A los 76 años, murió el actor Lito Cruz

0
607

Lito Cruz murió a los 76 años. El cuerpo sin vida del actor Oscar Alberto Cruz fue encontrado por su hija Micaela, que fue a verlo este martes por la tarde. De inmediato llamó a personal de la Policía de la Ciudad y el Same confirmó su muerte aunque todavía se desconocen las causas.

“Cuando llegué a su domicilio lo llamo ‘papá, papá’, y voy a su cuarto y estaba ahí dormido. Lo agarro y estaba frío, y llamé a la policía. Se habrá ido a dormir anoche y se debe haber, no sé, dormido, estaba acostadito, se fue tranquilo”, dijo su hija.

En enero de 2015 Lito Cruz estuvo en Crespo participando del encuentro de Teatro que se realiza en nuestra localidad, y dialogó con Paralelo 32 sobre los más variados temas. A continuación reproducimos parte de esa nota:

“La única jerarquía es pertenecer a la raza humana; lo demás son opiniones sobre cómo encarar la vida”

Crespo.- Con la seguridad que dan los años de oficio, Lito Cruz, uno de los grandes actores argentinos del último medio siglo, estuvo en Paralelo 32, durante su paso por el encuentro de Teatro que se realizó en enero de 2015. No sólo habló de teatro y actuación, con una larga trayectoria en el mundo de la cultura y la solidaridad, habló de su experiencia con presos y sus acciones en favor del desarrollo teatral. Charlar con Cruz es interpelar a un hombre dotado de una gran capacidad para transmitir experiencia a través de ejemplos y palabras sencillas.

– ¿Lo de Lito es por Albertito?

—   No. Es por un hermanito que se llamaba Angelito y le decían Lito, se murió al año. Luego nació mi hermana, le pusieron María Victoria y le decían Lita; nací yo, me pusieron Oscar Alberto y me decían Lito. Siempre me quise llamar Oscar, pero el periodismo me ponía Osvaldo Cruz, Ricardo Cruz u otros nombres. Hasta que Alejandro Doria me dijo ‘ponele Lito, Cruz de piedra’ Y chau. Entonces, me llamo Lito Cruz por ese hermanito que murió al año de nacido.

60 años de teatro

– ¿Respecto a hoy, qué cambió en sus  60 años de actuación?

—   Cambió el sentido del teatro y algo que tiene que ver con comprender mucho más que el actor es un engranaje y nada más que un engranaje de una enorme cantidad de disciplinas que tiene el teatro, como la pintura, la música, la literatura, la escultura, el canto, el baile, la danza, el mimo. El actor es un engranaje más que ayuda a contar la historia. Antes se creía que era el protagonista, ahora siento que no es el protagonista, sino que está al servicio de una historia. Uno, cuando empieza, está al servicio de sí mismo, porque tiene que trabajar y ganarse la vida; luego está al servicio de la sociedad. Al principio uno debe ganarse la vida, después empieza a sentir el sentido de su profesión. Yo todavía lo estoy experimentando. Berisso, mi ciudad natal, era un pueblo de trabajadores y de inmigrantes, con 74 colectividades que construían su historia a través del teatro. Cantaban, bailaban y contaban sus orígenes, la vida de sus abuelos, la guerra y el hambre, como los recibieron en América. Cada uno recordaba su propia historia para que los chicos recuperen sus ancestros. Esto de volver permanentemente a los orígenes es una tendencia en el ser humano; encontrar el origen como el tema de los hijos de desaparecidos.

– Entre esas 74 colectividades ¿Ud. comenzó a hacer teatro?

—  En el Hogar Social de Berisso, en la calle Nueva York, frente al puerto, pidieron una barra de chicos para hacer de una barra en la obra de Carlos Gorostiza ‘El puente’. Y fuimos toda la barra. Porque el teatro era muy familiar. Ahí empecé cuando tenía 15 años. Después, apareció Federico Luppi, que trabajaba en el frigorífico; yo lo atendía y le servía café. Empezamos a hablar y llegamos al teatro como materia de conversación. Él hacía teatro independiente en un ámbito donde el Partido Comunista influenciaba mucho la cultura. Luppi no militaba en el partido, pero tenía que ver con las ideas del socialismo más que con el comunismo. Empecé a sentir que el teatro tenía una función social. Armamos dos grupos, el Teatro Equipo y nos fuimos juntos a La Plata con Martín Argemián, Luppi, Ricardo Moreno, Héctor Bidonde y una cantidad de actores que después pasamos a Buenos Aires. Ahí empezamos a entender que había que aprender determinadas cosas y no solamente hacer teatro; ahora entiendo que hay que hacer teatro para aprender determinadas cosas.

