Cada 7 de junio nos permitimos un brevísimo repaso sobre la misión del periodismo y en los años más recientes pusimos en foco la gigantesca transformación de la forma de comunicar e informarnos.

Hoy tenemos más información y más canales para difundirla, pero paradójicamente menos capacidad para distinguir lo falso de lo verdadero.

Cada noticia que se replica como un eco por todos los medios puede tener análisis diferentes y hasta datos distintos, confundiendo al receptor (lector, oyente, televidente) de tal manera que termina descreyendo de todos, para finalmente aceptar solo la versión de aquel que dice lo que él desea oir.

Se confirma de esta forma la teoría Miguel Wiñazki sobre “la noticia deseada”, donde gran parte de la sociedad solo consume la noticia que elige creer.

Con las redes llegó lo mejor y lo peor; hoy cualquiera puede subir información falsa a la web y darle apariencia de realidad. ¿A quién creerle? No están mejor las cosas en los medios tradicionales, donde se impone la capacidad de “construir” noticias a la medida de quien los sostiene económicamente, o en contra de quien le quitó ciertos privilegios, o a favor de quien se los daba y añora su retorno. En definitiva, a la medida del mejor postor.

Es muy interesante la definición que determinó la Real Academia Española a fines del año pasado para la palabra “posverdad”, cuando la incorporó a su Diccionario. Significa que “las aseveraciones dejan de basarse en hechos objetivos, para apelar a las emociones, creencias o deseos del público”.

La buena noticia es que, en este contexto, no somos pocos los periodistas que hacemos honor al dogma que nos impone el deber de buscar siempre la mejor aproximación posible a la verdad.

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