Crespo.- El Padre Rubén Schmidt cumplió 30 años de su ordenación como sacerdote diocesano. En una extensa entrevista con Paralelo 32 repasó su vida pastoral, las razones que lo llevaron al sacerdocio, el recuerdo de sus padres muy creyentes a quienes sigue agradeciendo los valores que le transmitieron. “Mis padres eran personas de mucha fe, sobre todo mi madre. Pero jamás nos han presionado para elegir. Incluso cuando mi hermana decidió seguir la vida religiosa, mi padre había fallecido, y sorprendió mucho a mi madre. Pero no la sorpresa por no querer que lo haga, sino porque no se lo esperaba. En cuanto a mí, por ser el primer hijo, como eran de mucha fe los dos, estaban tan contentos que dijeron ‘que sea la voluntad de Dios’, si era varón que Dios lo tomara. Y parece que Dios se tomó en serio la cosa”, comenzó el diálogo.

–  ¿Había un mandato familiar de tipo cultural que algún hijo fuera religioso?

— En parte de la tradición católica estaba eso muy fuerte, sobre todo antes, ahora ya prácticamente no. Pero también tiene una raíz bíblica: siempre el primogénito era consagrado al Señor, por ejemplo. En el caso mío, me enteré después que me hice cura. Supe que estaban muy entusiasmados cuando me incorporé al Seminario. Pero de la promesa que habían hecho ofreciéndome a Dios, supe después que me recibí. Mi padre había fallecido y me contó una tía, ni siquiera mamá me contó. Esto me hace ver la libertad que ellos me dieron para tomar la decisión. 

Diocesano o misionero

– ¿Por qué eligió el seminario diocesano y no alguna congregación misionera?

— Acá fue la circunstancia. Porque el sacerdote que estaba a cargo de la iglesia era diocesano. Cuando me surge la idea de entrar al Seminario, el canal era la referencia del sacerdote diocesano. Después uno tiene 12 años para ir madurando la vocación, si es propiamente diocesano o misionero. Yo entendí que Dios me llamaba a esto, no podemos ser todos misioneros. De algún modo es ser misionero dentro del mismo territorio. Mis padres crecieron con los sacerdotes del Verbo Divino, los casó un cura del Verbo Divino, a mí me bautizó un sacerdote del Verbo Divino. Muchas veces me he preguntado si, por ahí, no hubiera también sido misionero. Pero si hago un análisis ahora, de lo que es mi vida, creo que no, haciendo un discernimiento es como que Dios me llamaba para estar por acá. También de Crespo salieron varios sacerdotes diocesanos, no son todos misioneros. Incluso, si uno cuenta, no hay tantos misioneros de Crespo, son más diocesanos. Salieron más misioneros de las aldeas de los alrededores.

–  ¿Hay alguna diferencia específica entre ser sacerdote misionero o ser diocesano?

—  De algún modo, el misionero se prepara específicamente para adaptarse a una realidad nueva para él. El diocesano vive en la realidad donde ha crecido.

–  ¿A Ud. lo podrían trasladar a otra diócesis?

—  Se me podría proponer trabajar en otra diócesis. Hay sacerdotes de otras diócesis y tenemos un sacerdote diocesano nuestro que hace más de diez años está misionando en África.

–  ¿De quién se trata?

—  Es el padre Eduardo Armándola, que está en Costa de Marfil. Es hermano de los Armándola de la inmobiliaria. Después hubo otros dos sacerdotes, que ya están de vuelta, que estuvo también en África, en Costa de Marfil, el padre José Barreto. Otro es el padre Omar Bedacarrat, que ahora está sirviendo en una diócesis en Uruguay. Porque también hay convenios entre los obispos, de prestarse curas por algunos años. En ese sentido, Monseñor Puiggari está prestando cuatro o cinco sacerdotes fuera de la diócesis. Hay un sacerdote en Roque Sáenz Peña, dos en Uruguay.

–  ¿Y Uds. pueden recibir sacerdotes de otras lugares?

