Crespo.- Este verano visitó Crespo, como lo ha hecho en numerosas ocasiones, la joven Nadia Mnasria. Nació en Italia y es hija de una emigrante crespense y un emigrado tunecino. Durante una extensa entrevista con Paralelo 32, habló de sus vivencias en tres países: el norte de Italia; Londres, donde vive actualmente; y Argentina, país que ama y al que vuelve permanentemente. “En julio del año pasado terminé la secundaria en Italia y al cabo de cinco días me fui a trabajar a Londres, como niñera. Luego conseguí otro trabajo y con lo que ahorré me vine a la Argentina a visitar mis parientes”, comentó al comienzo de la entrevista con Paralelo 32.

– ¿Qué especialidad estudió?

— Estuve en una escuela secundaria de Idiomas; alemán, español, inglés son los idiomas que aprendí. Antes de la secundaria hice francés.

– ¿Qué hacen sus padres?

— Mi padre es obrero metalúrgico y mi mamá trabaja en una empresa de limpieza. Ella limpia en oficinas o en las municipalidades de pueblos chicos.

– ¿Está viviendo en Londres?

— Antes de venirme a la Argentina alquilé una habitación en Londres. Mi idea es seguir estando en Londres, porque me conviene, ya que no hay mucho trabajo en Italia.

– ¿Se nota mucho la diferencia entre países del norte de Europa y los del sur, los latinos?

— Sí, se nota mucho la diferencia.

– Llama la atención el caso de Italia, que siempre tuvo una imagen de país desarrollado.

— Sí, exactamente.

– ¿Cómo es que se quedaron allá sus padres?

— Es que llegaron en los años noventa, que fueron la mejor época de Italia. Ahí, llegó la mayoría de los inmigrantes.

–  Sobre todo tunecinos y de Marruecos.

— Sí, porque en Túnez estaba la idea de Italia como el país donde había mucha plata y esas cosas. Cuando estuve en Túnez, en el pueblo de mi papá, había muchos restaurantes con la bandera italiana. Era todo un culto que hacían de Italia, pero muchos después se volvieron a su país porque se dieron cuenta que no era tan fácil. Es otra cultura, además.

– ¿El italiano se hizo más racista?

— Sí, en los últimos años mucho más que antes. Tiene que ver con la crisis, porque no hay trabajo. Y si no hay trabajo, no quieren que lleguen otras personas para quitarles el que tienen. Pero en realidad no es así, porque los italianos no hacen los trabajos que deben hacer los inmigrantes.

– Y se agrega Berlusconi, el  ex primer ministro muy controvertido.

— A eso se agrega Berlusconi y la Lega Nord, el partido racista de derecha del norte.

– Milán es el epicentro de esos movimientos políticos.

— Sí, y se nota en el norte más el racismo. En cambio, el sur es muy parecido a la Argentina.

– ¿Es una crítica o un halago? (sonrisas)

— (sonríe) Bueno, también está atrasado y se nota en todo. Como los medios de transporte. Son dos países separados, el norte y el sur de Italia.

– ¿A Ud. también le golpearon las cuestiones racistas?

— Sí. En el secundario hice todo un trabajo sobre mi identidad, porque nací en Italia pero mis dos padres son de otras culturas completamente distintas. Hace un par de años empecé a preguntar a mis padres sobre sus orígenes y hacer mi búsqueda personal. Al examen final de Estado en la secundaria en la prueba oral donde se puede llevar un tema cualquiera, yo llevé y expuse por diez minutos ante el jurado de profesores sobre los alemanes del Volga, que surgen de una emigración y lo conecté con una materia que hice el último año. Era un tema muy personal. Me basé en el libro de Dening y Popp para conocer más sobre el origen de ese fenómeno. Porque no es solamente decir ‘mi mamá es argentina’. Mi mamá no es argentina, es una alemana del Volga. Es mucho más complicada la cuestión. Me dije ‘será que llevo en la sangre emigrar de acá para allá’.

– Supongo que salió bien del examen.

— No, no era una de las mejores estudiantes. Pero interesó mucho porque fue un tema que nadie hizo en toda Italia. Por eso gustó. Yo arriesgué mucho con ese tema, porque los profesores no lo conocían. En general, ellos conocen el tema que uno lleva. Hay temas genéricos, las dos guerras mundiales, el feminismo. Pero con este tema se encontraron con algo que no conocían y no podían decir casi nada. Por un lado era bueno pero… saqué una nota ni alta ni baja.

El examen de final de secundario

– ¿Ese examen se hace al final del secundario?

— Sí, acá no existe. Es tremendo.

– ¿Qué pasa si no aprueba?

