempo para descansar, pues los protocolos indican que la travesía tiene que realizarse en dos días.

El descenso también tiene lo suyo, pues Débora debe comedir sus pasos en el camino escarpado para no resbalar en una huella de algún compañero. En determinado momento, los guías deciden ganar tiempo y les brindan a los aventureros elementos para bajar más rápido y deslizarse con el localmente conocido “culipatín”. Esto retrotrae a la victoriense a su adolescencia en la ciudad de las siete colinas.

“No me arrepiento, pero no lo volvería a hacer”, admite Débora entre risas. Ocurre que este viaje la llevó al límite de su fortaleza física sumado al riesgo perpetuo del paso en falso. Pero todo el esfuerzo de la quinesióloga se tradujo en conquistar una mole fría e indómita, poner a prueba sus sentidos y su mente, y vencer las ganas de renunciar. Además de un viaje en el espacio, la aventura la retrotrajo, también, en el tiempo. Y se llevó una lección de vida: “Los guías, que eran muy profesionales y se movían como pez en el agua, nos aconsejaban siempre que no estemos ansiosos, que no pensemos en la sima, sino que disfrutemos (si se puede disfrutar, ja, ja) del viaje”. Sin dudas Débora continuará aplicando ese consejo para alcanzar otras simas en su vida.

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