Cuando comienza febrero, al tercer día, se conmemoran dos batallas épicas en el país, separadas por 39 años. La de San Lorenzo, bautismo de fuego del cuerpo de Granaderos a Caballo formado por el coronel San Martín, y la de Caseros, que los entrerrianos tenemos más presente porque la comandaba nuestro comprovinciano el General Urquiza. La primera tuvo entre 120 y 130 hombres de cada lado y hoy se la recuerda con una bellísima pieza musical (la Marcha de San Lorenzo); la segunda batalla,  23.000 del lado de Rozas y 24.000 al mando del General Urquiza.

La de San Lorenzo tiene más valor porque se jugaba la defensa de la Patria nueva, en 1813; la de Caseros fue una contienda interna, aunque nos valió sin embargo obtener nuestra Constitución, piedra basal para organizarnos como nación, y convertirnos en un país federal. Pero ambas fueron importantes.

Quedemos en San Lorenzo

La más arropada de curiosidades, anécdotas y momentos alucinantes es la de San Lorenzo, que duró tan solo 15 minutos, ambos bandos se adjudicaron la victoria y cada uno contó los muertos y heridos a su antojo, según los partes de guerra que se pueden leer hoy en los archivos históricos. De ella nos ocuparemos…

El 3 de febrero de 1813 el agua era dominio de la Corona y el territorio de “los insurgentes”, que aún no tenían bandera aunque Belgrano hacía exactamente un año y diez días que había enarbolado una en Rosario, que sería oficializada cuatro años más tarde, en 1816. Los españoles ingresaban por los ríos y hacían incursiones en tierra en busca de alimentos y caudales.

Los criollos no tenían flota marítima, de manera que San Martín y sus granaderos a caballo siguieron desde la costa a 11 barcos comandados por Rafael Ruiz, una verdadera proeza en pleno verano, cubriendo en solo cinco días el trayecto desde Buenos Aires a San Lorenzo, 26 km al norte de Rosario.

Se escondieron tras el convento y atacaron por dos flancos cuando descendieron 125 realistas portando dos cañones livianos. “La disputa sería entre la caballería patriota y la infantería realista. Los hombres del Rey portaban fusiles más unos pocos sables, los granaderos, sables y lanzas. El gobierno no alcanzó a proveerles sables a todos por falta de fondos (y de buena voluntad, tal vez). Por tal falencia, antes de partir del cuartel de Retiro don José había ordenado a sus soldados que se fabricaran lanzas con tacuaras”, relata el periodista e historiador Daniel Balmaceda. (Era lo que había, qué le íbamos a hacer).

Fue allí donde el heroico soldado Cabral pasó a la historia. Según el relato de este mismo periodista. “Un disparo le derrumbó el bayo a San Martín pocos metros antes de toparse con la primera línea enemiga. Su pierna derecha quedó atrapada debajo del pesado cuerpo inerte del animal. Una bayoneta enemiga estuvo a punto de liquidar al comandante. Fueron apenas unos segundos en que San Martín quedó entre el bayo y la bayoneta enemiga. Entonces, el soldado correntino Juan Bautista Cabral desmontó de un salto para protegerlo y recibió dos estocadas mortales (…)”

“El peligro acechaba. El enemigo de la bayoneta fue atravesado por la lanza del granadero puntano Juan Bautista Baigorria (se llamaba igual que Cabral), quien también concurrió en auxilio de su superior. Este tropiezo detuvo el ímpetu del escuadrón, que regresó hacia el convento para reorganizarse en segundos y reiniciar el ataque”.

Cuenta Balmaceda que el coronel San Martín y el comandante Ruiz, que comandó el desembarco, se reunieron al día siguiente para intercambiar prisioneros. El blanco pantalón del realista exhibía una mancha de sangre por la herida de lanza que sufrió en la contienda. El futuro Libertador tenía el brazo derecho inmovilizado, porque se había dislocado el hombro en la caída. Y acá viene lo divertido:

“Tomaron el desayuno completo servido por los monjes del convento, conversaron con mucha amabilidad y corrección, bebieron vino, almorzaron algo liviano –esa era la costumbre: buen desayuno y poco almuerzo– y después de lo que hoy llamaríamos brunch ¡los dos comandantes durmieron la siesta en los claustros del convento!”

“Más tarde, Zabala se abrazó a San Martín y partió con media res más otras provisiones, con la condición bajo juramento de que sería empleada para alimentar a los heridos”. Los muchachos venían de shopping, los corrieron a sablazos, compartieron desayuno y almuerzo sobre la sangre derramada y se fueron con lo que buscaban.

“Dos años después de este suceso, San Martín y Zabala se reencontraron en Mendoza. El ex jefe realista le ofreció sus servicios al Gran Capitán. Pero éste los rechazó de la manera más cordial, aunque dispuso que se le otorgara una pensión”. Más adelante se lo ve a Zabala en los festejos que se realizaron en Mendoza por la declaración de la Independencia.

¿Quién ganó aquel 3 de febrero de 1813? No está muy claro, pero a pesar de las diferencias notables en la información elevada por cada uno, la realidad fue contundente. Nunca más, luego de aquella paliza (o susto), las tropas del Rey volvieron a saquear los poblados en el Paraná.

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