Desde la cárcel un detenido por tráfico de drogas cuenta su dura experiencia

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Victoria.- El narcotráfico seduce a jóvenes y adultos con su canto de sirena. Su voz dice que no pasa nada, que está todo bien, y no muestra la garra con la que cercena las gargantas sino hasta el final. Tanto los que consumen como los que participan del negocio están unidos por algo: la desesperación. En la ciudad este mundo oculto funciona como una suerte de secreto a voces donde todos saben algo pero nadie dice nada. Éste consume, éste vende, éste es cómplice. Pero al final, nada.

Raúl Rodríguez era conocido en Victoria por ser la persona a la cual todos saludaban. Su cabello hirsuto y azabache lo hizo merecedor del alias “Peinado con cohete”, que luego, por cuestiones de cariño, se redujo sólo a “Peinado” (la pronunciación del apodo varía entre “Peinao” y “Peinau”, el pueblo todavía no se pone de acuerdo). Antes de su enfermedad, un mieloma múltiple, era un hombre fornido de un metro ochenta con una espalda considerable. Luego, en su médula ósea comenzaron a multiplicarse desaforadamente las células del plasma y el cáncer fue una certeza. Peinado comenzó a caminar con ayuda de un bastón y a quejarse de dolores de columna.

A medida que su dolencia avanzaba, su situación económica empeoraba. Cuando perdió el auto que tenía, la desesperación lo ganó y entró en un mundo para el cual no estaba preparado. Rodríguez niega haber estado al tanto de los sesenta kilos de marihuana que encontró Gendarmería en el doble fondo del descascarado Peugeot 504 que manejaba. En cambio, sostiene que su objetivo era “hacer un mandado” donde sólo transportaría dinero.

Luego de varios intentos en la semana, Paralelo 32 pudo mantener una charla telefónica con Raúl Rodríguez desde el penal de Ezeiza. Rodríguez explica que no puede hablar de la causa, y que su abogado está tramitando la prisión domiciliaria debido a su enfermedad.

—¿Qué lo llevó a tomar la decisión de transportar la droga?

—No, no. Yo fui a hacer un mandado. Fui a traer un dinero, nada más. Y bueno, después no fue así. Pero te digo que ahí (por Victoria) se están diciendo tantas cosas… que yo fui a buscarle para una persona de Victoria y no, no es una persona de Victoria. Es una persona de otro lado. La necesidad me llevó a hacerlo, me encontraba sin trabajo y había perdido el auto. Yo fui a buscar dinero, no lo otro que encontraron.

—¿De quién era el auto que usted manejaba en ese momento?

— Mío, el auto era mío.

—¿Cómo, no dijo que había perdido su auto y estaba sin trabajo?

— No, no, no, no. El otro auto que tenía lo había perdido, pero pude comprar éste.

A Rodríguez lo detuvieron en un operativo realizado por Gendarmería Nacional en el corredor vial de la Ruta Nacional 14. Al personal del Escuadrón 57 le llamó la atención las anomalías en el piso del vehículo, donde notaron pegamento fresco. Después de revisar, contabilizaron 141 ladrillos de marihuana. Rodríguez provenía de Misiones y se dirigía a Entre Ríos.

Para una persona sin antecedentes y que no está versada en el mundo criminal, la vida en la cárcel es dura. Peinado cuenta sus desventuras y el progreso por los diferentes ámbitos: “Fui detenido en Corrientes, en Paso de los Libres. De ahí me trajeron a la Comisaría 28, donde uno la pasa realmente mal. Yo nunca estuve detenido y en la 28 me encontré con gente muy pesada que te robaba todo”.

Buenos amigos

Asimismo, continúa la cronología: “Después me trajeron acá, Ezeiza. Primero fui a un módulo ingreso y la pasé feo porque no tenía dinero para la comida. Estaba muy mal hasta que tuve un amigo que me salvó”. Ese nuevo amigo es nada menos que Víctor Schillaci, condenado por su participación en el triple crimen de General Rodríguez.

Peinado se acercó a Schillaci con parsimonia. Primero fue su cocinero y luego, poco a poco, se ganó la confianza del recluso condenado por privación ilegal de la libertad agravada en concurso real con homicidio agravado por ensañamiento, alevosía y por la participación de más de dos personas. Schillaci fue de mucha importancia para la supervivencia de Rodríguez en el penal. “Ser su compañero me abrió las puertas a un montón de cosas. Él se comunicó con gente para que vinieran a verme los derechos humanos por la enfermedad que tengo. También hizo que venga Procuración, porque tuve que denunciar a mi anterior abogado por abandono de persona”, dice.

Actualmente, Raúl no está seguro de dónde ir en caso de que se haga efectiva su prisión domiciliaria. Comenta que no tiene muchas ganas de venir a Victoria y que, debido a los amigos que hizo en el penal, le han ofrecido hogar, incluso, fuera del país.

La enfermedad

Hacía ocho meses que Peinado no se controlaba su mieloma múltiple. En este marco, Schillaci aparece de nuevo para ayudarlo a ser atendido en el Hospital Ramos Mejía. Allí le hicieron diversos análisis y le explicaron que el cáncer había avanzado mucho. Por las noches, los calambres y la sensación de frío en los pies lo mantienen en vela.

La ley de la selva

Rodríguez cuenta que las situaciones que le tocó vivir fueron duras. Estuvo inmerso en un pandemonio donde los presidiarios se cortaban las venas, se prendían fuego colocándose colchones encima y fabricaban armas hasta con la menor pieza plástica. “Acá te tenés que defender como gato panza arriba”, dice. “Pero eso era antes, ahora Víctor (Schillaci) logró que me traigan a un módulo de súper conducta donde hay gente muy disciplinada”, finaliza.

La desesperación llevó a Raúl Rodríguez a tomar una mala decisión y está pagando con creces su delito. Por su parte, quiere desligar a todas las personas involucradas y prefiere no dar nombres. Asegura que viajó solo y volvió solo, y que en Victoria no existe ningún cómplice. También sostiene que su “mandado” consistía en la búsqueda de dinero. Y aunque resulte inverosímil pensar que alguien transporte 60 kilos de marihuana en su propio auto sin darse cuenta y sin un solo cómplice en la ciudad, lo importante aquí es reflexionar que el dinero fácil, de fácil no tiene nada. En todo caso, para Peinado se trató de dinero rápido tras el cual quizás fue por desesperación. Rápido llegó y más rápido se fue.

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