Estudio y trabajo

– ¿Estudió en algún momento de su vida actoral?

—   Estudié con Augusto Fernández, Alesso, Gandolfo, porque me tomaron el Grupo La Máscara, que eran todos ellos. Ahí empecé a trabajar. Despues me fui a Perú. Luego llegué a Chile, mi formación es el ITUCH de Santiago, donde Víctor Jara me tomó el examen de ingreso y fue mi profesor de actuación todo el primer año. Después vino el horror del golpe de Estado. Entonces me vine a Buenos Aires y le pregunté a mi mujer ‘¿qué hacemos?’ Nos quedamos y ahí empezó nuevamente la historia en Buenos Aires. Ingresé a la televisión y al cine, empecé a relacionarme con todas las gamas teatrales: la enseñanza, la dirección, la actuación. Me fui formando para tener una idea global de lo que significa el teatro. Soy Maestro Mayor de Obras, tengo ‘capacidad para proyectar, dirigir y construir casas de hasta tres pisos, con azotea accesible y subsuelos’. Estudié arquitectura, en las primeras épocas fui viviendo de la arquitectura, trabajando como dibujante, hasta que el teatro me fue ganando.

– ¿Cuando volvió de Chile empezó como maestro mayor de obras?

—   Y en Perú también. Acá también, en Chile también. Me acuerdo que construimos las ‘Torres del Tajamar’. De esto hace… te hablo de 1963 o 1964. El teatro me fue ganando. Yo le prometí a mi viejo recibirme de MMO. En tercer año de arquitectura, le dije que me tenía que ir a Buenos Aires por el teatro. Me dijo ‘bueno, ya sos grande’. Yo sentía que dedicaba más horas por día al teatro que a cualquier otra actividad. Evidentemente había una vocación, por la cantidad de horas que le estaba dedicando, no por talento.

La televisión y la vida privada

– Ud. señaló que el actor es parte de un sistema junto los demás técnicos. Hoy las cámaras apuntan sobre el actor y más aún, sobre su vida privada. ¿Cómo se siente con eso?

—  En general, nunca me molestaron. Me parece que está bien, porque el periodismo tiene que vivir, las empresas tienen que vender diarios, programas de televisión, de radio. Se ve que el hombre tiene una tendencia natural al chisme. Si alguien te dice ‘¿vos sabés lo que pasó? Después te cuento’. ‘No, contámelo ahora’. Hay una tendencia natural a saber lo que pasa, la mente humana es curiosa, por eso funcionan los teleteatros. Porque es curioso que se case el príncipe con la mendiga. Es porque la mente humana opera de esa manera. A veces para bien, como se ha llegado a la física cuántica. Y para… bueno… vender los reality. Está todo en el mundo de la humanidad. La única jerarquía que tiene el hombre es pertenecer a la raza humana. Todo lo demás son opiniones sobre cómo encara la vida cada uno.

–  Esperaba un análisis más crítico respecto al tema. ¿Por qué no adhiere a la crítica?

—  Porque no tiene sentido, es ‘la opinión sobre la opinión de la opinión…’ Pero también sé que tienen que ganarse la vida, llevar el pan  a los hijos, ganarse el mango para vivir. No es tan fácil hacer una crítica a gente que está trabajando.

– ¿Pero muchas veces destruyen personas?

—  Es verdad, como está pasando ahora con la presidente Cristina Fernández. ¿Por qué agarrarse con una persona? Tenés que discutir una gestión, si tenés problemas. A mi me pasa lo mismo. Si quiero hablar de un actor, hablo de su trabajo, pero no de la persona. Además, he acostumbrado a mis estudiantes a no plantearse si pueden o no pueden. Hablo de cuál es la tarea que deben hacer. Es como el que enseña pintura, no se ocupa del pintor, se ocupa de ver cómo combina los colores y ver si la realidad se plasma en esa tela o no. Nunca hay que meterse con la persona, porque no se tiene ningún derecho, y yo menos que nadie. De lo único que puedo hablar es de los resultados que tiene un actor o un director en una obra de teatro. Es el problema de los matrimonios que se separan por ponerse uno contra el otro y meterse con la persona, en vez de construir juntos algo.

