Victoria.- Viernes al mediodía, una cuadrilla de máquinas y hombres vestidos de naranja se mueven presurosos llenando pozos de considerable tamaño sobre calle Ezpeleta ‘al fondo’, sin embargo a los vecinos no se los ve del todo contentos con esta acción, una señora sale a nuestro encuentro y nos advierte: “es un parche a años de indiferencia, pero esto es mejor que nada”.

‘Ellos votaron a otro’, se escuchó cierta vez en los pasillos de la Municipalidad cuando en el anterior, y el anterior del anterior gobierno también fueron a reclamar por un mejor asfalto.
‘Problemas de vertientes’, y la lista de imponderables sigue trasladando responsabilidades a militantes de Roque Ferrari o chicanas del tipo: “díganle a Liberatore que se la reasfalte”.

Los memoriosos recordarán la zanja que atravesaba aquel lugar y que a cada paso se hacía más profunda, al punto de perderse más allá del horizonte. Pasaron más de veinte años de esta imagen que seguramente los que vinieron después a poblar la llamada ‘Cortada Evita’ tal vez ni conocieron.

Hoy pesa sobre este lugar un halo de discriminación, la policía controla las noches porque está visto como un barrio ‘pesado’, donde no hay margen para la mejora, sin embargo esos vecinos viven a metros de uno de los bulevares más transitados de la ciudad y a menos de diez cuadras del radio céntrico.

Allí hay negocios, algunos talleres, docentes que se levantan temprano para ir a trabajar y que lejos de delinquir piensan que el futuro de la ciudad no los incluye por más esfuerzos que hagan, pagan la frustración de ese ‘no ser’ de otros, que hoy quizás ya no se acercan por estos lados como alguna vez lo hicieron prometiéndoles lo imposible y más.

En el pasado se afirmaba que si las vías de un tren pasaban por un lugar generaría progreso y mejores perspectivas para sus habitantes, hoy esa definición vale para el asfaltado y los servicios. Son incontables los casos de familias que no pudiendo vivir en la cuadrícula, se ven forzados a ubicarse más allá de los bulevares, esa ciudad o el proyecto de crecimiento no admite aún ni para ellos, ni para los que están dentro de esos bulevares, una oportunidad con plazos y donde no valga el color político o pese sobre ellos el estigma del pasado.

Más de uno se ríe todavía de los que viven lejos, ¡allá por el Camino Blanco!, o el ¡barrio de las Madres solteras!, de qué grieta estamos hablando, si nosotros mismos discriminamos a nuestros propios vecinos por el lugar donde viven. No es ahora, ni tiene que ver con una mala decisión, no creceremos como ciudad hasta que dejemos de poner parches y comencemos a trabajar por una mejor sociedad desde sus cimientos.

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