Del potrero al campo de la gloria

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** Ese desgarbado muchacho, analfabeto y alcohólico de 25 años de edad, que había llegado con la selección de Brasil en 1958 al Mundial de Fútbol de Suecia, al que los jugadores del plantel lo consideraban ligeramente subnormal, sería probablemente el aguatero o el utilero del equipo, lo que ya hubiera sido un lujo para un plantel de la época.

** Quizás baste con decir que a aquel Mundial llegó la Selección Argentina en un vuelo de más de 40 horas en clase turista, con unas únicas camisetas para todo el campeonato, al punto que tuvieron que pedirle prestadas al Club Malmoe (ciudad del sur de Suecia) para entrenar. Menos mal que les tocó regresar después del segundo partido, porque esos trapos podrían haber perdido su dignidad para la hora del intercambio final. Todavía en el ’78 nuestra Selección tenía un solo juego de camisetas y eso se repitió hasta el Mundial de México.

** Aquel muchacho en realidad jugaba al fútbol y muy bien, pero unos test psicofísicos desaconsejaban su presencia. Sacó 38 puntos cuando eran necesarios 123 para superar la prueba. Según cuentan las crónicas de la época, Joao de Carvalahaes, psicólogo de la Selección brasileña, fue muy contundente: “Es un débil mental no apto para desenvolverse en un juego colectivo”.

Pulgar abajo para el chueco    

** Condenado a dejar el fútbol por ese test, el futbolista Nilton Santos, lateral izquierdo del Botafogo, encabezó un movimiento interno para que este muchacho un poco raro, con la punta de sus pies doblados hacia adentro y una pierna unos centímetros más corta, viajara con ellos a Suecia. Finalmente fue incluido y se lució en la cancha con la Selección que ganó el Campeonato del Mundo en esa oportunidad. Los suecos lo creyeron utilero del equipo, pero el mundo lo conoció y admiró desde entonces por su apodo: Garrincha.

** Su vida, como la de muchos, nos enseña que para todo aquel que tiene una habilidad, la diferencia entre el anonimato y la gloria es una hendija, un lapso de segundos, un accidente, una casualidad, o un propósito con perseverancia.

** Se decía de Garrincha (nombre de un pájaro muy veloz del Amazonas, que le pusieron sus hermanos) que había perdido la virginidad con una cabra a los doce años y que su madre era en realidad una de sus hermanas violada por su padre. En otras palabras, reunía todas las condiciones para no ser admitido en un club “decente”, en una sociedad que ostentaba cierta devoción discriminatoria o un concepto de castas…

** …Pero en los potreros del fútbol y también en las canchas pueblerinas y en grandes urbes, a estos chicos, lejos de apartarlos, se los llama para integrarlos y buscar en ellos su costado valioso. Lo que importa es que muevan bien la pelota y muestren cierta astucia o inteligencia para el juego. A lo demás lo aprenderán después, como a integrarse y también desenvolverse en el juego colectivo, que era la preocupación –razonable, por cierto– de aquel psicólogo.

Los que quedaron en el potrero                 

** Jugando con pelotas de cuero que pesaban casi medio kilo, Brasil ganó aquel Mundial, en el que también debutó Pelé (apodo que en portugués, curiosamente, significa ‘don nadie’) que fue el goleador mientras que Garrincha se convirtió en el rey del dribbling. Se dice que ofrecía espectáculo y contagiaba a la hinchada con su fútbol alegre. Cambiaba de dirección, pisaba el balón, amagaba y desbordaba con una facilidad asombrosa. Por eso su epitafio lo declara “la alegría del pueblo” desde 1983 cuando falleció a la edad de 50 años, víctima de su adicción alcohólica. Alcanzó a ganar dos mundiales para su país.

** La víspera de un Mundial de Fútbol, que tanto significa para millones, nos acerca la reflexión sobre algunos Garrincha que llegaron lejos y otros muchos que quedaron en el recuerdo de unos pocos.

Muchas soledades han sido curadas por la camaradería del fútbol, en clubes que han pasado y quizás pasan tremendas necesidades. Cuando pienso en mi padre, presidente de un club del interior profundo, me asalta una vaga angustia ajena al comprender los desvelos de esa comisión para conseguir camisetas y cuidarlas cuando no había espónsores ni mecenas. ¿Qué les quedaba a éstos, cuando la propia Selección Nacional viajaba con apenas una muda para lavar y rehusar?

La intrusión de los degenerados                

** Fértiles almácigos fueron aquellos potreros donde nos igualaban las ganas de correr tras una pelota gastada, sin árbitros, sin reglas, y al caer la tarde cada uno se perdía en la misma penumbra, como si fuésemos conscientes de nuestro destino de piezas de ajedrez, donde el peón y el rey, al final de la contienda, vuelven a la misma caja. En este punto el fútbol une, aunque separa cuando la rivalidad se vuelve enfermiza y crea obligaciones en las hinchadas. Una obligación que confunde tribunas con trincheras.

** Son los momentos en que nos preguntamos cuándo fue que los degenerados llegaron a la intimidad de las villas deportivas, conociendo el caso del Club Independiente y quizás otros que se ocultan, que deben ser extirpados con fuego para que no se propaguen resintiendo en las instituciones deportivas el prestigio ganado por rescatar a los chicos extraviados o sin destino. O preguntarnos por qué nada se hizo a tiempo para impedir que las mafias convertidas en barras bravas se afianzaran en sus negocios sucios y el narcomenudeo.

¡Cruzala pa’l centrofóbal!                   

** El deporte siempre fue al rescate de los “pelé” (don nadie). Siempre hubo jugadores considerados los mejores de la historia en su mundo. Los hubo tanto en el orden nacional o internacional como en los clubes del interior y en cada pueblo o pequeña villa donde algún amateur dejó el recuerdo imborrable de jugadas magistrales. Allí nacieron, jugaron y murieron, miles de muchachos desgarbados que no tuvieron la suerte de Garrincha. Lo que no se debe hacer es compararlos. Cada uno fue una construcción individual.

** No es muy ecuánime comparar al Chango Cárdenas, crack de los años ’60, con Messi o cualquier otro jugador de la actualidad. Significaría comparar el rústico botín Sacachispas con una de estas creaciones de Adidas construidas con 48 materiales diferentes por un equipo de ingenieros, creativos y anatomistas. Han cambiado las tácticas, las estrategias, las reglas, los métodos de entrenamiento, la alimentación, la guita que cobran, los balones que patean y el piso sobre el cual juegan.

** Dedico estas divagaciones a don Carlos Velázquez, a quien admiré siendo gurí, radicado en Paraná donde es un asiduo lector de Paralelo 32. Fue jugador del tiempo en que se les seguía llamando: fulbá (al fullback inglés); half derecho, centrohalf y half izquierdo; güin (wing) derecho e izquierdo, insaider derecho e izquierdo, centrofóbal (por centreforward). Así decían mis abuelos y mi padre, que de inglés… ¡nada!, ni ganas de aprenderlo.

** Un aplauso para el asador y otro para el zaguero derecho.

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