(Por ​Violeta Vazquez​, ​Biodecodificadora Rizomática, Autora de “Basta de repetir la historia Familiar” y de “Dar la Teta”, ​Ed​ición​ del Nuevo Extremo)

La vida se produce por medio de dos fuerzas, nuestros padres. Cada concepción es un “milagro” para cualquier razonamiento. Renegar del poder de la sangre es absurdo. Estamos entrelazados a través de la filiación, y pertenecemos a un sistema. Claro que mediante la crianza adoptamos formas, gestos y destinos diversos. A través de la crianza nos repetimos o nos diferenciamos, nos salvamos, nos volvemos resilientes, o enfermamos. A través de la crianza obtenemos o no lo que necesitamos siendo niños, y a través de la crianza creamos nuestros roles y personajes para sobrevivir. Sin embargo nuestros padres biológicos, siempre serán nuestros padres. Sean como sean, y estén donde estén. Juzgarlos es estúpido, porque nos expulsa de la fuerza de la vida que se nos da a través de ellos.

Conocerlos es un viaje, a veces paradisiaco, a veces de tren fantasma.
Son nuestras propias células las que guardan la información de sus vidas (esto se está comprobando científicamente). Somos nosotros mismos los que cobijamos sus vidas y podemos transformarlas a partir de reconocerlas y elegir nuestro futuro con conciencia.

Los padres que nos salen ser están íntimamente relacionados con nuestra pareja de progenitores. Los profesionales que nos salen ser, también. Las mujeres que somos, muestran la cara de lo que fueron nuestras abuelas y bisabuelas. Y los mecanismos de huida, ataque y defensa suelen ser copias fieles de las herramientas que ellos tuvieron en su momento, no de las nuestras.

De algunos ancestros somos “dobles”. Según coincidan fechas, nombres o profesiones, Llegamos al mundo luego de una muerte importante, estamos haciéndonos cargo de esa historia y tratando de continuarla o vengarla. Las fechas importantes a tener en cuenta son las de nacimiento y defunción. Y las vamos a comparar con nuestra fecha de cumpleaños y nuestra posible fecha de concepción (nueve meses antes). Si hay similitudes, tomando diez días de tolerancia para un lado y para el otro, hay coincidencia. Por ejemplo, si mi abuelo murió un 26/9 y yo fui concebida un 18/9, somos dobles. Mi suegra cumple años el mismo día de mi concepción. Así, mi pareja “buscó” a alguien para emparentarse a un “doble” de su madre. Aunque nos parecemos muy poco, nuestras almas resuenan y el vínculo que hacemos con mi marido tiene sus parecidos.

Los nacimientos de un día equis del mes 1, estarán en sintonía con los nacidos/muertos/gestados en el mes 4, 7 y 10. Así como hay una sincronía entre lo que sucede en el mes 1, 4, 7, y 10, la hay con: el mes 2, 5, 8 y 11, el mes 3, 6, 9 y 12.

Dentro de la metodología que utilizamos, pedimos a los consultantes que traigan fotos de su sistema familiar y de su infancia. Con las imágenes presentes, “decorando” el consultorio, evidenciamos expresiones y cuerpos. En algún momento de la vida del consultante o de sus padres los cuerpos pierden espontaneidad, se acortan, se encierran. Las fotos pueden leerse desde varios planos y con diferentes objetivos.

No todos somos herederos de todo. Algunos funcionamos como “chivos expiatorios”, algunos somos la papa caliente o el centro visible del conflicto, quedando los demás exentos de la carga. La repartija no suele ser equitativa. Algunos nos hacemos cargo, porque asumimos la misión de ponerle el nombre propio a la historia de otro (el hijo “fallado”, el hijo “rebelde”, el hijo “nacido para cuidar a los padres”, el hijo “sostén económico”). Algunos escapan a otras latitudes, pero aún así, en algún momento deben hacer el camino de regreso a casa, para saber quiénes son y por qué se han ido realmente. Algunos sólo se conocen intoxicados, otros son eternos negadores. Algunos nombran lo que pasó y otros no nombran nada. Lo que no es nombrado, no existe. Si mamá no nombró su angustia, su desamor, su violencia, tuvimos una infancia supuestamente feliz. Pero nuestro recuerdo dormido vibra empujando una vivencia que no se condice con el discurso materno.

Cuando somos adultos y no nombramos lo que nos pasa, lo dejamos pasar, lo anulamos. Contrariamente a la casa de mi marido, en mi casa siempre se nombró lo que faltaba. No en términos económicos, sino en términos emocionales (“a tu tía Dora nunca la tocaron, a Elvira no la quisieron”). También se nombraba el sacrificio, el cansancio y lo terrible del mundo. A veces la emoción, la nostalgia y el amor en los lazos familiares (lo que no nombraba mamá lo nombraron películas que veíamos juntas: Como Agua para Chocolate, La casa de los Espíritus, La Lección de Piano, Laberinto, Cumbres Borrascosas, El Nombre de la Rosa, etc). Lo que no se nombró fue el placer. Y el placer parece que no existió.