— Si uno no aprueba, no le dan el título. Hay que rendir el año entero de nuevo. Porque primero hay que aprobar el año para pasar al examen. Si no se aprueba el año no se puede rendir el examen. Entonces, si no se aprueba hay que volver a hacer el año nuevamente.

– Supongo que hay gente que se queda toda la vida haciendo el secundario

— Hay gente que se quedó dos años haciendo de nuevo el secundario. Algunos alumnos de las escuelas públicas se van a las privadas, donde es más fácil rendir y pasar.

– ¿Es el mismo examen en todo el país?

— Sí. Hay tres pruebas escritas. La primera es un escrito de italiano, donde te dan cinco o seis redacciones, sobre temas diferentes, por ejemplo del ámbito social, artístico, político y actualidad. Hay seis horas para escribir cada tema. El segundo fue en inglés, porque me salió ese idioma, y se da en todas las escuelas de idiomas. En inglés tuve que hacer algo similar a la prueba en italiano. La tercera prueba escrita fueron doce preguntas sobre cualquier tema de las materias que di en el último año. Para cada examen seis horas.

– ¿Cómo van rindiendo?

— Un día, en seis horas la primera prueba; otro día la segunda otras seis horas, y así. Después de una semana, empezaban con el oral, sacando una letra al azar. Los alumnos con apellidos que comenzaban en esa letra, iban pasando para exponer en el oral.

– Más de una semana con los nervios de punta con cada examen.

— Así es. Y todo esto duraba un mes, porque cuando empiezan los exámenes, duran dos semanas. Esto se rinde en julio. Yo terminé el 14 de julio y fui la última que hizo el examen oral.

– ¿Cuándo terminó de cursar la escuela?

— Terminé el 8 de junio de cursar y aprobar las materias del año, y el 14 de julio terminé de rendir los exámenes de fin de secundario. Fue un mes entero de exámenes. Dos semanas para prepararme y otras dos rindiendo.

Ir a la universidad

– ¿Con esa experiencia salen bien preparados, comparando lo que ve acá en la secundaria?

— Acá la secundaria no sirve, es muy mala.

– ¿Qué pasa con el alumno que sigue en la universidad?

— Es mejor, porque yo veo acá el impacto que tiene pasar a la universidad. Se ve que tienen que ponerse al día con todo lo que no hicieron en el secundario. Me contó una prima que los profesores, que ya saben, los van preparando para rendir en la universidad. Yo no veo que la universidad argentina sea mala, pero veo que el problema está en el secundario. Leí un artículo en Italia sobre la universidad argentina, que es muy bueno que sea gratuita, pero eso no te hace seguir estudiando. En Italia, muchos siguen estudiando porque los padres les pagan el estudio.

– ¿Quiere estudiar en Londres?

— Me gustaría, pero el problema es económico. Si en Italia cuesta 800 euros por año, en Londres el costo de la universidad es de 9 mil libras. Se puede sacar un préstamo del estudiante y al comenzar a trabajar luego de recibirse uno lo puede devolver. Son como 300 libras por mes en un sueldo de 2 mil libras.

– ¿Ud. tenía un sueldo bajo en Londres?

— Tuve el sueldo más bajo de Londres, en parte porque quería ir a Londres para tener una experiencia y luego venirme a la Argentina a estudiar por un año. Pero me pasó de todo, podría grabar una película. Estando de niñera me golpeé con la familia, era una familia monoparental, una madre con dos hijas. Yo me llevaba muy bien con las dos niñas, pero con la madre no, era muy ‘mala onda’, muy diferente a mí. Y tenía que vivir en la casa. Ella sabía que yo estaba allí para trabajar y no me integraba en su familia. Había de su parte mucha frialdad.

– Se cruzaron la cultura fría del norte de Europa con la calidez del Mediterráneo, y no se llevaron bien.

— Exactamente. Pero aguanté. Un día estaba en un bar y se sentó al lado mío un señor mayor. Quería tomar tiempo para mí y fui sola a ese bar, a leer un libro. Este año es un año para mí, quiero dedicarme mucho a mí, porque hasta ahora le había dedicado mucho a la escuela. Estuvimos hablando muy tranquilos. Le comenté que estaba buscando otro trabajo. Resultó que es médico y tiene un consultorio en el centro de Londres. Me ofreció trabajo en la administración del consultorio. Me pidió el currículum, y se lo envié al día siguiente. Me invitó a ir al consultorio, allí conocí a su secretaria y su esposa. Casi de inmediato me dio trabajo. Es una persona muy buena, de esas personas que encontrás una vez en la vida o en casos excepcionales. Así logré trabajar y al ganar algo más, me fui a alquilar una habitación.

– Después iba a venir a estudiar acá.

