Justo a las 12 del treinta y uno    

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 ** Atragantado con un bocado de pan dulce industrial, fabricado en junio para consumir en diciembre, el hombre apuró un trago, dos, tres, volvió a mirar su reloj réplica paraguaya de un Tag Heuer automatic, y se trepó a una silla plástica de las apilables línea Verona, para arengar a su amplia familia en el punto horario justo de las doce de la noche.

Enarbolando una copa frente a la mirada atenta de quienes lo rodeaban (atenta a las patas de la silla, por si comenzaban a arquearse), el hombre comenzó a configurar sus obligadas expresiones de buenos deseos.

** Señalando los restos cadavéricos del animal sacrificado ad hoc, y los tubos de vidrio desocupados, comenzó a decir ‘hemos finalizado el 2016 con una mesa bien abastecida, por lo que debemos dar gracias a Dios por lo recibido durante el año’. Observó el rostro de aprobación del entorno y continuó: ‘Y si es Dios quien nos provee y a quien debemos agradecer, ¿para qué carajo estamos pendientes de lo que hacen o no hacen los gobiernos?… Soy pesimista cuando miro a la Casa Rosada y optimista cuando miro a Dios y mi propio esfuerzo, porque…

** Algunos rostros de uno y otro lado de la grieta comenzaron una rápida mutación gestual mientras el hombre inspiraba aire como para retomar su discurso con más fuerza, pero la silla flaqueó, una de sus patas se desmayó bajo el sobrepeso del discursante, que a la hora de la sobremesa seguro pesaba un par de kilos más. El desparramo fue con arrastre de todo lo existente alrededor.

** Mientras al optimista lo levantaban del piso compasivamente preguntándole si estaba bien, secándole con servilletas la camisa mojada con la Fresita de aquella copa que sostenía en ristre, lo oyeron balbucear: ¡Viva Perón, carajo!, y supieron que estaba ockey.

Los opti, los pesi, y los correctos       

** Es un alivio saber que ya se terminaron los últimos días del año, porque nos desnudan demasiado. El realismo se esfuma por estos días cuando solo hay espacio para la ilusión y los buenos deseos. Pesimistas y optimistas se potencian. De los pesimistas mejor ni hablar pero los optimistas también pierden sus límites.

** El optimista se encuentra con un amigo que vuelve del oncólogo con el peor de los diagnósticos, y ¿qué le dice?, poniéndole la mano en el hombro le dirá que todo va a estar bien, que no se preocupe. El pesimista se encuentra con un amigo resfriado y le dice que se cuide porque ese virus puede mutar en algo peor y matarlo, que además los médicos de hoy ya no son confiables, etcétera.

 

Ni uno ni otro son realistas.

** En Paralelo 32 se nos ocurrió en el comienzo de año hacer un sondeo de opinión preguntando “cuál es su sueño, o qué desea que suceda, en 2017”. Si planteábamos la pregunta al revés invitando a que los entrevistados nos digan qué es lo que desean que no ocurra en 2017, estaríamos actuando como pesimistas y eso está mal visto en aquel tramo tan sensible de fin o principio de año, cuando a la gente le parece que todo vuelve a cero el 31, que es como un barajar y dar de nuevo el 1º de enero. Es lo mismo pero preguntado al contraste, sin embargo conviene evitar ese “no” que tiene tan mala prensa en el campo del optimismo militante.

Todo ‘no’ está mal visto en tiempos de felices fiestas, aguinaldos y feriados largos.

** La modalidad ha crecido mucho en las empresas desde el comienzo de este siglo. En las reuniones de trabajo hay que aportar optimismo para calificar mejor ante el jefe o los evaluadores contratados. El realista es un tercera posición que corre el riesgo de ser etiquetado como pesimista, porque él ve la realidad, que puede ser muy buena o no prometer mucho.

 

Tercera posición              

** Mientras “gira el mundo gira / en el espacio infinito / con amores que comienzan / con las horas que se han ido / con las penas y alegrías…”, unos sienten el deber de ser optimistas porque les han dicho que sin optimismo no irán a ninguna parte (y algo de eso hay); otros parecen depresivos cumpliendo como un dogma su misión de pesimistas.

