Victoria.- En el mes de julio se homenajeó a la doctora Marta Valencia, quien fue directora del hospital durante dos gestiones: en el período de 1988 y luego en el de 1992. De esta manera, se denominó con su nombre a la sala de Neonatología. A la ceremonia asistieron amigos, familiares y personal del hospital que conmovidos y atentos formaron parte del homenaje. Ésta fue una iniciativa de la pediatra Nelly Amilibia.

“Quiero iniciar este merecido homenaje a la doctora Marta Valencia recordando algunas cuestiones que todos sabemos. Indudablemente esta ceremonia trasciende el homenaje institucional que es lo que nosotros pretendíamos. La idea fue de Nelly Amilibia y la dirección apoyó esto junto a la cooperadora. Este homenaje se debe a la trayectoria y a todo lo que dejó Marta acá en el hospital”, comenzó Edgardo García, el director del hospital. A su vez, añadió: “Quiero recordar que no sólo fue la jefa del servicio de pediatría, sino que también fue la primera directora mujer que tuvo el hospital Fermín Salaberry”.

“En la época que ella dirigió el hospital cambió totalmente lo que es la sala actual de pediatría. Creo que Marta se lo merece y que la convocatoria tuvo un efecto multiplicador en todos”, concluyó García.

Por su parte, Marta Eguiazú, quien fue administrado del hospital en su momento y ahora forma parte de la cooperadora, también brindó unas palabras. “Gracias a Dios, este merecido homenaje lo estamos consiguiendo mirándonos a la cara. Y creo lealmente que lo poco que pueda expresar seguramente coincide con lo que desean transmitir cada una de las personas que tuvimos el orgullo de trabajar a la par y pudimos comprobar su entera dedicación, su entrega por completo, pero por sobre todas las cosas, su gran sensibilidad hacia los seres humanos que concurrían al nosocomio con una diversidad de problemas no solamente físicos, sino también psicológicos, sociales y económicos”, expresó.

“Innumerables fueron las obras, solamente voy a nombrar algunas. El actual lavadero estaba en un tremendo sótano insalubre, una obra, en ese momento, monumental. También el laboratorio que funcionaba en el sótano fue llevado en su momento con lo mejor que se pudo hacer y con lo mejor que había. El cerramiento de todos los pasillos, desde el ingreso del hospital hasta clínica médica y de farmacia hasta las oficinas de compra y arancelamiento que hoy funcionan. El cambio de cientos de pisos. Pero por sobre todas las cosas: la sala de pediatría. La sala de pediatría quedó en ese momento bellísima, esto tuvo la característica final de la mirada de una mujer”, narró Eguiazú.

Luego, Nelly Amilibia refirió: “Designar un sitio, mencionarlo, es distinguirlo de otro, señalarlo a través de quien realizó acciones que benefician a una comunidad. A partir de ello, nos hacemos una opinión o una idea al nombrarlo”. Asimismo, sumó: “Hoy, 20 de julio, venimos a poner un nombre a nuestra Neonatología, el lugar que acuna a los más pequeños. Venimos a poner el nombre de una mujer, una luchadora, hacerdora, médica de niños que fue directora en dos oportunidades de nuestro querido hospital, jefa de servicio de pediatría, querida y reconocida por su compromiso hacia quienes padecen los dolores y angustias de tener un hijo enfermo”.

Finalmente, las últimas palabras del homenaje las tuvo Marta Valencia. “Cuando asumí la dirección del hospital no tenía experiencia en dirigir una institución grande como esta. Tenía cero experiencia. Me acuerdo que me hicieron un reportaje y yo dije: «No sé, voy a arreglar la cocina»”, bromeó.
“Quiero agradecer al personal del hospital, porque cuando comenzamos me dio un apoyo tan grande en reformar la cara del hospital, hacerlo más humano, cambiar el color de las paredes que eran grises. La gente de artes visuales nos pintó las cortinas y eran hechas con un material de lienzo, el más barato que había”, prosiguió. En este sentido, describió el arduo y mancomunado trabajo para lograr ambientes más cálidos para los pacientes.

“Yo siempre les digo a los médicos nuevos que tienen que venir al hospital porque es como una obligación. La mayoría de los profesionales venimos de una universidad pública, que es gratuita en nuestro país como en ningún lugar del mundo. Tenemos que devolver un poco ese privilegio que tenemos de estudiar gratuitamente, y dar servicios en un lugar público”, opinó.

Seguidamente, añadió: “Los chicos y los grandes que se atienden en el hospital tienen que tener los mismos derechos que los que se atienden en el privado”.

Una curiosa historia

Por último, eligió una anécdota para contar. “La historia de la sala de neonatología nació porque recibí un chico, el hijo de un periodista, que sufrió una dificultad respiratoria y hubo que llevarlo a Paraná porque no había neo. El padre me dice: «¿Cómo puede ser que no haya neo en Victoria?». Cuando volvía en la ambulancia pensaba: «Voy a trabajar para hacer una sala de neo en el hospital». Al otro día empezamos a trabajar para hacerla”, dijo.

Pero la historia no terminó allí, pues, todavía inmersa en el recuerdo, continuó: “Habíamos empezado la sala y no teníamos más plata. Faltaba hacer todo lo que era la instalación de oxígeno y demás. Entonces, mi hermano me dijo que tenía un casamiento esa noche donde iba a estar el secretario privado de la Presidencia de la Nación de ese momento. «¡Domingo, decile que vaya al hospital, por favor!», le dije a mi hermano. Al otro día, a las doce en punto estaba en el hospital. Le mostré la sala de neo, que estaba en construcción, y me dijo que si yo fuera ministro de economía sería bárbara por todo lo que había hecho con tan poca plata. Cuando me preguntó qué me faltaba le contesté que diez mil dólares para terminarla. El martes me dijo que lo llamara para ver qué podía hacer. Cuando lo llamé, me dijo que pase al día siguiente a buscar los diez mil dólares. Al otro día me subí al colectivo, lo esperé cinco horas en su despacho y cuando me recibió (yo pensé que me iba a dar un cheque) me dio un fajo de plata, lo puse en mi cartera y ni siquiera lo conté. Me fui a la terminal de Retiro con los diez mil dólares en la cartera, los quería contar en el colectivo, pero todos se levantaban para ir al baño. Por fin los conté cuando llegué a casa, a las once y media de la noche, con mi madre y sí, había diez mil dólares”.

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