No hacemos genealogía para buscar LA causa de un conflicto o de una enfermedad, porque LA causa siempre es una maraña de causas indescifrables, complejas y sobretodo sutiles. Buscamos pistas, sincronías, y revelaciones. Encontramos las omisiones, los lugares sin sentido, y prendemos la luz, justo ahí, a ver qué hay.

Conflictos programantes y desencadenantes ¿Qué son?

El concepto de conflicto desencadenante de una enfermedad no es sencillo de explicar porque se basa en los postulados del doctor Hamer, un médico alemán que estableció leyes médicas muy lejanas a la medicina convencional.

Lo que puedo resumir es que toda enfermedad empieza con un suceso puntual, vivido con dramatismo y en soledad. Una sensación que no podemos transmitir con palabras. Ese no suele ser el comienzo de los síntomas, que aparecen generalmente cuando el conflicto se resuelve. Lo que advierte la biodecodificación es la existencia de otros conflictos que “resuenan” con el desencadenante a lo largo de la historia de la persona (y de la prehistoria también). Estos programantes van haciendo huella, son hechos puntuales unidos por una temática. La temática de cada uno es nuestro hilo conductor, el riel donde estallan nuestros conflictos.

El cuerpo es el mapa. Si los síntomas son en los senos, nos hablan de una historia de conflictos de nido. Si el problema está en los huesos (la estructura básica), seguramente tengamos que buscar historias (y programantes) de desvalorización.

No es lo mismo si el tejido afectado pertenece al dominio del endodermo (o tronco cerebral), al mesodermo (sustancia blanca y gris) o al ectodermo (corteza cerebral). Estas capas embrionarias diferencian partes de nuestro cerebro que se hicieron cargo de las funciones biológicas a lo largo de la historia de la evolución. La primera capa se relaciona con el control de órganos vitales, por lo tanto conflictos de reproducción y supervivencia (es la capa que compartimos con todos los seres vivos). La segunda capa controla los tejidos de protección. La tercera controla el movimiento y el desplazamiento, apuntando a conflictos ligados a la estructura y el movimiento. Y la cuarta capa controla los tejidos y órganos externos, y de pase (o conductos), ésta nos sugiere conflictos sobre la comunicación y el territorio, muy propios de nuestro desarrollo evolutivo actual.

Cuando los órganos afectados pertenecen a las dos primeras capas, generan masa (tumefacciones) cuando el problema de la persona está activo y la masa se detiene o deteriora cuando el conflicto se soluciona. Si los órganos pertenecen a las últimas capas, se ulceran en fase activa del conflicto y reparan haciendo masa cuando el conflicto se resuelve. Un cáncer de cuello de útero se descubre con el conflicto resuelto. Un cáncer en la glándula mamaria, si está activo, denuncia un conflicto que aún perturba a la persona.

Desarrollé más sobre esto y las enfermedades arquetípicas en mi libro Dar la Teta. La terapia de Biodecodificación Rizoma no reemplaza ningún tratamiento médico si no que busca las causas más sutiles, antiguas y problemáticas para la persona, y comprende desde otro paradigma los ciclos de cada sintomatología.

Todo aquello que quiero decodificar tiene un viaje previo. A ese viaje lo llamamos Hilo Conductor. Se trata de la temática principal que se repite en varios hechos a lo largo de la historia. Ejemplo sencillo: Juan (40) hace tres años que tiene un miedo “exacerbado e ilógico” (según él) a perder su trabajo.

Desencadenante:

Hace tres años comenzó la reducción de personal en su empresa coincidiendo con un el abandono de su novia. Se siente desvalorizado y cree que si no pudo sostener ese vínculo posiblemente no lo vean con condiciones en el trabajo. Además de su pre-historia descubrimos que su padre se suicida a los 37 años por una profunda desvalorización que tiene su raíz en el mundo laboral.

Programantes:

24 años. Conflicto de no ser suficientemente bueno cuando no aprueba por tercera vez una materia que debía promocionar para “salvar” el año en la facultad (¿A quién no pudo salvar?).
18 años y seis meses (la mitad de la edad del desencadenante). Su madre le pide que se alquile un departamento porque ella se irá a vivir con su pareja.
9 años (de nuevo la mitad). “Pierde” en la final de un casting de talentos infantiles.
4 años (seguramente la mitad del anterior). Muerte de su padre. “No decidió vivir ni siquiera por tenerme a mí”.
Proyecto sentido. Durante su embarazo los padres esperaban una nena.

Transgeneracional:

Es doble de su abuela materna, que inmigró de Europa tras la hambruna de la guerra. Además tiene el mismo nombre que su abuelo paterno, quien fue estafado en su propia empresa y “dejado” en la calle.

¿Cuál es el hilo conductor? “No me eligen porque no soy suficientemente bueno. No me puedo “salvar”.”

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