—  Ahora hay un sacerdote de Brasil, el padre Alan Rodrigues, ayudando en la Parroquia Santa Lucía, en Paraná. Esto demuestra que también la Iglesia es universal, una sola familia que se implanta en espacios muy concretos en cada realidad. La presencia de sacerdotes de otra cultura es un enriquecimiento para la comunidad como para el sacerdote mismo. Pero el sacerdote diocesano no es que deja de ser misionero, porque la misión es todos los días, con el encuentro de los necesitados. Nosotros, gracias a Dios, visitamos mucho las familias, mucho a los enfermos, acompañamos mucho en situaciones de dolor y duelo. Eso es una tarea de misión, como estar al pie del cañón todos los días.

Áreas en conflicto

–  ¿Cuál es la diferencia entre áreas consolidadas para el catolicismo con áreas no consolidadas o áreas de conflicto?

— Yo pienso que, por un lado está lo organizativo. En un lugar consolidado hay más espacios hasta habitacionales o de encuentro para el culto, casas de religiosos o escuelas. En cambio, en los otros lugares son tierras de misión hay que arraigarse en el espacio. En algunos lugares se hace un poco más difícil, y hay que ir buscando los modos y los medios para entrar de a poco. Lo que sí, la Iglesia no busca prosélitos; trata de misionar en la libertad de la conversión. No es como una especie de insistencia de conquistar territorios o personas. En su esencia, pese a los errores que en el pasado tal vez hubo, estaba la idea de evangelizar pensando que se transmitía algo bueno. Y en la medida que en esos lugares crecía el número de fieles se daba la posibilidad de establecer continuidad o mayor estabilidad. Eso va dependiendo de la circunstancia y de la aceptación. Hay lugares donde la Iglesia tiene muy buena convivencia con comunidades o grupos que no creen en lo mismo. En otros lugares hay persecución. Hay todavía mártires, no solo de la Iglesia Católica, sino también de otros grupos cristianos que, por ejemplo, en África están evangelizando. Hay muchos pastores protestantes que han dado testimonio de su fe a través del martirio.

Derecho Canónico

–  Ud. es especialista en Derecho Canónico. ¿De qué se trata?

—  Es el funcionamiento jurídico intra eclesial. Todo lo que hace a la vida de la Iglesia, la vida sacramental, temas como la evangelización, hay derecho penal, un código de administración de los bienes temporales, un derecho procesal canónico, por ejemplo, por el tema de las nulidades matrimoniales. Hay todo un código para la beatificación, un protocolo para investigar presuntos milagros para que el Papa pueda decidir por el sí o por el no en una canonización. Yo intervine en el proceso de investigación para la canonización de la Madre Maravillas, en los años noventa.

–  ¿Para la beatificación o la canonización, qué debió cumplir la persona investigada?

— Uno, debe gozar de buena fama, que haya sido un testimonio de vida heroica o de fe, que, por ejemplo, lo que haya proclamado no vaya en contra de la Palabra de Dios, que haya muerto en Comunión con la Iglesia.

–  Se habla mucho de los milagros.

— Los milagros son como las pruebas, como los signos que Dios quiere dar, para decir realmente ‘todo esto que Uds. ven por fuera, Yo lo corroboro y lo testifico con estos hechos, de algún modo, prodigiosos’. La investigación sobre el milagro, ¿qué busca? Que no pueda haber una explicación racional de un hecho que ocurrió a tal persona. Hay cosas que la ciencia humana no puede explicar. Esos son los hechos prodigiosos.

–  ¿Pero no es obligatorio adjudicarle milagros a una persona para canonizarla?

— No, por ejemplo, se puede canonizar automáticamente a una persona si se prueba fehacientemente que ha dado la vida por defender la Palabra de Cristo. Un mártir. La persona que muere por Jesús, por la Fe y no quiere renegar de su fe. El que muere por Cristo da un signo suficiente para la canonización, por ejemplo.

–  ¿Cómo diferencia entre un milagro objetivamente demostrable con otros temas, delirio místico, por ejemplo? ¿En la investigación estaría deslindar esas cuestiones?

