Los primeros registros taquigráficos con los que se cuenta son los de Marco Tulio Tirón (103 a. C. – 4 a. C). Tirón fue secretario de Cicerón, un famoso orador y político romano. Si bien nació como esclavo, luego fue manumitido gracias las denominadas notas tironianas, que consistían en un sistema taquigráfico con los que transcribía los discursos de Cicerón. Es su apellido el origen de la expresión popular “escribir de un tirón”, en referencia a hacerlo de forma rápida.

En la actualidad la taquigrafía sigue utilizándose por practicidad y porque con ese sistema se replican elementos que en las grabaciones de audio no pueden apreciarse, como ser las expresiones de los oradores, las reacciones del público y otros estímulos visuales. También, es más eficiente leer las notas que escuchar todo el audio.

La primera sesión ordinaria del Concejo Deliberante contó con un taquígrafo que ofreció su trabajo ad honorem y registró lo sucedido en una reunión de casi cinco horas. La mano izquierda de Delfor Castro, el profesional en cuestión, reposó apenas en los intervalos concedidos por los cuartos intermedios, que estaban orientados con otros fines que no eran proponer descanso.

Más allá de la importancia de la sesión, todos estaban curiosos y querían ver los estenogramas con los que Delfor replicaba lo escuchado y observado.

Cuando Delfor llega a la redacción vestido de forma deportiva, primero indagamos sobre su nombre. Delfor, ¿quién se llama Delfor? Además, se escribe sin tilde y se pronuncia con acento: Délfor. Y, para colmo, escribe en signos ininteligibles que ante nuestros ojos parecen runas de alguna ciencia ya olvidada.

Luego de bromear a estos respectos, se da un diálogo ameno en el que le pedimos que escriba la introducción de esta nota. Esos estenogramas que se ven en la imagen están escritos por su puño y rezan: “En esta edición te cuento más sobre cómo es el laburo de un taquígrafo”. Perfecto, allá vamos.

“El trabajo más difícil de un taquígrafo es, una vez que terminás de escribir lo que alguien dijo, leerlo, ponerte en los pies del que no estuvo en el lugar y tratar de entender de si es entendible o no”, dice. “En caso de no ser entendible, porque el orador tuvo vicios al hablar o por otros motivos, tenés que ver cómo reescribís lo que dijo de modo tal que sea entendible para una persona que no estuvo en el recinto y también para alguien que lo lea dentro de cincuenta años”, continúa.

—Nosotros como periodistas tenemos el mismo trabajo, no es lo mismo el lenguaje oral que el escrito, entonces hay que adaptar la oralidad a lo textual, ¿existe ese debate en la taquigrafía?

—Ha llevado y lleva mucho tiempo de debate este tema. Tenemos los más fundamentalistas del lenguaje oral tal y como fue, y tenés un ala academicista que quiere hacer de una alocución un texto académico que vos decís: «Fulano nunca puede haber dicho eso de esa manera». Entonces, siempre intentamos buscar el punto de equilibrio, le damos forma, para que el lenguaje escrito sea entendible, pero tratando de mantener el estilo de habla del orador. Yo no podría, a determinados concejales, ponerle un término o expresión que jamás dirían. En base a esto, hay cambios, sí, pero los justos y necesarios.

Delfor calcula que, en una sesión de hora y media, la versión taquigráfica ya estaría disponible para el día siguiente. Esto agilizaría sobremanera el trabajo administrativo. Sobre esto último, el taquígrafo destaca el trabajo del personal administrativo del Concejo. “Hay que tener en cuenta que son cinco empleados, su trabajo es destacable. Cinco empleados manejan un Concejo. Para que se den una idea, en el Concejo de Rosario hay, al menos, doscientos empleados”.

“Los empleados tienen que tipear los despachos, hacer el orden del día, los asuntos entrados, todo… La verdad que los trabajadores hacen todo lo que pueden”, resume. Cabe señalar que Delfor trabaja en el equipo de taquígrafos del Concejo Deliberante de Rosaio, donde, como explicó, la realidad es otra.

—¿Cuánto tiempo lleva aprender el sistema taquigráfico y cuánto internalizarlo para escribir fluido?

—El proceso de aprendizaje depende de cómo y dónde se aprenda. A mí, por ejemplo, me llevó dos años porque lo aprendí en la escuela y estaba como una materia diagramada en ese tiempo. Aun así, en esos dos años, no vimos la totalidad del sistema, pero vimos las partes fundamentales. Si uno se pone a estudiar por fuera de lo que es el sistema educativo, en un año o año y medio puede aprenderlo completo. Sin embargo, cuando terminás de hacerlo no tenés velocidad de escritura, escribís, lo que se dice en la jerga, «dibujando las palabras». En este caso, dibujás los estenogramas y escribís muy lento. El proceso de internalización a mí me llevó dos años, pero no hay un momento en el que decís: «Acá aprendí, acá agarré velocidad». Es algo que depende en gran medida, quizá, del don. Conozco personas que hace mucho aprendieron el sistema, hace mucho lo entrenan y todavía no pueden pasar cierta barrera de velocidad. No sé cuáles son los factores que influyen, pero con un entrenamiento adecuado en otro año y medio o dos uno puede tener una velocidad digna.

En una situación ideal los taquígrafos trabajan en rondas cuyos turnos son de diez minutos en los que van rotando. Mientras no toman notas taquigráficas y esperan de nuevo su lugar, traducen las anotaciones que realizaron. “Incluso, hay lugares que cuentan con mayor presupuesto y tienen el doble de profesionales. Por ejemplo, en el Senado hay treinta taquígrafos que están cinco minutos en lugar de diez y tienen tiempo sobrado para traducir esos cinco minutos de taquigrafía antes de volver a la ronda”, cuenta.

Finalmente, Delfor cuenta que el Senado tiene una norma de calidad en la cual los taquígrafos se obligan, a las dos horas de terminada la sesión, a que ya esté subida a la web la versión taquigráfica. Más allá de las diferencias en materia de presupuesto entre el Senado Nacional y el Concejo de Victoria, la intervención de Delfor ha sido más que interesante, algo para tener en cuenta si se quiere mejorar la calidad en general del legislativo local.

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