— Era la idea, pero me estoy quedando en Londres con dos trabajos.

Londres multicultural

–  Conoce Londres, conoce Italia y también Argentina. ¿Con cuál se queda?

— ¡Con Londres! Ese es mi lugar, me gusta por su multiculturalidad. Yo no me sentía bien en Italia, a pesar de ser italiana. Yo estuve hasta los 18 años; me dieron la ciudadanía italiana, y yo ni la quería a los 18. Yo me creía más que un papel, no me tenían que decir con un papel ‘vos sos italiana’. Yo había nacido siendo italiana. No es que digo ‘qué asco Italia’. Me encanta Italia, pero es problemático.

– Londres y la multiculturalidad. ¿Tienen en claro que son una ciudad mundial que acepta a todos? ¿Es muy eficientista? ¿El fracaso no cobra por ventanilla en Londres?

— Exactamente. Londres tiene meritocracia, yo adoro eso. En Italia, no podés progresar si no sos ‘hijo de alguien’. En Londres sí. Yo no tenía nada, le demostré al doctor qué podía hacer y me siguió dando trabajo.

– Esa falta de meritocracia la heredamos en Argentina.

— Lo noté.

Padres inmigrantes

– De sus padres a quién le cuesta más estar en Italia. ¿A la ‘rusa’ Senger o al árabe Mnasria?

— Al árabe le cuesta más. Mi mamá adora Italia. A mi papá le gusta mucho Túnez, el construyó una casa allá, y quiere volver. A mi mamá también le digo ‘está tu familia en la Argentina, vas a tener que volver cuando te jubiles’. Después que se separaron, mi papá se volvió a casar con una tunecina y tiene cinco hijos. La mujer y mis hermanitos están en Túnez. Mi padre va dos veces al año a Túnez.

– ¿Hubo muchas diferencias culturales entre su padre y su madre?

— Él es musulmán, aunque más liberal; mi madre, muy católica. Mi mamá me trajo a Crespo a los seis meses para bautizarme. Él le pidió que se convirtiera. Pero era imposible. Se separaron con tranquilidad, no fue conflictivo. Mi mamá no se volvió a casar.

El futuro

– ¿Pasa en Europa, ver como acá, gente conectada a su celular todo el tiempo?

— Sí, es horrible. Sobre todo cuando salís con alguien que está ahí, enganchado. Yo quisiera ver qué pasaría en el mundo si un día desconectamos los celulares.

– ¿Qué quiere hacer en su futuro?

— Es difícil, porque yo quiero mi independencia. Me gustaría formar una familia, en algunos años, no esperar mucho tampoco. Tengo un novio en Londres que me llama a cada rato ‘cuándo volvés’. Me pregunta si no encontré un novio argentino (sonríe).

– ¿Mira televisión acá?

— Ahora no, sólo cuando mis tíos la prenden. Pero me parece muy mala la televisión argentina.

– ¿Peor que la italiana?

— Peor, no tienen filtros acá. Se dice todo y se ve todo. Allá en Italia tenés un horario para ciertos programas, acá no. En la televisión italiana no dicen malas palabras. Si hay alguna, la censuran con el ‘tip’.

Quién es

Nadia Mnasria es italiana, tiene 20 años. Acaba de culminar el nivel secundario especializado en idiomas. Aprendió inglés, francés, español y alemán.

Es hija de una emigrante crespense, Marta Mabel Senger, y de un inmigrante tunecino, Abdel Hamid Mnasria. Sus padres se conocieron en Italia. Actualmente están separados y el padre formó nueva familia, de la cual Nadia tiene cinco hermanos. El padre es obrero metalúrgico y la madre, empleada en una empresa de limpieza. Vive con su madre en la ciudad de Erba a 44 kilómetros de Milán, en la Región de Lombardía, a 20 kilómetros de la frontera suiza. La localidad está cerca del lago de Como, en la región alpina. Periódicamente, Nadia ha venido a pasar vacaciones a la Argentina, desde muy pequeña.

Experiencia con Caritas

– ¿Hizo una experiencia con refugiados de África?

—  Sí, fue en Caritas. En el momento más crítico al comienzo de la ola de inmigración africana a Italia, me ofrecieron trabajar de voluntaria en un centro de primera ayuda, en Como, en el norte de Italia. Allí llegaban los refugiados, seleccionados desde Sicilia. En el norte hay más infraestructura y posibilidades. Todos tenían en la cabeza irse al norte…

– Alemania, Gran Bretaña, Francia, Suecia. Suiza no, supongo.

