Crespo.- El jueves 28 de septiembre dos ex adictos de Paraná, Salomón Pedrotti y Leonardo Rodríguez, tuvieron una extensa charla con alumnos del Instituto Padre Enrique Laumann D-49. La iniciativa partió de la dirección, docentes y padres de la institución, preocupados por el creciente desarrollo del narcotráfico y las adicciones en la comunidad. Antes del encuentro con los alumnos, Pedrotti y Rodríguez dialogaron  con Paralelo 32 y expusieron con crudeza la vida que llevaban, sus conflictos y los desafíos que aún viven para superar esa etapa que marcó negativamente su adolescencia.

– ¿Por qué un pibe entra en la droga?

— Salomón Pedrotti (SP): Por lo general entrás por juntarte con personas que no debés juntarte. Por falta de atención de tu familia, por falta de un proyecto personal. Todo cuenta, incluso el barrio. Salir es difícil, si no hay alguien que te ponga un límite. Y es muy difícil ponerte un límite vos mismo, siendo un adicto. Se necesita mucha ayuda de la familia, que presten atención a las personas con las que se junta el chico. No juzgarlo mucho, porque es víctima de la adicción. Hay que tenerle paciencia y ayudarlo.

– ¿En Paraná, los ambientes de barrio están muy condicionados por la falta de atención de la familia y el narcotráfico? ¿Ya es una cultura barrial?

— SP: Sí, por lo general donde hay venta de drogas, y en todos los barrios de Paraná se vende droga. La mayoría de las personas están ‘infectadas’ por el narcotráfico. A los chicos les cuesta mucho no llegar a drogarse estando en ese ámbito. Más que nada porque siempre hay una persona que te incita a consumir. O por las cosas que ves. Y cuesta mucho, teniendo el narco que vende en el barrio. También cuenta la falta de atención de la familia. Cuesta no caer, porque un adolescente se ve reflejado en otras personas que no son la familia. En amigos, en narcos. Por lo general, los narcos tienen muchas cosas. Y el chico, al no tener nada quiere seguir ese paso, o consumir.

– ¿Cómo es tu historia con el consumo de drogas, Leonardo?

— Leonardo Rodríguez (LR): El consumo empezó por un vacío que tenía dentro de mí.

¿A qué edad comenzó tu vacío?

— LR: Empecé con varios complejos, que recuerde… cuando tenía ocho o nueve años. Complejos que se me fueron formando en la escuela. Después, iba a un club donde hacía fútbol, y me discriminaban por ciertas cosas. Los grupos se van armando y te dejan de lado…

– Hoy se habla mucho del bullying como un problema.

— LR: Sí, así se inició todo. Después, como decía Salomón, uno encuentra en los grupos que consumen algo en común, que es el dolor que tienen adentro. Una ausencia de algo, un vacío, uno se siente cómodo con ellos, e iniciás un camino hacia el consumo. A mí me pasó eso en la escuela, estaba el grupo que me separaba, y el grupo que se drogaba. Me empecé a juntar con el grupo que consumía, ahí se inició el camino. Primero con el alcohol, después la marihuana con los gurises de la escuela y estaba ‘todo re bien’. Pero después se me fue de las manos.

Consumir desde temprano

– ¿A qué edad comenzaste?

— LR: A los 15. Había repetido segundo y tercer año. Ya mi cabeza se hacía un complejo totalmente, y en vez de querer estudiar o progresar buscaba la forma de sentirme cómodo con ciertos grupos. Empezó a los 15 años, pero, gracias a Dios, mi familia me pudo agarrar a tiempo. A los 17 años empecé el tratamiento de rehabilitación. Había llegado a un punto que ya no podía estar más, el consumo de cocaína era muy elevado. Ni siquiera dormía, si dormía dos o tres horas era mucho.

– ¿Cuánto era ‘consumo elevado’?

— LR: Mucha cocaína. Primero empezamos con una bolsa de 50 pesos o cien, después pasamos a unas tizas que salían 600 pesos. Cuando uno conoce cocaína de buena calidad, es mucho más adictiva, gastás mucha más plata. Estoy hablando de 500 o 600 pesos todos los días. Pero en un lapso de dos o tres semanas.

– ¿De dónde sacabas el dinero?

— LR: Eso es lo más doloroso. Yo laburaba en la construcción, siempre lo hice desde muy chico. Siempre me gustó la construcción y cuando comencé a consumir necesitaba plata para consumir cada vez más. Ya había repetido en la escuela, no me aceptaban, quedé libre y tenía que trabajar. Después la plata ya no me alcanzaba, porque cobraba un viernes y si me duraba hasta el sábado a la noche era mucho. Después fui robándole plata a mi familia. No salí a robar afuera, ni con armas ni robando, pero sí le robaba a mi familia, que es lo más doloroso.