— Depende el tipo de milagro que se verifica. Vamos a suponer, si hay aparición de imágenes de santos, o vírgenes que lloran. Lleva mucho tiempo investigar y es muy difícil que la Iglesia pueda proclamarse por sí o por no del hecho prodigioso. Si es el caso de una curación, están los estudios médicos antes y después del presunto milagro, la declaración de testigos, conocidos de la persona, consultas psicológicas y psiquiátricas. Dentro del consejo que tiene el Papa para investigar presuntos milagros por curaciones, hay médicos no creyentes, especialistas, grandes científicos. No van a decir que es ‘un milagro’, pero sí van a certificar que la ciencia no tiene una explicación para el caso. Por ejemplo, está una radiografía con una mancha grandísima y otra, realizada más tarde, donde ya no se ve nada. En el medio pasó algo que la ciencia no puede explicar.

Abusos en la Iglesia

–  ¿Qué cambios hubo en el Derecho Canónico a partir de casos como Ilarraz? La gran denuncia de los afectados es ‘la Iglesia tapó’ y la respuesta es ‘actuamos de acuerdo con nuestro Derecho Canónico’.

— En realidad, el tema es complejo y tiene distintos ribetes. El que puso más firmes las normas fue Benedicto XVI, incluso con ‘tolerancia cero’. Son todas disposiciones de Benedicto, que fue preparando antes de su renuncia para que el Papa que viniera tuviese más expedito el tema. Yo tengo 30 años de cura y 12 de seminario, que para mí fueron extraordinarios. Jamás me pasó una cosa de este tipo. Quizás, por venir de una familia humilde y muy creyente, pudo haber algo de ingenuidad en pensar que estas cosas no se podían dar.

–  ¿Estuvo en tiempos de Ilarraz, por ejemplo?

— Él me llevaba unos cuatro o cinco años, más o menos. En esa época no puedo decir qué pasó. Incluso, el rector de ese momento, el padre Cecilio Paúl que hace unos meses murió, cuando había problemas con algún seminarista, él le pedía que se retirara. Era un hombre muy recto y sano. Yo no sé si se podría decir que la Iglesia tapó cosas; algunos procesos se hicieron. Siempre un proceso debe partir de una denuncia. En el caso de Ilarraz no intervine y no conozco detalles del caso. Si hay cuestiones que no se publican, es como cualquier tema de derecho en el plano civil, hay un derecho a la privacidad. En el caso, por ejemplo, de menores de edad, es un tema muy delicado, se está exponiendo a una criatura y depende también de los padres. Se podría provocar un delito mayor posterior. Yo creo que fueron las circunstancias fueron llevando a actuar de cierta manera. Además, no había un protocolo para actuar de cierta manera. Creo que lo que ayuda es a estar más atentos, a no ser tan ingenuos, ser más cuidadosos sobre los candidatos que se presentan para el sacerdocio. Por otro lado, algunos hechos no pueden tapar la buena fama y el buen ejemplo de muchos sacerdotes que se han dedicado a trabajar por el bien. Las estadísticas no me gustan porque es algo muy frío y acá estamos hablando de personas que han sufrido, pero si se ven esos números, los sacerdotes con problemas son el 0,3%, siendo que los no sacerdotes y a nivel de familia, o docentes, se duplica o triplica el porcentaje.

–  De por sí, hay un ‘filtro’ moral al ingresar al sacerdocio

— No es que uno se convierte en impecable por ser sacerdote, seguimos siendo humanos y podemos cometer muchísimos errores y pecados. Por eso, los curas nos seguimos confesando, el mismo Papa se confiesa. Pero llegar a actos perversos, es muy difícil. Sin embargo, hay personas que suelen disimular muy bien sus problemas. A nosotros mismos nos hace sufrir mucho, tanto como Iglesia, como por las personas y el daño que se hace.

El celibato

– Muchos plantean que ‘esas cosas pasan porque los curas no se casan’.