— Con Suiza, si uno se iba a la frontera, la policía no lo dejaba pasar. Yo hice una experiencia, quedándome desde las ocho de la mañana a las ocho de la noche. Estaban en un salón de la Iglesia, con colchones. El tema es que yo en esos días me choqué con la realidad en primera persona. En la televisión decían cosas pero yo no lo creía. A los que querían hablar, les preguntaba en inglés si querían contarme cómo estaban viviendo.

– ¿De dónde eran estas personas?

— De Gambia, Senegal, Nigeria, Costa de Marfil, Liberia, Mali. Me contaron el viaje, cómo pagaban para que los lleven en camioneta en el desierto de Sahara. Que en Libia tenían que trabajar, en trabajos pesados todo el día, para pagar el viaje a través del Mediterráneo. En ese viaje, que puede ser el último para muchos, tienen comida por dos días, después se acaba. En el lugar donde los atendíamos muchos inmigrantes estaban dibujando, porque la experiencia fue muy fuerte para ellos.

– Eran adultos

—  Eran adultos que necesitaban expresarse de algún modo. Yo fui y no sabía qué tenía que hacer. Caritas les daba comida y un lugar para estar y dormir. Pero no tenían a nadie para desahogarse de todo lo vivido. Entonces, escuchaba. Uno dijo que durante el viaje vio una visión del Papa Juan Pablo II, yo creo mucho en eso. Que le dijo ‘no tenés que desfallecer, perder la fuerza, caer en el desánimo’. Desde el tercer día empezamos a dar clases de italiano con otra voluntaria. Ellos necesitaban aprender el idioma para sentirse un poco más seguros. Saber el idioma es seguridad. Me puse a darles clases. Lo lindo es que comencé con cinco personas, pasaron a diez, veinte, cuarenta. Esa era la necesidad de ellos, aprender el idioma. En mi vida, me gustaría trabajar para una ONG. Yo estaba en un centro de varones, las mujeres con los hijos estaban en otro centro.

– ¿Qué hacen cuando salen del centro de primera ayuda?

—  Cuando salen de esos centros se los lleva en grupitos a departamentos a vivir en pueblos chicos. Ahí pueden trabajar para el pueblo, como barrenderos, albañiles, cortar pasto. Cómo lo ven los italianos. A veces hacen macanas, porque están acostumbrados a la vida en África, y los italianos se quejan. Una cosa muy triste fue que, luego de un tiempo, vi un chico que estuvo en el centro de primera ayuda, que ya estaba en la ciudad. Lo feo es que lo vi vendiendo drogas. Yo le dije ‘hace un año estabas aprendiendo italiano y ahora estás acá’. Me respondió ‘qué quieres que haga ahora, si nadie me da trabajo’. Es duro ver eso también.

La Argentina

– ¿Cuál es su opinión sobre la Argentina?

— Podría contestar de dos maneras: mi relación con la Argentina y lo que veo de la Argentina como país. Empezando por lo segundo, la Argentina como país, creo que es una vaca que nunca deja de dar leche. La Argentina tiene todo, los tipos de paisajes, la abundancia de tierras fértiles, podría ser otra potencia, como Estados Unidos o China. Pero lo único que la embroma es la política. Me parece bueno que llegara al poder Macri, me parece que tiene mejores ideas para el país. Yo siempre tengo la esperanza de que el país salga de su crisis, porque estoy muy ligada a la Argentina, mi corazón está acá. Sufría mucho cuando volvía a Italia, luego de estar acá dos o tres meses. Volver a Italia para mí era… el ambiente acá es sano, no es Primer Mundo. Yo dejé el corazón acá. Estaba viniendo en avión en este viaje y cuando vi que estaba volando sobre la Argentina empecé a llorar sola, de emoción.

– Si nuestro país funcionara bien, se vendría a vivir.

— ¡Yo sí! El tema es que cuando uno crece se va chocando con la realidad. Un adulto tiene que mantenerse, ver qué le conviene. A mí me conviene estar en Londres, que está a mitad de camino entre Italia y la Argentina. Venirse acá es un choque, uno debe prepararse psicológicamente cuando viene. Ahora estoy relajada, pero cuando llegué, la primera semana, estaba muy agitada.

– ¿Por qué?

— En Londres trabajaba todo el día, venía con los ‘motores acelerados’. Para mí el cambio del Primer Mundo a acá es así, ‘bajar’ mi velocidad.

– ¿Cuando dice acá se refiere a Crespo y su familia?

— Sí, me refiero a este lugar. Porque Buenos Aires es otra realidad. Hablo de la Argentina interior.

– ¿Le molestan cosas que no funcionan?

— Sí, yo crecí en un país, Italia, donde lo básico funciona. Aquí lo básico debería ir… La inflación, que está siempre ahí y uno no sabe cuánto va a valer un kilo de pan mañana…

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