– ¿En tú caso, Salomón, cómo conseguías el dinero?

— SP: Lamentablemente, mi padre se separó de mi mamá cuando yo era chico. Mi madre criaba a cinco hijos, necesitaba mucho y estaba muy mal en lo económico. Eso me llevó a… primero, conocí unos chicos del barrio que su familia eran vendedores de droga. Cuando me di cuenta que vendían, pedí trabajar para ellos. De ahí conseguía plata para ayudar a mi familia, pagar la casa que estaba embargada por deudas de mi papá que había pedido un préstamo y después renunció. Empecé vendiendo droga y llegó un momento que se me dio por probar, al ver tanta gente que se drogaba. Me dieron ganas de consumir; consumí y después me ‘enganché’. Empecé a vender y consumir, fue lo que más mal me hizo. Nunca necesité plata para drogarme, porque estaba en el negocio. Pero eso fue lo que me hizo más mal porque era imposible ponerme un límite estando en ese ambiente. Cuando me hacía falta drogarme, iba y pedía.

– ¿Es un ambiente violento el narcotráfico, no hay códigos?

— SP: Es peligroso. Por lo general la rivalidad está entre las otras personas que venden. Pero al ser una movida tan grande, es muy difícil que se metan con esas personas, porque son peligrosas.

Policías y narcos

– ¿Cómo juega el Estado, la Policía, la Justicia?

— SP: Hasta el año pasado, la Policía siempre allanaba. Pero hay mucha corrupción. Fue disminuyendo la corrupción gracias a una persona en Investigaciones que es muy buena, este año ha ayudado bastante. Pero cuesta terminar con eso, porque está toda la familia comprometida. Hay casos que meten preso al narco que está a cargo, pero después sigue la hermana, el padre, la madre… cuesta mucho para la policía.

– Es un negocio y una forma de vida.

— LR: Cuando consumía, una vez que salía de la casa donde iba a comprar, me paró la policía y me sacó la droga. Entonces, yo fui y le pedí al muchacho que me vendía que me diera droga de vuelta porque me había sacado todo la Policía. Él me dijo: ‘Pero si nosotros les estamos pagando, es imposible que te hayan sacado’. Es así. O la Policía pasa a buscar una guita semanal o mensual para hacer como que no vio nada. Hay policías que son buenas personas y tratan de hacer algo. Pero es como todo, así como nosotros tratamos de combatir las adicciones, la Policía también tiene grupos buenos y malos. Hay una batalla interna que uno no ve, pero está seguro que ocurre.

– ¿Nunca sabés con cual policía te vas a encontrar en la calle, el bueno o el malo?

— LR: Nunca. Damos charlas en las escuelas, y me pongo a hablar con los gurises. Entonces, va un señor mayor conmigo y me dice: ‘Antes, mis padres me decían si pasa algo buscá un policía; y hoy no sabés si podés ir con un policía’. Si él te va a ayudar o te va a hacer daño. Hoy en día está muy complicada la cosa. El ámbito de la adicción es muchísima plata, hay mucha ambición.

Luchar cada día

– Muchos alcohólicos aseguran que salir de la adicción es luchar cada día. ¿Es parecido lo que ocurre con el adicto a drogas ilícitas? ¿Cada día debe decirse ‘hoy no consumo’?

— SP: La verdad que sí, la adicción la vamos a llevar para siempre. Si no te drogás, tenés que agradecer, pero cuesta a la hora de salir a la calle. En un tratamiento es fácil dejar de consumir, pero al salir a la calle cuesta por las tentaciones, por las personas. Hay que luchar día a día y lamentablemente llevamos toda la vida la adicción. Porque como dijo mi compañero, mucha gente lo toma como un desahogo. Por ejemplo, si te sentís mal un día capaz que terminás consumiendo porque encontraste una solución, que no vendría a ser una solución, pero se ve así. Hay que hacer lo posible por negarse, valorar lo que tenemos y valorar que pudimos salir.

– ¿El consumo es un camino sin salida que va matando de a poco, aunque haya momentos que parece hacer bien?

— SP: Es así. Hay personas que han estado en rehabilitación dos o tres años y por una pelea con la familia, o con una mujer, terminan recayendo. Y se vuelve peor.