Teatro con presos

– Está trabajando teatro en las penitenciarías. ¿Cómo es la experiencia?

—   Hice un trabajo que se llamó ‘El teatro y la historia’. Fue teatro sobre la historia argentina desde la independencia hasta 1853, con tres actores. Hice convocatoria de historiadores y directores y ellos llamaban a los actores. Para que ellos puedan ganarse la vida hice convenios. Qué pasa en las cárceles y en los institutos de la niñez y la adolescencia. Lo que el hombre no tiene y pierde en muchas ocasiones es la autoestima. La información da en muchas ocasiones autoestima. La persona que sabe algo de algo, aunque sea de motores, tiene autoestima. El tipo está contento porque dice ‘algo sé en la vida’, no importa qué es. Hablando con directores de cárceles o ministros de educación, surgió la idea. Durante el ciclo lectivo estudiaban un tema, por ejemplo, Dorrego y Lavalle o 1810, o Castelli y Liniers. Y cuando iba la obra, conocían el tema y participaban. Además, venían los hijos y los internos sabían algo de historia que sus hijos estaban estudiando en ese momento.

– ¿Eso lo hizo con presos?

—   Sí, y también con padres y sus hijos en las escuelas. En la cárcel recuerdo un hombre que le decía a su hijo ‘vos no sabés por qué San Martín no desembarcó en 1928; yo te voy a explicar’. El pibe esto lo lleva a la casa, y empieza a tener otra valorización el padre. Porque el hombre preso cuando está encerrado piensa nada más qué estará haciendo su mujer. O su marido, en el caso de las mujeres. Esto les da una posibilidad. Se elije un poco los pabellones para hacer la experiencia. Hay gente muy peligrosa, hay violadores.Con los represores no, porque no tiene capacidad de arrepentimiento. Pero se eligen los pabellones, porque hay alguna posibilidad con los presos. Yo lo aprendí con ‘Las madres del paco’. Iba a trabajar con ellas. Me di cuenta que los chiquitos en sus cerebros no ingresó otra idea más que ser asesinos, ladrones, boxeadores o jugadores de fútbol.

–  … y morir pronto…

—   … y no les importa la muerte. Nunca les mostraron el hecho de ser médicos o ingenieros. Y  por lo tanto no pueden ir hacia ese lugar. Ahí me di cuenta que tal vez ingrese en el pensamiento, la posibilidad de ser otra cosa. Es como tirar semillas en el campo.

Los que se oponen

– Hay quienes dicen ‘encima que los tenemos que mantener en las cárceles, les dan vía libre para salir, les debemos pagar cultura’.

—   Esa es una gran contradicción. Yo no lo entiendo del todo; voy y lo hago. Pero, imaginate un padre al que violaron la hija. Encima con los impuestos le está pagando a ese tipo la estadía y la comida. Es una contradicción grande. Yo la tengo cada vez que voy a la cárcel. No quiero preguntar quiénes son, pero digo ‘bueno, servirá para algo’.

– En materia de cárcel, tenemos instalado el castigo, pero no la recuperación del condenado.

—  Yo veo que la mayoría de los encarcelados no tienen condena, están ‘en’ condena. Salen al año y medio, pero nunca hicieron nada. Yo me dirijo más a esa gente que están encausados, no condenados. Tienen la posibilidad de ser inocentes, no es para todos. Hay tipos que no hicieron nada. Conocí un encausado, hubo un crimen en una verdulería estaba todo ensangrentado el delantal. Pasó un año y medio, un abogado tomó el caso y el delantal tenía remolacha, no era sangre. ¿Por qué demoran? Porque el abogado cobra, esos casos duran porque el abogado sigue cobrando.

– ¿Cómo se sentía el preso  de la remolacha?

—   Se acostumbró. Decía ‘yo no entiendo, no puedo entender’. ¿Y qué hacés? ¿Te escapás? No salís más. En Córdoba, un tipo tenía el apellido de un narco. Estuvo dos años en la cárcel, inocente. Todo este trabajo es para encausados.

– De todos modos, Ud. ve positiva la política cultural hacia los presos.

—   Sí, porque alguien se salva. Un pibe, que estuvo en mis talleres de teatro, salió y está armando en su barrio una fundación con canchitas de fútbol.

Dejar respuesta