Crespo.- Una charla con Ángel Di Franco es un muestrario de anécdotas y chistes de un hombre que a sus 86 años mantiene la vitalidad y el humor. Su vida transcurrió entre la niñez en Rosario, la juventud en Victoria y la vida adulta con familia en Crespo. Fue vendedor de confitería, conscripto marinero cuando la colimba se hacía durante dos largos años, locutor de radio, empleado de farmacia y despachante de encomiendas.

– Ud. nació en Rosario, pero ¿cómo terminó en Victoria?

— Mi padre viajó a Victoria durante 19 años para atender su confitería, cargando mercadería en la lancha. Agarraba un mateo, cargaba la mercadería y la llevaba al depósito de los viajantes; después cargaba la lancha, descargaba, tomaba nota y salía al otro día para Rosario. Una vida de cansancio. La confitería se llamaba ‘Di Franco’; era una fábrica de masas, caramelos, de todo. Vendíamos mucho. Para carnaval era una locura. Teníamos un espacio más grande que una vitrina, con cuatro latas llenas de masas, cuatro abajo del exhibidor, más todo lo que tenía en depósito. Se vendía todo. ¿Viste cuando pasa la langosta?… se llevaban todo. Yo me había vuelto baqueano con las pesadas. La gente me pedía dos kilos: ‘dame tanto de estas masas, otro tanto de aquellas’ y cuando pesaba eran dos kilos justos. ¡Tenía una mano! Me decían ‘vos las contás’. Pero no, porque cada tipo de masa era de distinto peso. Al peso lo sentía en la mano. Teníamos un maestro de pala, siguió su hijo; luego aprendió mi papá. Mi padre tenía un carácter bastante ‘podrido’. En Victoria había gente de poca plata pero que quería aparentar. Pasaban el día en el Jockey Club, pero vos los dabas vuelta y no se les caían ni cinco centavos. Mi papá envolvía las masas en un papel fino de Ocasia, con cintitas. Costaba mucha plata. Le hacían problemas porque se veía un poco las masas cuando las llevaban. Se peleaba papá con los tipos porque no les cambiaba el envoltorio. Era tan recto que … hasta se peleó con el intendente, que era peronista. Mi viejo no. Le llegó al oído del intendente algo que dijo papá, no le gustó y le clausuraron la confitería.

 –  ¿Cómo era el trabajo en la confitería?

— Yo trabajaba desde las 6 de la mañana hasta las 12 de la noche. En el intervalo se iba mi viejo al cine que estaba enfrente y yo me quedaba atendiendo en el local. Llegaban los muchachos que estudiaban en la Escuela de Comercio. Yo les preparaba un sandwich de queso fresco, dulce de batata, más queso y otra porción de dulce de batata. Se comían todo. Yo me quería tomar una Bidú (gaseosa de la época, N. de R.). Empezaba a comer bombones o chocolates, lo dulce me daba sed y me la tomaba. Eran travesuras de chico o muchachón.

–  ¿Cómo llegó a trabajar en LT39?

—  Yo estaba en Victoria trabajando con mi papá en su confitería. A las 10 de la noche me iba a sentar a escuchar la radio, que pasaban discos. La familia Almirante, dueños de la radio, mientras uno cenaba el otro atendía. Un día los dos tuvieron un inconveniente y no pudieron estar en la radio. Me preguntó el dueño si me animaba a pasar los discos y unas propagandas. Yo iba pasando los discos y me animé a decir las propagandas al aire. La esposa estaba escuchando la radio en ese momento y le gustó mi voz. Le dijo a su marido que me invite a trabajar en la radio. Y así surgió que terminé haciendo locución en LT39.

–  ¿Qué estudios hizo?

—  Hice hasta sexto grado en Rosario, terminé la primaria y fui unos días a la Escuela de Comercio de Victoria, pero tenía que trabajar y era haragán en el estudio. Lo que aprendí me lo hice trabajando y relacionándome con la gente.

Marinero en Mar del Plata

–  ¿Le tocó la Marina en la conscripción?

— ¿Cómo fue que me incorporé? Fue en 1951. Me llamaron a Paraná, de ahí me llevaron a la ESMA, donde estuve dos días. Después fui a Campo Sarmiento, en la Base Naval de Puerto Belgrano. Era la época que en Campo Sarmiento no había nada. Comíamos al aire libre, nos servían los fideos sobre la bandeja de metal, golpeando la cuchara. Aparte no había agua, traían barras de hielo. Estábamos un día sentados en el suelo, esperando que nos dieran nuestro destino final luego de la instrucción. Teníamos sed y alguno se animaba a buscar un poco de agua, si lo veían saliéndose de la fila, ya estaban los jefes ‘¡carrera march!’ ‘¡salto rana!’