—  Creo que no. El celibato es una institución del Derecho Eclesiástico, porque fue establecido alrededor del año 300 en el Concilio de Elvira en España y que después se extendió para todo el clero occidental. Por el clero oriental se permite que hombres casados accedan al sacerdocio, no que los curas se casen. Si volvemos al dato estadístico, la falta de vocaciones también se da entre pastores protestantes, las iglesias que permiten a hombres casados acceder al sacerdocio. Incluso el abuso de menores se da mucho más entre gente casada que en célibes, volviendo a las frías cifras estadísticas.

–  ¿El celibato tampoco influye en la falta de vocaciones religiosas?

— No, el celibato no influye en el tema vocacional. Creo que es más la gran mundanidad en que vivimos, la gran comodidad, tal vez a veces el poco espíritu de sacrificio o el no animarse a la renuncia. Incluso hoy vemos muchas menos parejas que se casan por temor a la responsabilidad, a permanecer en una elección que se supone que es para toda la vida.

–  ¿Cómo se mantiene dentro de la institución eclesiástica, bombardeado desde el lado del mundo cómodo e irresponsable?

— Acá lo que hay de fondo es la Fe, si uno no tuviera fe y hubiera optado, no por una ideología sino por una persona que es Cristo, no te podrías mantener. En mis 30 años de sacerdote tuve dificultades. Porque no es que todo sea convivencia linda, entendimiento con los superiores. Después los combates desde afuera, la incomprensión, hasta la misma comunidad parroquial no siempre te apoya. Yo estoy por Jesús acá y sólo a Él debo rendirle cuentas. Y si vos llegás a amar de verdad a Cristo, no te interesan las adversidades. Es una cuestión de Fe. Que si uno lo tomara más como una cuestión sociológica, la vocación, es muy posible que después te desalientes. Yo tuve la Gracia muy grande de tener padres muy creyentes, que creo que me están ayudando desde arriba; mi padre murió hace 35 años; mi madre, más de 14. Después mucha gente muy conocida y que me conoce, que reza por uno. Las personas no deben fijarse tanto en las personas y las cosas que tienen en contra, sino en las cosas lindas y las personas a favor.

Dificultades

–  ¿Qué dificultades hubo en su vida?

— Una de las mayores fue la muerte de mi padre cuando yo era muy joven. Era el mayor de los 7 hermanos, tenía 20 años. Hasta a niveles familiares hubo presiones para que me hiciera cargo de mi madre y mis hermanos. Yo lo hablé con mi madre y ella me dijo que ‘mientras podamos seguir así…’ Teníamos una huerta en mi casa, un campito que se arrendaba, mamá consiguió una jubilación, también. Hoy no estoy arrepentido de haber perseverado. Yo me considero un eterno deudor de todo y a todo. Yo sigo trabajando para bien de la comunidad, si un día me voy de esta parroquia no me llevo nada. Es por el bien de la comunidad.

– En algún momento mucha gente se cansa de remar contra la corriente. Un sacerdote que no se anima a cambiar metiéndose, por ejemplo, en la política, ¿no corre el riesgo de desanimarse si ve que las cosas no mejoran?

— Es un tema bastante complejo, no creo que puedo pensar que yo soy bueno y el mundo político malo. Creo que también hay muchos políticos buenos. Por otro lado, para mí el problema no está en la política o la economía, está en el corazón del hombre. Para mí lo importante es el trabajo diario para ir formando las futuras generaciones de políticos. Mientras tanto, la Iglesia está trabajando con las situaciones de precariedad y emergencia. Y hay muy buenos curas villeros que no están tan ideologizados. El sacerdote, sobre todo, debe darse cuenta que él puede darle algo a la gente que otros no le pueden dar. Por ejemplo, los sacramentos que para nosotros son la eucaristía, la misa, la confesión, acompañar el dolor de las personas, la evangelización, las escuelas católicas. Es el campo donde más podemos hacer, formando a las personas. Hay donde debemos apoyar a los laicos, porque si creemos que el cura debe estar allá es desmerecer a tantos laicos preparados. Dios y la Iglesia nos han dado un rol que es distinto. No es que yo pueda ayudar desde la política, la mayor solución es ayudar al hombre en sus cosas más íntimas, en su alma y su corazón.

Dejar respuesta