Según un estudio del Instituto Argentino de Análisis Fiscal, publicado por el sitio web chequeado.com, el costo impositivo contenido en el precio de venta final de los alimentos varía entre el 38% y 44%, según qué productos se analicen. El principal cambio es si el alimento cuenta con un IVA reducido del 10,5%, por ejemplo, el pan y la carne; o si están gravados con la totalidad del 21% de dicho impuesto, como sucede con galletitas, frascos de mermelada o lata de arvejas, entre otros. El resto de la carga impositiva surge del impuesto al cheque, ganancias, impuestos municipales, ingresos brutos y tributos a la seguridad social.

En general, los especialistas coinciden en que las personas pobres destinan un mayor porcentaje de sus ingresos a los alimentos. Por ende, los impuestos en esos bienes tienen mayor impacto en términos relativos sobre quienes tienen menos ingresos.

La participación del gasto en alimentos se ubica en torno del 22% del ingreso del hogar para el quintil más rico, mientras que llega al 65% para la quinta parte más pobre. Los datos surgen de un estudio de Daniel Maceira y Alfredo Palacios, investigadores del Centro de Estudios de Estado y Sociedad, que analizan encuestas metropolitanas de 1986, 1997 y 2005. “Estas proporciones, con caídas relativamente reducidas, se mantienen en el tiempo”, añade el trabajo.

Luis Omar Fernández, especialista en cuestiones tributarias y docente de la Universidad de Buenos Aires, señaló que “es un concepto aceptado en todo el mundo” que “cuanto menos ingresos tiene una persona, más gasta en términos relativos en alimentos”. Agregó que “muchos países tienen artículos básicos exentos, pero el problema de hacer eso hoy en la Argentina es que es muy posible que eso no baje el precio final de los alimentos”.

En los debates sobre reforma impositiva, un punto central será “quitarle al pan” la carga tributaria que afecta a quienes más lo necesitan cada día.

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