Victoria.- José María Turano pertenece a la tercera generación de la familia que sostiene la cigarrería que en su momento de esplendor, allá entrado 1922, llegó a emplear a 500 trabajadores entre el personal manufacturador de la fábrica y la sucursal en Nogoyá. Los avatares del tiempo han reducido la producción a unas pocas personas, la mayoría mujeres –algunas nietas de los primeros armadores– que llegan moldear mensualmente unos 28 mil cigarros criollos Belgrano (entre 6 y 7 mil atados de cuatro) y otros 300 kilos de tabaco Puerto Nuevo, y una proporción similar de picadura fuerte ‘Tacuara’ y saborizado.

“Es casi romántico seguir con esta empresa, pero me crié aquí y he vivido las últimas etapas del país detrás del escritorio a partir que se enfermó papá. Trato, en la medida de las posibilidades, que mis dos hijos se vayan involucrando de a poco en lo que es el manejo, también porque viven un contexto de país donde no abunda el trabajo, y por el momento se interesan en la comercialización y distribución”, dijo José a Paralelo 32.

La empresa se fue aggiornando a las crisis, reduciendo su planta y sus instalaciones también, porque dejó de almacenar grandes cantidades de tabaco. La razón es simple, hoy es un hábito que solamente detentan personas de edad mayor, el trabajador de monte, campo y las islas.

Esta afirmación no es para nada despectiva, sino la cruda realidad y para avanzar en un número que sirva para sostener la ecuación económica familiar, José echo mano a todo, “cambié la etiqueta, intenté hacer un packaging (empaquetado) más atractivo, pero la respuesta fue por demás curiosa, los que lo compran no quieren cambiar, incluso el consumidor dudaba “si no viene con el papel clásico de Turano, es otro sabor”.

Así dadas las cosas, José empezó a visitar viejos clientes, tomó su auto y fue por ellos, no solamente en Victoria sino en cada ciudad donde supo tener sus nichos de mercado, “vendemos en varios departamentos de la provincia, tengo buenos clientes en Crespo, Gualeguay, Gualeguaychú, Paraná, etc. Pero no apuntamos a lo masivo, sino que promovemos un representante, así también es más simple de abastecer y acordar precios.

José nos muestra la cocina de lo que fue la gigante fábrica (la esquina frente a plaza Moreno está alquilada a un supermercado chino –N.R), allí tras un gran mostrador tres mujeres arman paquetes de 100 gramos; más allá sobre otra mesa se apilan cientos de cigarritos con los que ser arma el tradicional paquete de cuatro. “¡Nos van a hacer famosas!” dice una de las señoras mientras agrega más tabaco al recipiente de papel ubicado sobre un molde que conserva la medida justa.

El olor en el ambiente es agradablemente dulce, “yo no llego a distinguirlo, para mí es parte de mi cotidianeidad”, sonríe José mientras nos deja ver otra parte del lugar donde almacena los paquetes con destino a la comercialización.

Una tradición familiar

Con la empresa comenzó su abuelo Miguel J. Turano hace ya casi cien años, “arrancó con un socio pero se separaron y él siguió solo. Después se sumaron mi viejo Juan Hipólito y mis tíos, que hoy tendrían casi noventa años; pero se diversificaron las responsabilidades, unos se ocuparon de la fábrica y otros de hacer el cigarro criollo y el tabaco picado, porque lo nuestro no es habano”, aclara, a la vez que nos comenta que el tabaco con el que elaboran procede de Corrientes y algo de Salta.

Los años fueron cobrándose la vida de sus tíos al punto que su padre quedó al frente de la firma, “mi viejo falleció hace unos doce años, y como yo le ayudaba desde los 15 o 16 años, me fui involucrando cada vez más, ya hace 40 años que estoy acá, y me tocó pasar momentos muy jodidos, desde dictaduras, variaciones en el tipo de cambio con los gobiernos democráticos, inflación, falta de venta… y esos vaivenes terminan por hacer mella”.

De igual manera, José amplía su idea y reconoce que si aún está allí es porque se ‘puso la camiseta’, “y la seguí peleando, pero fueron momentos muy difíciles… en la actualidad si hay algo de venta es porque uno continuamente está tratando de llegar a los clientes, y que no se olviden de que estamos”.

Aquellos años

De aquel 1922 quedan los recuerdos trasladados de boca en boca, caracterizados por repartos en carretas o carros, y con el paso de las décadas la incursión de los Ford ‘T’ y algún que otro camioncito. “Y se vendía directamente en el campo, porque por aquellos años había tanta gente viviendo y trabajando en estancias y demás emprendimientos agropecuarios, que no era difícil encontrar compradores dispuestos”.

Además, agrega, “para el consumo en el pueblo, como había tanta mano de obra, se optaba por vender el papel y el tabaco picado para fabricarse uno mismo el cigarrillo”.

La irrupción del cigarrillo industrializado, apuntalada por la publicidad, fue restando margen a los Turano, y de alguna manera llevándolos hacia el cigarro criollo, pero lograr subsistir en 2017, donde francamente la pelea es entre David y Goliat, es ya un mérito en sí mismo.

En Victoria, Turano tiene dos o tres lugares donde abastece a sus clientes, está en el kiosco de la terminal de ómnibus, en la vinoteca de los hermanos Centanin, Casa Colman y paremos de contar. “No hacemos publicidad hace tiempo, las razones tienen que ver también con el stock, pero debo reconocer que en invierno tenemos un promedio de ventas sostenido desde hace varios años, por supuesto en verano decae por las características de sabor y cuerpo que tiene el cigarrito, pero hay que estar todos los días machacando para no perder ese pequeño mercado, sin por ello querer abarcar lo que no se puede cubrir”.

Calidad y sabor 

No utilizan máquinas, en una cooperativa le pican el tabaco y lo que hacen aquí es envasarlo, saborizarlo, y el armado de cigarritos. “Es muy difícil que un varón sea bueno en la terminación, empaquetado y armado de cigarro. Los hubo, e intentamos enseñarles a más de cien personas en un momento, pero de ese total solamente quedaron unas diez, y no todos tenían la paciencia en la elaboración para lograr la calidad que nos ha dado la trayectoria”.

Esas muchachas que se quedaban junto a sus padres para aprender el oficio, configuran una escena impensable en el siglo XXI. “Difícilmente en el futuro esto pueda continuar, la escasa mano de obra calificada es una de las razones, pero hoy seguimos con todas esas limitaciones y creo que ése es el mayor mérito de los Turano”.

Algo tan artesanal y de un sabor tan fuerte como ese carácter que se empecina en resistir el paso del tiempo.

Dejar respuesta