– La conscripción eran dos años en la Marina, en aquel momento.

—  Sí, yo entré el 1º de enero de un año y salí el 31 de diciembre del año siguiente. Estuve un mes de vacaciones, en mi casa, y después tuve que volver de vuelta por todo un año. Pero en la Base Naval de Mar del Plata, donde me destinaron, éramos unos señores. Nos decían ‘turistas’ los ‘bichos verdes’ (infantes de marina, N. de R.). Yo era ‘gaviota’ (conscripto de marinería, N. de R.). Almorzábamos, salíamos a las 5 de la tarde, íbamos a las playas, mirábamos las chicas, volvíamos a las 6 y media para la hora de comer. Después volvíamos a salir hacia la noche. Los que estaban en la guardia nos decían ‘ahí vienen los turistas’. (sonríe).

La familia

– ¿Tuvo hermanos?

— Dos. José Luis, de quien publicaron en Paralelo 32 algunos poemas, vivía en Rosario; y Nélida, que vivió en Crespo y estaba casada con Brambilla. Mi hermana Nélida, mamá de Cachi Brambilla, muchas veces la llevaba yo en el auto a su casa cuando salía de la escuela. No fue que alguna persona le vino a mi mujer con el chisme y le preguntó ¿qué es la viuda de Brambilla de tu marido, que veo que siempre la alza él? (sonrisas) ¡Hasta eso! ‘Es mi cuñada’, le dijo mi mujer.

–   ¿Cómo conoció a su mujer?

— Mi hermana Nélida ya estaba en Crespo. Justamente en una visita que le hice en 1957 conocí a mi mujer. Ella no me quería dar bolilla, porque creía que era militar. Fuimos una vez al cine de Dorato, ella llegó primero y se sentó en una fila. La estuvieron ‘carpeteando’ que yo iba al lado de ella. Cuando voy al cine, la mujer de Dorato me vende la entrada y me dice ‘ella está sentada por allá’. ¡Ya me conocían y sabían que andaba con Estela!

–  ¿Usted seguía viviendo en Victoria?

—  Yo venía a visitar a mi novia. Papá tenía un auto y me traía. Mi papá no manejaba bien y mamá viajaba con miedo. Por ahí le decía ‘Luis, ponete más a la derecha’. ‘¡Si voy por la derecha!’, le contestaba él, pero se iba al medio. Le pedí a mi papá que me diera el auto, para que mamá no tuviera con miedo. Me dio el auto. Más adelante, estando ya en Crespo, un día fuimos con mi hermana y su familia al corso de Victoria y nos teníamos que volver temprano porque al otro día, Cachi Brambilla tenía que izar la bandera como encargado en la Municipalidad. Se nos descompone el auto a mitad de camino, y estaban todos adentro con los vidrios cerrados, por los mosquitos. Me acuerdo otra anécdota en los bailes. Había tantos mosquitos, que para bailar era común que la compañera de baile tuviera una rama de paraíso en la mano para espantarlos.

La infancia

–  ¿Qué recuerda de su infancia en Rosario?

—   Vivía en una cortada a dos cuadras de la terminal de ómnibus. Jugábamos a la pelota con los vecinos de la otra cuadra. Había un vigilante que pasaba en bicicleta como a las seis de la tarde para ir de la comisaría a su casa. A veces no nos acordábamos que iba a pasar y seguíamos jugando en la calle, que estaba prohibido. El pasaba, lo veíamos y disparábamos a nuestra casa. Si quedaba la pelota tirada en la calle, el vigilante la tomaba la ponía debajo del asiento y se iba con la pelota. Ahí se terminaba el partido. Otra anécdota. Había unos muchachones que nos hacían correr la vuelta a la manzana a los más chicos, para ver quién aguantaba más. Yo tenía mucho amor propio y corría mucho. Otros hacían 15 o 20 vueltas, y más no daban. Yo hacia 30 vueltas. Llegaba y era un tomate de colorado que estaba, hervía de calor. ¡Me daban una cucharita de madera como regalo por ganar la carrera!

– Se casó y vivió siempre en su casa actual

—  Cuando me casé fui por tres años a vivir a una casa al lado de Bar Gadea (estaba donde ahora hay un salón, en la esquina de San Martín e Independencia, N. de R.). Teníamos un baño que se compartía con los clientes del bar, era un desastre. Teníamos que ir a la casa de mi cuñada, pegada a mi casa actual, para pedir el baño. Yo había solicitado un crédito al Banco de Entre Ríos, cuando voy a pedirlo, justo cortaron por tres años. Cuando se reinició el crédito había que aportar el 25% de lo que se pedía. Yo pedí 300 mil pesos y mi padre me prestó el dinero restante. El terreno era de mi señora. En el año 1964 me fui a vivir a la casa que hicimos y es la de ahora. Me hizo la casa el papá de Juan Carlos Arce.

