Y sí, no podía ser de otra manera. Así es la peligrosa belleza de Argentina que, si fuera una mujer, ya le habrían diagnosticado esquizofrenia y trastorno bipolar hace rato. Pasamos de casi ganar un mundial a casi no clasificar para el siguiente, siempre a mitad de camino, che. Nos mecemos de un lugar a otro entre juramentos y alabanzas. Después de todo, para el orden están los alemanes, para la prolijidad los holandeses y para la precisión, los suizos. A nosotros nos toca el amor, la locura y el odio, como los cuentos de Horacio Quiroga, nomás. Y si remplazo odio por muerte es para disimular mi argentinidad y no irme tanto al carajo.

Hay quienes ven deporte y competencia en todo. Entonces, cuando escuchan a un violinista ejecutar una cadencia, lo comparan de inmediato con los tres concertinos de la filarmónica de Berlín y establecen quién es mejor. Pero también están los que ven arte en todo: en la parábola de una pelota perdiéndose en un ángulo, en el olor de los libros nuevos o en el puñal del asesino colándose entre las costillas y cercenando la aorta con prolijidad. Me siento más identificado con estos últimos, pues no puedo de dejar de alegrarme con el placer masoquista de gritar los goles que antes tuve que ahogar.

Que el análisis lo hagan mis colegas deportivos, quienes podrán determinar mejor si la defensa se paró bien o si los circuitos del ataque funcionaron. Yo, que se tanto de fútbol como de geometría no euclidiana, prefiero disfrutar.

 

(Por Santiago Minaglia)

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