A fines del siglo XIX las colonias alemanas a orillas del Volga estaban florecientes. Sin embargo, diferentes motivos los impulsaron a abandonarlas. La situación política de Rusia, el régimen de reparto de la tierra y el avance del idioma y de la religión del país hicieron que la mayoría de los colonos se decidiera a emigrar.

Las noticias que llegaban de América, donde los gobiernos se interesaban en recibir agricultores para sus tierras, los decidió a venir. La Argentina estaba en plena expansión.

Unas cuatrocientas familias que arribaron en 1878 fueron las más beneficiadas, ya que el entonces presidente Nicolás Avellaneda les vendió veinte mil hectáreas al precio de un peso con cincuenta, para ser pagados después de tres años. En 1878 se entregaron concesiones a unos novecientos ruso-alemanes.

Siguiendo con su tradición, los inmigrantes se agruparon conforme a su religión y pueblo de origen. Las fértiles tierras del departamento de Diamante les permitieron obtener buenas cosechas de cereales, por lo que pudieron pagar en el plazo de diez años las tierras y los préstamos del gobierno, así como les permitió construir viviendas, útiles de labranza, la iglesia y la escuela.

El nacimiento de la aldea

El 18 de enero de 1878 quedó concluida la mensura del predio que el gobierno nacional ofreció para la conformación de la Colonia General Alvear.

Los colonos deseaban residir integrados en aldeas, eligiendo ubicarse cerca de sus parientes y amigos. Esto no hizo más que demorar la entrega de las chacras, dado que los funcionarios de la época imponían que levantasen sus hogares en cada terreno asignado. Pero, finalmente, se agruparon como en la Rusia natal.

Así, entonces, se le dio la bienvenida a cinco comunidades conformadas por católicos y una restante habitada por colonos evangélicos.

Para comienzos de la década de 1880, la Colonia Alvear ya contaba con unos 2.000 habitantes. Las aldeas de la Colonia Alvear dieron nacimiento a las demás aldeas que se afincaron en el resto de la provincia. Tal fue el caso de la Aldea Protestante, que dio lugar a otras que más tarde fueron surgiendo en el resto del territorio entrerriano; Campos Floridos, Aldeas San Antonio, San Juan y Santa Celia.

 

Costumbres y tradiciones

El caudal de tradiciones y costumbres traídas desde el Volga se mantuvo inalterable, dentro de las posibilidades. Caídas hoy en desuso, daban una pincelada de pintoresca alegría a los hechos fundamentales de la vida familiar, de la que participaba toda la aldea.

Cuando se perfilaba algún noviazgo, se organizaba con mucha antelación la boda. Los padrinos preparaban los caballos que tirarían del carro nupcial, los racionaban mejor y los trotaban para que estuvieran en forma. También se lavaba el carro y se le daba una mano de pintura, ya que todo tenía que lucir el empeño y esfuerzo por engalanar a la novia.

El día de la boda se declaraba feriado para todos. Los hornos de pan familiar humeaban para preparar riquísimas tortas, que luego llevaban adonde se hacía la fiesta.

En la víspera, un desfile de carruajes engalanados, con música de acordeones y violines, preparaba el acontecimiento.

Llegada la hora de la ceremonia, si la novia vivía en otra de las aldeas, el padrino y el novio iban adelante a buscarla. La fiesta duraba hasta tres días.

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