Tres décadas en la farmacia

–  ¿Trabajó muchos años en la Farmacia Schroeder?

—  Empecé en 1960; el farmacéutico era Andrés Schroeder, mi cuñado. Yo era un empleado más de la farmacia. Conmigo trabajaron Andrés Kloster, Bayer, Ábrego, las hermanas Goette, Carlos Rothar, Ubaldo Gareis. Entre otros, fueron más de diez personas. También trabajaba un hermano de Andrés Schroeder, Samuel Salustiano, a quien le decían ‘Mellie’. Gracias a Andrés Kloster me hice casi idóneo en la farmacia porque él me enseñó a hacer las preparaciones. Estuve hasta el año 1992.

–  ¿Aprendió a hacer preparados farmacéuticos?

—  Sí, con Kloster. Él se dejaba una uña más larga porque había que preparar mezclas para gripe, para diarreas, llenando unas obleítas y con la uña las cerraba más fácil. Él me enseñó a hacer preparaciones, limonadas, diadermina. Todo lo que ahora viene envasado.

–   ¿Al principio no había muchos medicamentos envasados?

—  Como un 50% era envasado, el resto se preparaba. Teníamos tarros con medicamentos que se preparaban. El sábado al medio día, con una escalera larga hasta el techo, volvíamos a poner los tarros en los estantes más altos de la estantería de la farmacia. Andrés se subía y yo desde abajo le tiraba los tarros, él los agarraba y los acomodaba. A veces cambiábamos de lugar. ¿Qué pasó un día? Llegaron las 12, nos pusimos a acomodar los tarros, yo subido a la escalera. Había un sótano donde teníamos los sueros. La abertura estaba en la parte donde íbamos corriendo la escalera. Yo estaba de espaldas a Kloster, recibía los tarros y los colocaba en el estante. Una de las chicas abrió la puerta del sótano para bajar a sacar un suero y dejó la puerta abierta. Yo iba bajando de espaldas, no vi el agujero y faltando dos o tres escalones doy un salto hacia abajo para bajar más rápido. Me caí sobre la abertura del sótano, con una pierna quedé clavado en la rodilla sobre el piso del local. Quedé con mucho dolor. Vi a Mirta Legrand y todas las estrellas (sonríe). Pero gracias a Dios, no me pasó nada más que el dolor.

–  Fue en tiempos que las farmacias eran tres: Schroeder, Kaplan y Curuzú.

— Primero fueron Schroeder y Kaplan, luego vino Curuzú. En aquellos años hacíamos los pedidos a Paraná por teléfono. Cuando no andaban los teléfonos nos íbamos a la central telefónica que estaba cerca de mi casa. A veces los pedidos, que venían en colectivo, se pasaban de largo hasta Ramírez. Había que esperar que vuelvan de vuelta. Le comprábamos a la Cooperativa Farmacéutica. Por eso me conocen de tantos años en Paraná. Me acuerdo de una anécdota. Apareció un billete nuevo con la figura del presidente Santiago Derqui. Yo tenía uno y se lo muestro a mis compañeros. Teníamos una secretaria que anotaba el fiado, Nelly. Tenía una cantidad enorme de boletas. ¡A quién no le fio Andresito, si hasta a un gitano que tenía que tomarse un remedio a las dos de la mañana le dio un reloj despertador para que no se le pase la hora! Le quise mostrar a Nelly el billete nuevo y ella estaba meta anotar los fiados, ni levantaba la vista. Le digo: ‘Nelly, lo conocés a Santiago Derqui’ y ella me responde sin levantar la cabeza ‘sí, anotalo’ (risas). Le fiaban mucho a la gente y no toda era de fiar. Un día le digo a Mellie, que le había fiado a uno, ‘mire adónde va’. El tipo estaba entrando en una agencia de quiniela a jugar la plata del remedio que Mellie le acababa de anotar a cuenta.

–  Fue una buena época.

— Sí. Aparte, teníamos las vacaciones, un hotel en Mar del Plata y nos íbamos por diez días, todo gratis, pasando a la alta escuela. Por el sindicato de los empleados de farmacia. Con un 4L me fui a Jujuy, salí a las 8 de Santa Fe y llegué a las 11 a Jujuy. Después íbamos con Andresito Schroeder, que era como el jefe de la familia. Decía ‘hoy vamos a Córdoba’. Íbamos todos en sus autos y volvíamos en el día. Cuando cumplió 15 años una sobrina, en Jujuy, yo fui con un Renault RS. Cuando íbamos, pinché una goma. Llevaba toda la ropa de la fiesta. Puse la goma toda embarrada con un envoltorio, puse mi saco por ahí y no cerraba la puerta del baúl. Hasta que de tanto golpearla, se cerró. Cuando llegamos a Jujuy y abrí el baúl tenía toda la manga del saco ‘masticada’ porque había sido la causante de que no pudiera cerrarse.

