El Presidente Macri mira hacia adelante y encuentra varios “molinos de viento” que enfrentar, en cambio mira hacia atrás y ve pocos “escuderos” que lo acompañen a la lucha. Es que después de tres años al frente del país, Mauricio Macri no ha podido dar cuenta de uno de los principales vicios de la democracia argentina: el personalismo. En el sentido de que no ha podido foguear dirigentes con peso político propio que, llegado el momento, tomen la posta y den continuidad a largo plazo al modelo político que lidera.

En la primera línea acompañando al presidente se destacan las figuras de María Eugenia Vidal y Horacio Rodríguez Larreta. El Jefe de Gobierno porteño, al ser el titular del distrito más chico y con el presupuesto proporcionalmente más grande, resulta difícil extrapolar los éxitos de su gestión a nivel nacional. Vidal por su lado tiene el mismo problema que Macri, no tiene relevo presentable, tal es así que ha ordenado a sus ministros levantar el perfil político.

Analicemos por ejemplo las figuras que acompañan al Presidente en el gabinete como ministros o secretarios. Se destacan por su accionar político Rogelio Frigerio y Patricia Bullrich; logran algún reconocimiento en la gestión Peña, Garavano, Dujovne, Dietrich y algunos son conocidos sólo de nombre: Bergman, Etchevehere, Stanley y paremos de contar; el resto no son más que ilustres desconocidos, sin ningún tipo de ambición política. Tomemos el caso del Ministro de Relaciones Exteriores, un ínfimo número de ciudadanos pueden recordar siquiera el nombre del titular del Palacio San Martín. Ni hablar de los embajadores (políticos) esparcidos por el mundo, siendo que el déficit comercial y de la balanza de pagos es unos de los principales problemas de la economía argentina no sería descabellado reclamar una labor más reconocible.

El presidente Macri también mira hacia el parlamento buscando algún protagonismo orgánico y sólo encuentra ecos de su soledad. Se destaca el caso de la Senadora Gladis García, que tan sólo a un año de haber sido galardonada por el electorado bonaerense con uno de los triunfos más resonantes sobre la ex-presidenta Cristina Kirchner, ha optado por un ostracismo parlamentario incomprensible. Lo mismo se puede decir de nuestro Senador Alfredo de Angeli, que luego de gozar de una extraordinaria popularidad a nivel nacional, encuestas recientes marcan un alto grado de desaprobación en el pago chico. En Diputados la situación no es mejor, de los 108 legisladores de Cambiemos gozan del reconocimiento público nacional  Monzó, Massot, Negri, Iglesias, Ocaña, Olmedo, Oliveto, y claro Lilita Carrio, que brilla con luz propia en las penumbras de la Cámara Baja.

La Unión Cívica Radical, socio mayoritario del frente Cambiemos, tampoco logra aportar figuras de renombre. Es que hay procederes que desconciertan, como el de los distintos candidatos a la presidencia que ha propuesto, así fue el caso del mendocino Ernesto Sanz, artífice político fundamental del frente, que una vez consagrado optó por desentenderse. Anteriormente Leopoldo Moreau y Roberto Lavagna directamente abandonaron el centenario partido. Ricardo Alfonsín merece un párrafo aparte, con su empecinado obstinamiento en dar a la UCR la impronta propia de un partido de izquierda hace un invalorable aporte a la confusión generalizada. Tampoco las figuras de los gobernadores logran trascender, se destacan tibiamente Morales en Jujuy y Cornejo al frente de Mendoza, pero al igual que el correntino Valdés, no logran instalar su figura más allá de la propia provincia.

Los desafíos para el Presidente Macri en el último año de su gestión son grandes, deberá reagrupar a la tropa, ordenar a sus dirigentes que abandonen el limbo, rogar que su gurú del marketing político no haya perdido la magia y re direccionar la estrategia con una consigna tan simple de mencionar como compleja de implementar: no confundir el populismo con la popularidad.

 

(Por: Guillermo H. Espinosa)

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