— LR: La adicción es una enfermedad que no se cura, se rehabilita. Por eso, el adicto está condicionado para toda la vida, no drogarse, no tomar alcohol, no volver al círculo tóxico donde convivía, no encontrarse con las personas que convivía. Porque dejar de consumir es fácil, pero lo más difícil es cambiar la mente de uno. Hay que modificar totalmente los hábitos que uno tiene. Es parte de una cadena que se viene formando desde mucho antes: caída de actitud, por ejemplo dejar la escuela. El de afuera va viendo que uno va cambiando. Es difícil rehabilitarse yendo a un psicólogo particular porque un adicto necesita un grupo donde se vea reflejado, que se enoje con un compañero porque tuvo determinada actitud; y que vaya modificando su actitud.

Rehabilitación y sociedad

– ¿La rehabilitación no es una terapia individual?

— LR: No, como mínimo es una terapia grupal. Yo fui a un psicólogo y lo ‘di vuelta’ como nada; lo ‘rechamuyaba’; él a mis viejos les decía una cosa pero ellos veían otra cosa en mi casa. El adicto es muy manipulador, es un experto en la mentira. Pero en la comunidad terapéutica no, porque cada compañero es un espejo. Entonces uno va, choca con los compañeros y va ‘saltando la ficha’ de cada uno. Ahí es cuando uno empieza a trabajar realmente en sí mismo. La rehabilitación es un trabajo de toda la vida. Podés estar dos años en tratamiento, pero después estás luchando contra todo lo que a vos te llevó al consumo.

– Pareciera que los ambientes sociales, hoy en día, no facilitan la rehabilitación.

— LR: No, para nada. Es algo muy deteriorado. Desde la música que se escucha hoy en día, hasta la familia. En mi caso, gracias a Dios, tengo una familia que se sigue manteniendo muy unida. Todos los domingos se hace la comida en casa, vienen mis hermanas, que ya no viven en casa, las fiestas las pasamos juntos. Todo lo que está relacionado con la familia se mantiene, en mi caso. Pero hay muchos casos en los que no hay diálogo, están mirando tele o mensajeando con su celular… Se perdieron muchas cosas que, más que nada los mayores deben saberlo más que nosotros, ya no es lo mismo que antes. Ayer hablé con una señora en el trabajo y comenté que si hoy una chica que sale a bailar no se le ve la cola, queda como una ridícula. Eso también va forjando la imagen de las otras personas, va cambiando todo. Se está echando todo a perder. Hay que levantar sí o sí.

– En tu caso, ¿cómo se recompuso la familia desde que se separaron tus padres?

— SP: En mi caso es difícil recomponer porque yo perdí la confianza y me lastimé tanto que tengo miedo de volver a defraudarlos. Trato de mantenerme alejado un poco, que ellos vean que me estoy recuperando, que estoy progresando y que puedo.

– Debe ser difícil también porque el narco gana mucha guita y muy fácil. En tanto, Uds. están en un proyecto de largo tiempo, desarrollándose de a poco, trabajar, estudiar. ¿Cómo se llega a los chicos diciéndoles que el camino correcto es el más largo?

—  LR: Por ahí, se pueden dar charlas, pero lo que realmente les llega a los gurises es el ejemplo que reciban. Chicos como yo y muchísimos más, buscamos un modelo de vida. Si en la familia no encontramos un modelo de vida, lo cambiamos por un cantante o un narcotraficante, porque aspiramos a llegar a eso. Brindándoles un ejemplo bueno, se puede contradecir lo malo. Ellos van a ir eligiendo, pero la adolescencia es muy difícil. Más con todo esto, que vos escuchás una canción y habla todo de boludeces, de droga, de joda, de sexo, de violencia. Perjudica un montón y contra eso es difícil. Brindando un buen ejemplo, en el ámbito cercano, ayuda mucho.

El mensaje

– ¿Qué mensaje les dejan a los chicos a partir de sus propias experiencias?

— SP: Que se apoyen mucho en sus familias, que valoren lo que tienen, que no busquen la felicidad en cosas paganas, digamos. Que piensen mucho lo que van a hacer, que busquen un proyecto de vida, que se enfoquen en eso. Pero más que nada en la familia, que se apoyen mucho en la familia. Así les va a ir bien.

– ¿Qué hacen mal los adultos y Uds. piden que lo hagan mejor?