– ¿Hizo otras cosas aparte de trabajar en la farmacia?

—  Crie pollos parrilleros con el doctor Volpe. Me dijo ‘vamos a criar pollos parrilleros’. Criamos pollos detrás de la granja La Frisia de Sagemüller. Volpe dejó y seguí yo pero no anduvo el negocio con el encargado de la granja. Después también crie pollitos en una granja en la ruta 32. Vino una época que hizo tanto calor que se empezaron a morir los pollos, y tampoco anduvo.

–   ¿Cómo se adaptó a los cambios de tecnología?

—  No tengo nada, de casualidad tengo un celular viejo para mensajes y hablar. Nunca me preocupé por la tecnología. Aparte, no tenía muchos amigos personales. El negocio me absorbía, en la farmacia trabajaba sábados y domingos. Andresito tenía un problema con la gente en esa época, no sabía hablar alemán.

–  ¿Qué raro que no supiera, porque en esos tiempos era un mandato familiar hablar el idioma de los padres y los abuelos?

—  El padre no les enseñó. ¿Qué ocurría? Venía la gente, contaba un cuento en alemán, se reían. ¿Qué tuvo que hacer Andresito? Compró discos de cursos en alemán y aprendió, para entender.

Los Di Franco

–  ¿Su padre era de esos tanos duros?

—  Mi abuelo y mi abuela eran así. Mi padre pudo viajar, no era así, con poco estudio que tenía formó una familia. Mi padre hizo de todo. Una vez compró un bar y cine en Laborde, Córdoba. El tipo que quería vender invitó a los parroquianos a tomar el día que estaba mi papá, le mostró cuántos iban al bar y así lo enganchó. Después que compró no iba nadie. Tenía cine, pasaba películas, el tren le dejaba las latas, a veces se confundían y les daban latas equivocadas. Papá tenía que irse al otro pueblo a buscar la parte que le faltaba de la película. Ahí nació mi hermana, Nelly. Eso fue antes de venirse a Victoria.  Mi papá tenía ‘una pinta bárbara’. Pero tenía un temperamento fuerte, quiso siempre ser muy recto.

–  Y con la política, ¿a Ud. cómo le fue?

—  Nunca me interesó ni para acomodarme. Y eso que tuve un yerno intendente (Eduardo Salcerini, ex esposo de Silvia, N. de R.) o un sobrino intendente (Cachi Brambilla, N. de R.), ahora un yerno secretario (Omar Molteni, marido de Ana María). A mí no me interesa la política, nunca me interesó y no fui de aprovecharme. Así transcurrió feliz mi vida, voy a cualquier parte, charlo con uno y con otro.

–  ¿Siguió trabajando?

—  Después estuve trabajando en varios lugares: en el Seguro San Cristóbal, en calle Yrigoyen, mi jefe era Weber. Estuve de conserje en el Hotel Holliday, cuando su propietario era Salvador Paúl. Ahora es el Hotel El Águila. En Transporte Marcelito trabajé durante 11 años, repartiendo encomiendas desde 1996 hasta el 2007. Yo recibía muchas mercaderías que metía en el living de casa. Comencé a trabajar con reparto de correspondencia y medicamentos como representante de la empresa Servi – Jur, durante 22 años. También repartí encomiendas de las empresas Romero, El Cóndor, Danipaq y correos de Paraná como Sidecreer, Corsafex, Dicom, Sircar, O.D.L y Correx. Pero dejé desde el 10 de julio pasado, aunque todavía tengo cinco clientes que me quedaron. Lo tengo para hacer algo, pero no es para ganar dinero.

–  ¿Siempre tuvo un buen trato con la gente?

—  Es que lo que más me gustaba y me sigue gustando de todos los lugares donde trabajé, tanto en la confitería de mi padre, atendiendo la farmacia, en los otros empleos, y como transportista, es hablar con las personas y sobre todo, la oportunidad de contarles chistes y ocurrencias que guardo en mi memoria. Primero les proponía contarles chistes, pero ahora al lugar donde voy ya me identifican y me llaman para que les cuente uno. Disfruto mucho divirtiendo a la gente.

Quién es

Ángel Alberto Di Franco nació en Rosario el 22 de agosto de 1931, tiene 86 años. Casado con Estela Schroeder en 1959, tiene tres hijas Silvia, Ana María y Miriam que vive en Bell Ville (Córdoba); y seis nietos. Sus padres eran Luis Di Franco, nacido en Catania (Sicilia, Italia) y su madre Doraliza González, hija de padre español y madre francesa. Dos hermanos ya fallecidos, José Luis y Nélida.

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