El tiempo –siempre el tiempo- apagó a lo largo de sus instantes la vocinglería de chicos y grandes que dieron sus primeros pasos hasta extender sus alas en la casa que don Marcelo Fontana construyó en Pringles y Estrada, tan pequeña como sus posibilidades del momento y que finalmente alcanzó el tamaño sus sueños, siempre compartidos con su amada esposa Susana. Cuando los hijos terminaron de volar hacia el destino del nido propio, doña Susana primero y don Marcelo después, emprendieron su propio vuelo eterno para reunirse en la misteriosa dimensión celeste; felices y satisfechos por la misión cumplida en la tierra. La casa quedó vacía y sola. Después de tanta vida, tanto silencio.

En aquel patio enorme corretearon sus nueve hijos, en su galpón de negocios los varones aprendieron las normas básicas del emprendedor, en su espacio de cuarta manzana había reglas claras y se educaba con amor. No es ésta una afirmación convencional, es lo que Marcelo dejó escrito en el prólogo de una publicación de 90 páginas donde relata su vida, experiencias, recuerdos: “…con el esfuerzo y el trabajo duro puesto en la obra del amor más maravillosa que nos concedió El Creador; nuestros hijos”. E insiste en otros párrafos: “Mi querida esposa, ya al lado del Eterno Padre, y nuestros nueve hijos, llevarán mientras yo viva la bendición diaria de un esposo y un padre profundamente orgulloso de cada uno de ellos”, para hacer extensivo también este sentimiento a sus nietos y bisnietos.

¿Y qué se podía aprender en aquel solar de familia numerosa donde en el pizarrón cotidiano se escribía con el crayón del ejemplo, donde se ofrecía lecciones de trabajo, esfuerzo, fe, optimismo y armonía familiar?

He leído cada página de “Mi vida…”, autobiografía de don Marcelo, datada en 2001, a sus 83 años de edad, que podía definirse como una especie de manual del buscavidas optimista. El protagonista, un hombre que sabía identificar las oportunidades y con “mundo” suficiente como para encarar los más variados emprendimientos. Bastará decir que en 1941 cuando contrajo matrimonio con doña Susana, todos sus muebles (sus únicos bienes en realidad) fueron una cama y un roperito, situación que no llegaron a ver las generaciones más recientes, que lo conocieron como comerciante, además productor avícola y de porcinos.

Aquel inmueble del Barrio Seco no solo fue el cobijo de familia y amigos, también ofició durante muchos años como una especie de extensión del Club Sarmiento en el marco de la precariedad de la época, cuando no era más que una cancha de fútbol. Fue vestuario de jugadores y árbitros, que además se abastecían de agua y hasta se higienizaban cruzando la calle, en el domicilio de Marcelo Fontana, quien además ejerció en cuatro periodos la presidencia de la institución en las décadas del ’50 y ‘60. Fue un puntal para el crecimiento de “el rojo” en sus años más duros. Sus camiones transportaban al equipo hacia sus encuentros como visitantes.

El propietario de aquella casa que va en camino a la demolición, tras haber sido adquirida por otra familia que trabajó muy duro para crecer de a poco con honestidad y visión comercial, fue un hombre que desde muy joven colaboró desinteresadamente con muchas instituciones de la ciudad, aportando su trabajo y su mirada siempre positiva.

Se dice que próximamente caerán las paredes de este edificio para dar paso al progreso que desplaza progresos precedentes. Desaparecerá un testigo material pero quedará la memoria y la descendencia portadora de su apellido y su carácter firme pero afable.

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