Pero hay una tercera posición: los optimistas-realistas. El último hallazgo de los expertos revela que ésta es la fórmula del éxito. De esto deberían hablar los capacitadores y entrenadores de personal.

** Los optimistas compulsivos no bajan los pies a tierra por temor a tropezar. Los pesimistas naturales y los vocacionales creen que si se muestran optimistas respecto del país, traicionan a su partido, porque gobierna ‘la opo’ y en consecuencia nada puede ser bueno. Ellos deben sostener –para no pecar- que todo lo que intente el gobierno le saldrá mal o estará mal aunque le salga bien. En cambio los que votaron y apoyan al ganador, se inclinan a pensar que ningún acto de gobierno es cuestionable porque seguramente todo estará bien.

¡Socorro!, ¿queda alguien para discernir y opinar objetivamente?

 

De Sojamarca a Trumpistán     

** Para no tropezar con la grieta local pongamos un ejemplo lejano, aunque conocido. Los norteamericanos demócratas han caído en un cerrado pesimismo sosteniendo que con el rubicundo Trump se acaba el mundo, mientras que los republicanos trumpianos creen que todo irá mejor. El realista, en cambio, calcula en qué frente tendrá dificultad y en cuál facilidades, y avanza con optimismo por el mejor camino posible.

** El pesimista no vacaciona en Brasil cuando oye que hay asaltantes en rutas, y les aconseja a sus amigos no ir porque los cariocas persiguen y asaltan a argentinos en viaje. El optimista oye lo mismo pero se manda de cabeza a las playas de ese país sin tomar recaudo. El realista se informa bien, la estadística le indica que los turistas asaltados son uno cada diez mil, la probabilidad es demasiado baja para renunciar a un viaje, toma recaudos y va. Quizás si le dijeran que la proporción es uno cada mil, para viajar organizaría un grupo con otros tres viajeros.

** En los Estados Unidos como aquí en Sojamarca, por una tercera vía marchan los optimistas-realistas trabajando y proyectando como si todo irá mejor. Su optimismo les da energías y su realismo los hace prudentes, permitiéndoles ver donde hay una viga o una pared que les conviene esquivar buscando caminos alternativos.

 

El librito es ajeno  

** No estamos dictando cátedra sino interpretando a algunos catedráticos posmodernos. A esto del optimismo con realismo lo puso a debate una reciente investigación, mediante la cual se comprobó que los optimistas-realistas son los que llegan a tener éxito. Es decir, se necesitan las perspectivas positivas de un optimista junto a las perspectivas realistas (mantener los pies en la tierra y ver las cosas como son) que tienen los pesimistas. En conclusión, querer llegar lejos sin idealizar las cosas.

** Sophia Chou, una investigadora de psicología organizacional de la Universidad Nacional de Taiwan, explica que esta combinación de optimismo y realismo obtiene lo mejor de ambos mundos: realismo para un mejor desempeño del trabajo pero optimismo para no acabar siendo infelices con él.

 

¿Alcanzar o que nos alcancen?                      

** Por otra parte, según anteriores investigaciones ya se sabía que los optimistas valoran más los pensamientos que los hacen sentir mejor acerca de si mismos, mientras que los pesimistas tienen una visión mucho más realista del mundo que les rodea. Pero esta visión tan veraz de nuestra realidad puede ser incluso perjudicial, pues los individuos pesimistas tienen tendencia a la depresión. Por ello los optimistas tienden a vivir más tiempo y de forma más saludable, en general.

** Conociendo estos anteriores estudios y tras años de trabajo, Chou se dió cuenta de que había individuos que mezclaban una personalidad que sacaba lo mejor de cada uno de esos mundos, siendo optimistas pero también realistas, y que dicha personalidad tendía a conseguir el éxito.

Hay quien dice yo soy como soy y no voy a cambiar, y los que siempre experimentan actitudes nuevas buscando mejorar. Como decían nuestras abuelas cuando querían explicar el libre albedrío… cada cual es dueño de hacer de su culo un pito.

** De todos modos, ¿qué tan fáciles o difíciles son los objetivos que nos hemos propuesto? Eso dependerá siempre de cuánto esfuerzo estaremos dispuestos a hacer para alcanzar la meta. Nuestras metas personales dependen más de nuestro esfuerzo que de lo que haga o deje de hacer un gobierno.

** Un aplauso para el asador.

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