— LR: Yo noto mucho miedo y mucha discriminación. Cuando señalan con el dedo a un adicto, lo liquidan, lo hunden más de lo que está. Un adicto es una persona con la que hay que tener precaución porque no está en sus cabales. Pero hay que brindarle ayuda, no señalarlo ni liquidarlo con una mirada, ni ignorarlo. Es algo que, por ahí, es difícil pero hay millones de maneras de asesorarse como adultos para ver cómo pueden brindarle ayuda a un chico que, más allá de las adicciones, si lo ven que está triste tienen que ayudarlo. Porque la adicción no arranca de un día para el otro, arranca con una simple tristeza, con un vacío. Si ven que un pibe está solo, que lo dejan de lado, bríndenle compañía. Una charla en la escuela estaría bueno. Yo conozco muchos profesores que hemos pasado módulos completos o diez minutos de la clase hablando de valores o de cosas de la vida. Por ahí pueden pensar ‘no, porque debo brindarles educación’. Pero esa charla puede ser la educación más importante para brindar al chico. Le pedimos al adulto tener paciencia y tener precaución, no miedo.

Quiénes son

Leonardo Rodríguez, 22 años, trabaja en construcción al frente de una empresa en Paraná, estudia de noche para recibirse de Maestro Mayor de Obras. “Estoy iniciando una mini empresa para brindarle contención a los chicos que están en Casa Lázaro, porque en el rubro de la construcción hay mucho consumo, mucho alcohol, y la idea es generar un grupo de trabajo sano, porque los chicos tienen un oficio y no pueden cambiar fácil de oficio”

Salomón Pedrotti, 19 años, trabaja de albañil con Rodríguez y estudia bachillerato en el nivel secundario.

 

 

 

 

Casa Lázaro

Casa Lázaro (calle Salvador Caputo 1153, Paraná) es una fundación a través de la Iglesia Católica, que trabaja en todo el país con distintos nombres y con el mismo objetivo. Se inició en Buenos Aires hace más de dos años, trabajando en red. Se aceptan chicos de otros lugares, se trabaja en conjunto con gobierno, Policía, centros de salud. La fundación se mantiene por la donación de dinero, ropa, alimentos. Mantiene 27 chicos y no hay fondos permanentes. “En la fundación ingresan chicos que no pueden pagar un tratamiento privado, muchos no tienen familia que los contenga y no tienen una posición económica para ‘bancar’ un tratamiento”, señaló Rodríguez.

El encargado y coordinador es Jorge Achor; hay un gabinete de profesionales que “le dan una mano a Jorge y ayudan a los chicos”, agregó.

 

 

 

 

Durante la charla con los alumnos

  • Leonardo Rodríguez: “Hay adictos que han llegado a mentir un secuestro a la familia para conseguir plata para comprar droga. En estas charlas queremos abrirles el panorama para que sepan elegir, si quieren entrar al consumo o hacer las cosas bien, si quieren frustrarse con la vida y sentir que no sirven para nada. O darse cuenta que tienen muchas cosas por delante y todas las pueden hacer. Algo muy normal en mi caso fue que decía ‘no sirvo para esto’ y empecé a consumir. Hoy me doy cuenta que nada que ver. No digo que mi vida sea súper perfecta pero aprendí a solucionar mis problemas, enfrentándolos día a día. Por ejemplo, las discusiones con mis viejos. Para serles sincero, a mi vieja llegué en un punto a odiarla. Le hacía un montón de cosas, pero era por mi consumo. Yo había dejado de lado los estudios y un montón de cosas por chicos que estaban enfermos. Por chicos que estaban intoxicados y empecé a intoxicarme yo también. Ya no tenía un domingo en familia sino con los compañeros que me drogaba. Hoy me doy cuenta, me duele un montón y hay muchas cosas que no me perdoné todavía porque son cosas que van haciendo mucho daño en el corazón y por ahí se da cuenta uno tarde. Yo no quiero que Uds. cometan esos errores. Si tienen la posibilidad de hacer bien las cosas, de cuidar sus cuerpos, su espíritu, su inteligencia, su familia, que lo valoren. Yo pensé que mi mamá era una loca porque yo llegaba a mi casa y me gritaba ‘ponete a ordenar tu pieza’. Me tenía podrido, pero después me di cuenta que esos gritos de mi vieja eran un pedido de ayuda. Me pedía ‘che, ayudame, mirá todo lo que hago, te doy todo, pero ayudame con la casa, quereme, acompañame, vení, tomá mate conmigo’. De eso me doy cuenta ahora, pero lamentablemente en ese tiempo la enfermé mucho a mi mamá. No quiero que Uds. lleguen a ese punto, pidan ayuda. Yo no les digo lo que deben hacer, pero fíjense que está todo muy cambiado. La música, los grupos, los objetivos que tienen. Pónganse objetivos firmes, terminar la secundaria, ayudar a la familia, pensar en otra carrera. Después no les va a alcanzar el tiempo ni la vida para recuperar lo que perdieron. La familia es fundamental. Si se pelean mucho con sus hermanos, es re normal. Yo me vivo peleando con mi hermano, tengo cuatro hermanas mayores que yo, con una me re peleaba cuando éramos chicos. Y hoy en día veo que es normal. Pero uno se va haciendo tantos complejos que se atormenta un montón. Y es normal que haya discusiones en la familia. Fíjense mucho en las amistades que tienen. Un amigo, esto que les quede claro, no es aquel que te dice ‘che, vamos a salir; vamos a chupar’. El amigo es aquel que te dice ‘no, pará, está mal lo que vas a hacer’. En el caso de las chicas, no es amiga la que te dice ‘salí con aquel gurí’, que ni siquiera conocés. La amistad no es aquel que en todo momento te dice sí. Amigo es aquel que te para el carro, que te pide pensar en tu familia, que te muestra que eso está mal. A veces uno lo va dejando de lado, no le importa su consejo, quiere andar boludeando. Salomón y yo no somos ejemplo de nada y somos ejemplo de un montón, de lo que Uds. no tienen que hacer”.

