** ¿A qué jugábamos los chicos y chicas del tiempo en que se tomaba sopa como primer plato del almuerzo diario? Hasta con tabas (huesos) y tapitas de cerveza jugábamos. La imaginación era el límite cuando no había juguetes, pero, cuando los traía “El Niño” en Navidad o los Reyes Magos en enero, lo más probable era que jugáramos a los cowboys o a la pelota, que no cualquiera tenía una y el que tenía la cuidaba para que no se gastara. Dije El Niño, sí, porque te hablo de cuando Coca Cola aún no había inventado a Santa Claus.

** Esto pasaba entre los gurises; con las gurisas haremos un capítulo aparte porque así lo aprendimos en la escuela, donde los sexos (había dos) no se mezclaban ni en el aula ni en los recreos; el patio de las niñas acá, el de los niños allá. Qué-se-yo, tal vez para evitar escraches por acoso de los gurisitos más babosos.

** Los padres eran tan irresponsables que nos regalaban un cinto de vaquero con cartuchera y revólver, o quizás un revólver a cebitas. Era un regalo muy común y esperado. Algunos querían orientar a sus hijos hacia el bien y le agregaban una estrella de Sheriff, por lo menos para que estuvieran del lado de la justicia; que mataran a todos los gurises del barrio pero en nombre de la ley.

** La balacera en el campito siempre era entre cowboys, nunca entre cowboys e indios porque ya se sabía quién iba a ganar y nadie quería jugar a perdedor. Esos condenables padres estaban educando a los chicos en la violencia y el crimen, empujándolos al delito, a matar por matar. Los más irresponsables llegaron a regalarles a sus hijos el antifaz de El Llanero Solitario.

** ¡Lindos padres! Los gurises, aprendían a asaltar bancos y a reventarse a tiros entre banditas que ignoraban qué antagonismos los enfrentaban. Menos mal que al crecer les salieron todos peritos mercantiles, mecánicos, empleados de tienda o almacén, bancarios, carniceros, chacareros, fiambreros, viajantes, obreros industriales…. ¡Menos mal!…

Éramos unos sucios bastardos          

** Con esos regalos de Navidad o Reyes, nuestros padres nos incitaban a convertirnos en gente de la peor. Confieso con remordimiento que fui uno de los más sucios bastardos. Si, lo voy a decir. Fui uno de aquellos que al recibir el grito de “¡bang, bang, muerto, muerto!”, no aceptábamos nuestra defunción y seguíamos disparando.

** El truco era así: El que nos había matado se decepcionaba tanto porque no estábamos cumpliendo con las reglas del juego, que, enojado, se ponía de pie dándose vuelta para retirarse del campito al grito de “así no juego más”. En ese momento tomábamos el arma con ambas manos, pies firmes, flequillo sobre los ojos (sombrero no había) y le dejábamos la espalda con más agujeros que una galletita Traviata. Traidores y sanguinarios. Y así nos fue en la vida.

** Cero integración. ¡Minga de inclusión! Las chicas jugaban a otra cosa, no podían ser “machonas”, tenían que cuidarse de no transpirar. ¿Qué es eso de andar agitándose entre los matorrales gritando ¡bang, bang, caíste sucio vaquero! ¡Muérete indio asqueroso! ¿Qué se diría de ellas si al día siguiente anduvieran con un raspón en una rodilla? Cosas que eran tan inocultables para ellas, que solo podían usar polleras, como para nosotros que usábamos pantalones cortos aunque se escarcharan en el aire las caconas de los pájaros. Porque los inviernos eran otros inviernos, sí señor.

Y entonces llegó el Far West              

** Además, los chicos tenían claro que si jugaban con las hermanitas de sus amigos no podía ser a los juegos de ellas, porque no faltaría el enano machista que les gritara ‘Mariquita’. Y a las chicas ‘Machona’. No había muchos jardines de infantes, pero donde tenían esa suerte, las nenas sentadas a un lado y calladitas y los nenes al otro lado y mutis, porque así era la primaria y había que llegar a ese nivel conociendo las reglas.

** Ni hablar de caminar gurí con gurisa por la calle sin que hubiera una buena razón para justificarlo. No había motochorros que les arrebataran el celu, pero sí mocosos en bicicleta que les gritaban desde el pedal: “¡están de nooovios, están de nooovios!”, poniéndolos tan colorados que podía durarles un par de horas. Porque en esos tiempos de avergonzamiento fácil, primero te ruborizabas y después te ponías colorado por la vergüenza de haberte ruborizado.

** Estaba todo fríamente calculado por los ex cowboys, porque después llegaron los pantalones vaqueros, hoy “jeans” (o yin). Y toda la gurisada a soñar con eso. A los hijos de familias acomodadas –notoria minoría- les compraban el Far West (Lejano Oeste). A mí y a mi hermano, hijos de empleado estatal y de madre que se oponía “a esos lujos”, nos compraron el Tom Mix, con costura doble pero sin una sola miserable tacha, y eso se notaba de lejos. Aun así éramos privilegiados; porque la amplia mayoría de los chicos, ni Tom Mix. Confección casera y gracias.

¿Cómo fue que sobrevivimos?            

** Crecimos jugando en la calle y viajando en autos sin cinturones de seguridad, viajeros felices de corta distancia en la caja de la chatita Ford o Chevrolet del año 27, asombrados porque un astronauta ruso (Yuri Gagarin) y después un cowboy, habían dado una vuelta al planeta en cápsulas espaciales tardando solo 108 minutos desde el despegue al regreso. ¡No podías creer hasta dónde había llegado la ciencia!

** Las canicas eran “boliyas” y la peonza un “trompo”, los barriletes se armaban en casa con la ayuda de un hermano mayor, el mismo que te llevaba a la escuela el primer día porque era raro que una madre lo hiciera. Con las chicas podíamos mezclarnos en un salto de cuerda o en la rayuela, que no era un juego de barrio sino de patio de escuela.

** Ellas parecían felices jugando a la mancha, a la gallinita ciega, o con muñecas humildes hechas de género y cabeza modelada en tela, o las negritas que compartieron vidrieras con las rubias de ojos azules.

** Muñecas con cuerpos de género rellenos de estopa y cabezas y extremidades de cartón, piedra o pasta. O una Marili de origen alemán con cabeza de porcelana y cabello natural, quizás ganada por papá en el tiro a las latas en un parque de diversiones trashumante. O una carísima Maquita Pérez de origen español, O los bebés de goma que aparecieron en el 60, que hacían pis y se les podía dar mamadera con un poco de leche, que cuando se agriaba, el muñequito despedía tal hedor que ya no recibía mimos.

** A las cartitas para El Niño o Los Reyes todos las entendían. La diferencia con el presente es que necesitamos un traductor de inglés para leer lo que encarga la gurisada, después ir a comprarlo a una casa de electrónicos sin saber pronunciarlo, y ponerlo en el arbolito sin saber para qué carajo sirve.

¡Feliz Nochebuena! ¡Feliz Navidad!

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