 

  • Salomón Pedrotti: “Mi mamá nos crió a mí y a mis cuatro hermanos, económicamente no estábamos bien y tampoco íbamos a la mejor escuela. Íbamos de acá para allá, y un día volvimos a la casa donde vivíamos antes. Ahí conocí a unas personas que les llamaba amigos. Primero, yo no sabía que vendían drogas, pero me fui dando cuenta que conseguían cosas que trabajando toda tu vida no vas a poder comprar. Empecé a trabajar con ellos, me metí mucho con esa mala vida. El banco nos iba a sacar la única casa que mi familia tenía para vivir. Estos chicos me dieron la plata y empecé a trabajar para ellos. A mí me gustaba y pensaba que ellos me querían, pero mentían. Estando en ese ámbito empecé a consumir y eso me llevó a hacer muchas cosas. Presencié la muerte de un compañero y otro, que se mató. El fumaba marihuana nomás, se mató porque no le gustaba la vida que llevaba. El adicto se aísla y se siente mal, usa la droga como desahogo. El, un día se mató, se pegó un tiro. Tenía novia y tenía un hijo.

(…) Mi mamá y mis hermanos se fueron de la casa, quedé solo. Ahí fue cuando más me perdí, no comía, no dormía y estaba con estas personas que me hacían mal”.

 

  • Salomón Pedrotti: “En la pierna tengo una bala, pero no me pueden operar, porque corro peligro de contraerse el ligamento. Fue también por problemas con el consumo, por peleas. Yo estaba solo, con una persona que también trabajaba para ellos había tenido un inconveniente y habíamos chocado. Yo lo ‘basurié’ y fue al otro día a buscarme a mi casa. Tenía una pistola y me apuntaba, me quiso pegar con la pistola. Estábamos en la puerta, lo empujé y el disparó. Se asustó y salió corriendo. Yo me di cuenta que me había pegado un tiro, cerré la puerta y me fui a mi pieza. Me ardía mucho la pierna y vi un manchón de sangre, estaba solo. La única casa en esa zona es la mía y estaba aislado. Me senté en la cama, me saqué el pantalón, vi que me había disparado, me vendé con un trapo y no me podía parar porque el disparo me fracturó el fémur. No sabía qué hacer. Estuve así hasta que llegó uno de mis hermanos, que también trabajaba para esas personas y hoy en día sigue trabajando. No podía creer que yo tenía un tiro y estaba sentado como si nada, pero era por la droga que me anestesiaba. Cuando llegué al hospital, me entraron a la guardia, me hicieron un control de parafina para ver si tenía pólvora en la mano, y cuando vieron que no tenía nada, me dejaron. Yo me quería ir porque me sentía paranoico estando drogado y al ver tanta policía. Me dijeron que no me podía ir porque era menor y quedaba a cargo de un juez. Tenía que venir un pariente mayor y firmar el alta voluntaria si quería irme. Llegó mi mamá, preocupada y llorando, le pedí que firme el alta voluntaria, si no me llevaban preso. Me fui a mi casa, seguí consumiendo. Me llevaron de vuelta al hospital, pasé una semana ahí, pasé mi cumpleaños ahí, fue mi mamá a visitarme. Estas personas para las que yo trabajaba, pagaron todo, me llevaron a una clínica privada para que yo no dijera que el problema lo tuve con una persona que trabajaba con ellos”.

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